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martes, 29 de enero de 2013

“Cara B”. Pedro Letai: <<El humo del padre de Sophie>>

Yo empecé a fumar y a beber tarde y mal. Hasta bastante mayor seguí con la esperanza de dedicarme a algo relacionado con el deporte, idealmente el fútbol, y eso me mantuvo alejado de la noche y sus cosas. Más que en el fútbol, en lo que yo destacaba era en el tenis, y así me enamoré de una vecina cuya madre me recogía muy temprano los sábados para que jugáramos nuestro partido, que yo veía como antesala de un matrimonio perfecto. Aquella chica tenía la nariz más bonita que he visto en mi vida, y la quise como se quiere a los quince años, con todo. Sólo nos enrollamos diez años después de todos esos sets, y fue muy triste, muy a destiempo. Pero fue.
En el viaje de 3º de BUP a Mallorca alguien me invitó a un chupito de tequila en uno de los bares del puerto, y a partir de entonces anduve borracho diez años, salpicados por algunas actuaciones antológicas. Eran los años en los que abrieron los after work, y recuerdo una ocasión en la que aquello se nos fue tanto de las manos que acabé a las nueve menos cuarto de la mañana intercambiándome la camisa con un abogado de Conservas Isabel al que casi ni conocía, porque no era plan de llegar al despacho con lo mismo que la tarde anterior. Por entonces yo trabajaba en un estupendo bufete de abogados, y ahí empecé a fumar.
Tuve mi propio despacho más pronto que nadie, según se me hizo saber, y tendría éste unos quince metros cuadrados, en un quinto piso de la calle Claudio Coello de Madrid. Mi secretaria me doblaba la edad y me llamaba de usted, y yo tenía que hacer las llamadas de forma interpuesta, con aquello de ‘Pilar, póngame con Iberdrola’. Por las tardes, después de comer, los socios solían fumar largos y estupendos habanos, y yo comencé a hacer lo mismo. Al poco de llegar el verano, un 19 de julio, fui despedido. Alguien allí tuvo la cordura de terminar con aquel disparate.
Fumar en el bufete era casi una obligación, y recuerdo que empecé fumando Fortuna de cajetilla blanda, porque así lo hacía el socio con el que más trabajaba. Con el despido y el largo verano por delante caí en algunos lugares comunes, como el de cambiar a Chesterfield y encenderlos con cerillas, como Dylan. Pero a mí, en realidad, aquello no me gustaba, y poco a poco lo fui dejando.
Un par de años más tarde, quizá no tanto, me hice con la película Smoke, cuyo mayor reclamo era que estaba escrita por Paul Auster. La vi un viernes por la noche y a la mañana siguiente compré en un estanco de la calle de San Bernardo dos cajetillas de Montecristo Mini, unos puritos. Me pareció que lo del purito quedaba en un cómodo medio camino, era fumar pero no; podías permitirte la cursilería de no tragarte el humo e incluso de encenderlo varias veces. La verdadera razón escondida de aquella compra era que, en la película, hay un Paul Benjamin, alter ego de Auster, escritor magistralmente interpretado por William Hurt y fumador de puritos. Yo quería ser ese William Hurt, y fumar escribiendo. Y aún sigo queriendo serlo, aunque casi siempre ande escribiendo para la ANECA.
Digo ese William Hurt porque ha habido varios. Al primer William Hurt yo se lo quería presentar a mi madre después de ver Fuego en el cuerpo, esa peli de 1981 en la que el tipo corre por la playa con la cajetilla de tabaco metida en el paquete –otra vez el tabaco y los mitos- y practica el Kamasutra de pe a pa, nada menos que con Kathleen Turner. Hay una escena de la película en la que Hurt entra en un bar, solo, y le dice a la camarera ‘un escocés, el que quieras, con hielo’. Razones suficientes para quererlo de padrastro, ¿no? Luego hay otro William Hurt, el de ahora, uno de serie B y con cara de suizo que, en una de sus últimas películas, ha terminado por interpretar al abominable Henry Paulson, ex Secretario del Tesoro y antiguo presidente de Goldman Sachs. Se lo merecen, Hurt por dejarse ir y Paulson por hijo de puta.
Empecé pues a asaltar la escalera de incendios de Uría Menéndez, mi siguiente destino laboral, por culpa de Paul Auster y su personaje. Luego vi al propio Auster con sus puritos en entrevistas y reportajes y el tipo me cayó muy bien, me leí casi toda su obra, que esconde unos poemas nada desdeñables y una vida de escritor apasionante.
Estas navidades fui a parar a Nueva York y la primera noche que salí a tomar una copa me encontré con Auster. El motivo de la casualidad es que en aquel garito tocaba su hija Sophie, y el de Brooklyn había ido a verla, como madre de torero. Sophie Auster es la típica chica que te hace sentirte mayor y fuera de lugar vengas lo duchado que vengas. A sus veinticinco insultantes años añadió aquella noche un vestido negro, sin nada debajo, que dejaba La trilogía de Nueva York de su padre a los pies de los caballos, y unas canciones muy bien cantadas, aunque aquello a esas alturas daba igual. La última vez que la vi fue este sábado, cuando la madre de mi chica me envió por WhatsApp la portada de la revista de El Mundo, con Sophie ahí, tan pequeña y lejana en la fría pantalla. Las cosas inalcanzables terminan por aparecerse tarde o temprano como eso, inalcanzables.
En Manhattan me fui a por el padre tras el último acorde, y le confesé mi lógico amor por sus libros. Fantaseé con contarle lo del tabaco y que nos fumáramos uno de sus puritos holandeses, pero tampoco le quise molestar y acabé fumando yo solo y a la intemperie mientras Auster se daba al vino blanco con bastante fruición.
Ayer volví a ver Smoke, porque desde el viaje a Nueva York pienso un poco en Paul, claro, y mucho en Sophie. De nuevo vi a Harvey Keitel soltarle la tela a su ex con un ‘now it’s yours, baby’, que engloba el mejor nena de la historia del cine. Vi las lágrimas de una joven Ashley Judd, yonqui a su pesar, y, sobre todo, esa última escena en la que Hurt y Keitel quedan a comer y a que éste le dé ideas para escribir un relato de Navidad. Los diálogos y esos planos finales, cerrándose, intercambiándose como caladas, cada diez o quince segundos, en un silencio cómplice…
Me volvió a gustar tanto que hoy después de comer quise encender un purito y escribir esto, como aquel William Hurt. Ustedes perdonen.

2 comentarios:

CARLOS HERNANDEZ dijo...

Muy ameno su artículo, lo de los chupitos en Mallorca dan para un par de series de terror zombie

PL dijo...

Muchas gracias. Pues así ha sido más o menos, no se crea.

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