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jueves, 28 de febrero de 2013

Cara B. Pedro Letai “Chicas de barrio”


Para Bea, con devoción

Hace unas semanas me contaba un amigo que se había encontrado con Pilar López de Ayala en el gimnasio y que le había parecido verla ‘avejentada’, que es probablemente el adjetivo más cruel que se puede utilizar contra alguien que apenas supera la treintena. A mí el comentario me extrañó mucho, porque yo recordaba a esa Juana la Loca como uno de los templos sobre los que construir mi progresiva decadencia, quizá sólo a la altura de Elena Anaya e Ingrid Rubio en un definitivo triunvirato patrio de chicas que tienen cara de estar recién estornudadas y que a mí me vuelven del revés.
Lo que ocurre con mi amigo es que él tiene otros gustos, y la que de verdad le vuela la cabeza es la frutera de debajo de mi casa. Silvia es menuda, sensual y delicadamente poligonera, en un cóctel explosivo que nos ha llevado a todos a desayunar nectarinas, comer ensaladas y cenar berenjenas y clementinas. Esa pequeña fruitti está haciendo más por nuestra salud que la Seguridad Social y donde antes uno bajaba a por tabaco ahora lo hace a por lechugas. Silvia estudia para ser maestra y me dice que le gusta cómo suena mi voz en la radio y que le acompaña mientras hace sus deberes.

Como los lectores más fieles sabrán, mi doble condición de mitómano y dipsómano me lleva a una diabólica espiral que hace que suela encontrarme a mis ídolos con sospechosa constancia y siempre en bares. Así, la misma tarde en que habíamos hablado de López de Ayala bajé a tomar algo con unos amigos al bar de la esquina y allí la encontré, preciosa, envuelta a media tarde en un fular azul que quise ser yo por siempre, viviendo a caballo entre su cuello, su pelo en los días de frío o peluquería y sus armarios en verano. Mordí en repetidas ocasiones el borde del gin tonic a lo Boris Grushenko, dada mi incapacidad para actuar ante tal situación, y sin quitarle ojo de encima a Pilar saqué con suavidad el iPhone y desde ahí borré el teléfono de mi amigo, le desagregué del Facebook y le coloqué un doloroso unfollow en Twitter. Lo primero siempre es ajustar las cuentas y luego ya esperar el tren.
Para cerrar el círculo, ayer bajé a la tasca de enfrente de casa a cenar algo antes de ir a la radio. Al llegar aquello estaba vacío, con la excepción de una enorme bolsa de deporte sobre la barra. Me resultó poco creíble que esos camareros de la vieja guardia anduvieran desvalijando la caja sin pasamontañas, con lo que concluí que o Al Qaeda andaba husmeando por la Cava Baja o allí teníamos compañía. A los pocos segundos se abrió la puerta del baño y de ahí salió, chupa de cuero negra y vaqueros ceñidos, Ingrid Rubio. Se acercó despacio y nos miramos a los ojos largo para después romper yo el hielo con un ‘Hola’, en una táctica que llevo practicando y perfeccionando muchos años ya. Con Ingrid Rubio he tenido yo tantas y tan depravadas fantasías que aún me quedé un rato mirando acongojado la puerta del baño por si de allí saliera detrás un niño que se me diera un aire, que en alguno de aquellos sueños había puesto yo mucho empeño. Pero estábamos solos.
 
 
Rubio se situó a mi izquierda y comenzó a repasar un guión, incluso moviendo los labios en sus diálogos, frente a un pincho de tortilla y una caña. Decidí entonces jugármela a una carta y llamé a mi chica, a la que con toda la solemnidad de la que me pude armar le dije, ‘nada, tomo algo rápido y me voy para la radio’. Cuando dije lo de la radio, algo que suele impresionar bastante, el bar entero se volvió hacia mí. Y el bar entero era Ingrid Rubio. Me miró de nuevo ampliamente y sin contemplaciones, mientras yo clavaba las pupilas en el mostrador, entre el ponche Caballero y el Marie Brizard.
Al poco la incansable Ingrid se me volvió otra vez, con lo que me vi obligado a ir más allá. ‘¿De qué es?’, pregunté. ‘De tortilla’, dijo ella, con el mismo brillo en los ojos que tenía en la ‘Taxi’ de Saura quince años atrás, cuando a su paso de veinteañera la luna se encendía sin remedio. ‘No, me refiero al guión’, contraataqué haciendo gala de una preocupante falta de mordacidad. ‘De una serie’, contestó Ingrid dándose de nuevo la vuelta y sonriendo como la actriz que es.
Entró entonces en el Schotis el convidado de piedra que nunca falta a este tipo de citas. Con un abrigo de enterrador hasta los tobillos y sortijas en los dedos índice, Jordi Mollà apareció para joderme la vida. Al ver a Mollà yo inmediatamente me voy a Gil de Biedma, por la primorosa interpretación que hizo aquél de éste en El cónsul de Sodoma y porque yo a Gil de Biedma trató de irme siempre que puedo. El tipo se pidió algo con Bitter Kas, cosa que Jaime nunca hubiera hecho, avistó a la presa y, en menos de noventa segundos y como si de un Formula 1 se tratara, me metió el morro en mi carril, se apostó en la barra y comenzó el jugueteo con un ‘yo a ti no te conozco, ¿o sí?’ que pensé yo que así es como hay que hacer las cosas en la vida, sin vergüenza propia. Escuché el sí de Ingrid y después varias frases acabadas en ‘colocados’ o ‘mogollón’ que Mollà iba deslizando con un aire tarambana que me hizo temer que después de aquellos morreos con Juan Diego Botto en Historias del Kronen para este chico nada había vuelto a ser lo mismo. Yo no tenía ningún Goya, aunque había visto La noche americana de Truffaut hasta amar el cine profundamente, así que apuré mi rioja y pagué tan rápido como pude. Mollà salió a fumar y todavía tuve tiempo de despedirme de Ingrid con un ‘suerte’ que se llevó lejos el viento y después la nieve.
En la calle volví a llamar a Bea, con paso firme hacia la moto y los días llenos de frustración. Sólo podía pensar en estar lejos de allí; todo urbanizaciones con pistas de tenis y paseos de domingo con unos trillizos rubios: Covadonga, Beltrán y Bosco.
- Oye, que a ver si nos mudamos ya, ¿no? Este barrio empieza a ser una puta mierda.
Y con los ojos casi en lágrimas aún le espeté, destemplado:
- Si es que además todo esto se está llenando de rojos.
Ya en la radio entrevisté a una estupenda poeta del setenta y cuatro con unas gaviotas tatuadas en el escote que me devolvieron la calma. Tanto que al filo de la medianoche estuve a punto de darle la vuelta al micrófono, encenderme un cigarro, cruzar las piernas y, mirando al infinito y soltando el humo por la nariz, encogerme de hombros con un taciturno ‘bueno’ mientras empezaba a homenajear en el aire a Silvia, Pilar, Ingrid y todas esas maravillosas aves de paso que en mi barrio le roban los atardeceres al cielo. Benditas sean.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡A mi también me gusta Pilar aunque me gustaba más Juana!

unediano sincausa dijo...
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