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martes, 22 de enero de 2013

“Cara B” Saber Perder por Pedro Letai

De pronto, cenando con Jesús y otros amigos, empezamos a hablar de Pedro Salinas y fue como si en ese momento Ava Gardner entrase en el restaurante y se desnudase junto a un piano de cola. Ocuparon sus asientos junto a nosotros para ver aquello Norman Mailer, Luis Cernuda, Robert Rauschenberg o Bob Dylan, y por un rato nos olvidamos de tantas cosas que acabamos conviniendo en que había que traer también al blog a la Generación del 27, y hablar de arte y de música, como si de verdad creyéramos que entre gin tonics y versos nos curaríamos de los efectos que provoca la espantosa ración diaria de mentira y mediocridad que nos asola desde nuestra tan espesa clase política. Pero los milagros sólo ocurren en el cine y los estadios de fútbol, y nunca en las ruedas de prensa sin preguntas o las comisiones de investigación.

Decía Shelley en Defensa de la poesía que el amor es un espíritu dividido en dos formas, y lo mismo ocurre en nuestra cotidiana desesperación: la poesía es el lenguaje del amor y el dinero es el lenguaje del diablo. Mucho dinero equivale a muchas manos manchadas de violeta en un país en el que la inmoralidad es muy lucrativa, porque si no te pillan te haces de oro y si te pillan sólo tienes que dejar que pase el tiempo, ser una tumba y no tirar de la manta, que los conspiradores leales serán recompensados con un carguito con coche y consejo de administración.
La pregunta que nos hacemos casi todos, sin embargo, es hasta dónde llega ese dinero y tanta cara dura, quién se esconde dentro de los guantes de los supuestos ladrones, sean quienes sean. Se habla ahora de yernos, de áticos que van y vienen y de sobres millonarios en la calle de Génova, pero desde nuestra hipoteca todos pensamos lo mismo. ¿Qué manos firmaron la orden? ¿Cuáles contaron las monedas? ¿Qué manos lo repartieron? Y, espera, ¿de qué se ríen ahora las lágrimas de Aguirre? Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato, decía Federico García Lorca. Mala cosa tener que acordarse tantas veces de ese verso, mientras a nuestro alrededor todo se rompe y en la escena del crimen siempre aparecen esas malditas huellas tan anónimas, tan violetas.
Lo mejor es que nos estamos despertando, porque la inseguridad te hace abrir los ojos. Eso y que, como a la fuerza ahorcan, ya no podemos ser rehenes de nuestra prosperidad, pues tocar fondo es una buena manera de encontrar un punto de apoyo e impulsarse más rápido hacia la superficie. Para que se sitúen, yo besé a mi primera chica, una italiana llamada Stefania, aquel verano de Felipe en la puerta de la prisión dando abrazos a Pepe y Rafa, que resultaron ser a la sazón un ministro y un secretario de estado. La multitud aplaudía y gritaba histérica, en una imagen más propia de la Quinta en la Cibeles que de la decadencia absoluta de una enferma democracia. Stefania me dejó cuando me lié con su mejor amiga, Francesca, que también me dejó, y con esos aplausos presidiarios arrancó toda una vida tonteando con los puestos de descenso: la mía.
¿Y lo peor? Lo peor es que uno no sabe ya a qué estar. En casa te decían que había que ser de derechas, razón de sobra para no serlo; después de lo de las italianas llegó el bigote de Aznar y aquella tremenda náusea de ocho años, que a mí me pilló en la pública arrastrando el Romano hasta límites inconstitucionales. Volvió una izquierda que prometía no travestirse de centro y de la que queda sólo una foto fantasmagórica, aquella de una embarazada pasando revista, como en los desmejorados restos en Facebook de la diosa del instituto a la que todos metían mano en el gimnasio.
"Pongamos de una vez, relojes, / platos, copas talladas por el frío, / en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: / que se derrumben nuestras posesiones / en un solo alarmante quebradero, / que suene como un río / lo que se quiebra / y que el mar reconstruya / con su largo trabajo de mareas / tantas cosas inútiles / que nadie rompe / pero se rompieron".
Que nadie rompe, pero se rompieron. Eso lo decía Neruda. ¿Quién ha roto aquí todo esto? Y otra vez las huellas violetas.
A los que estas líneas les parezcan una sarta destructiva les diré que entre líneas tienen un manual en saber perder y muchas soluciones para pasar el rato ante la cafetera oxidada de los años felices. Ava Gardner en llamas o La voz a ti debida han de bastar para comenzar a salir a flote mientras nadie excava en la mierda, ¿no creen?
Le prometí a Jesús unos artículos sobre poesía, alejados de tanta atrocidad. Esta serie que aquí comienza no es sino la enésima derrota en mi haber. Pónganse cómodos.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fantástico. Yo con Vd. sí que me tomaba un gin tonic.

PL dijo...

Muchas gracias. Que sean dos, y pago yo.

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