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jueves, 21 de marzo de 2013

Cara B. Pedro Letai: Honky Tonk Wedding March (2009-2013)


La noche anterior yo le había dado la mano a Bob Dylan, así que al despertar me di cuenta de que para mí probablemente casi nada tendría ya sentido. Y menos aún en aquella habitación, un hotel a las afueras, tan lejos de mi chica soñada. Me imaginé que a partir de entonces mi vida, al menos durante una buena temporada, sería ver las cosas pasar, quedarme largos ratos en el coche escuchando alguna canción, sentarme en la terraza a beber una cerveza pensando en Bea y escuchar los trenes, a lo lejos.
Le había dado la mano a Bob Dylan, ¿qué más podría haber? Sin embargo, cuando al llegar a casa vi que me había llamado Álex y que quería que nos encontráramos en el Honky, supuse que habría tenido algún problema con esa chica, Clara, y que había que estar allí para escucharlo. Bea no estaba, nunca había estado, aunque sí mis poemas para ella, tantas llaves tratando de atraparla entre versos que con ellos podría haber abierto cada uno de los portales de Madrid hasta encontrarla.
 
La barra del Honky Tonk era un poco lo de siempre. Jefes metiendo mano a sus secretarias en los rincones más oscuros, un tipo que se parecía a Eddie Vedder y que era un borracho integral, un camarero que casi nunca era simpático y un desfile de gente que piensa que si le das dos metros de ventaja a las aventuras llegan los problemas. Preferiría tirarme de cabeza a un barril de ácido antes de dejar mi vida en manos de filosofías como ésa, y por ello desde hacía algún tiempo había empezado a hacerme preguntas y a necesitar respuestas. Salía a la calle y a veces conducía hasta las urbanizaciones de la gente rica y de repente estaba mirando las pistas de tenis vacías, de madrugada, preguntándome si las cosas tienen algún sentido, y si en cualquier caso merecería la pena que así fuera.
Álex y yo empezamos a frecuentar el Honky hace algunos años, especialmente por su música. Cuando no sonaba Lou Reed, sonaba Neil Young. O sonaba Bowie e incluso habíamos oído algo de Keith Richards en solitario. Yo me hice amigo de Álex hace mucho tiempo, cuando le oí decir en una fiesta, a propósito de Richards, que en el mundo había dos clases de personas: las que tenían en su casa el Talk is Cheap de Keith y las que no, y que estas últimas no le interesaban lo más mínimo. En ese instante comprendí que Álex sería mi único amigo para siempre. Aún lo es.
En el Honky Tonk sonaba The Band y sonaba Dylan. La noche después de darle la mano, también escuché en el Honky a Bob Dylan.
Los problemas de Álex y Clara venían de lejos y traían en su mayoría la misma causa: Álex no quería casarse con Clara, ni con nadie, y Clara quería casarse con Álex, o puede que con cualquiera. Yo tampoco quería casarme; ellas creo que tampoco conmigo.
-Ya tío, pero ya sabes que Clara sí, y con ese tema se pone pesadísima, y se obsesiona con sus crucigramas y resulta que ahora apenas me habla. Mira, hoy le digo que me vengo aquí contigo a tomar unas copas, que juega el Madrid con el Galatasaray, y me dice que si ocho letras vertical, que la capital de Turquía es Estambul, y que si antes se llamaba Bizancio, y que si Constantino el Grande de los cojones le cambió el nombre por el de Constantinopla. ¿Tú te crees que eso es normal? ¿Por unas putas copas y un partido?
Eddie Vedder ya estaba borrachísimo e intentando ligar con una de las chicas guapas del barrio, que si aquél era Vedder ésta era la Hayworth y le cruzaría la cara más pronto que tarde. Álex y yo le dábamos bien al Winston y al vodka, mientras yo rebuscaba en mi abrigo algún resto del concierto de anoche que se pudiera fumar y que no fuera la mano de Dylan.
Afuera pasan autobuses amarillos y gente que sale de comercios con letreros eléctricos. La vida en la ciudad da vueltas como una gata metido dentro de una lavadora que es otro gato. Yo trato de animar a Álex mientras alguien pide a Simon & Garfunkel en el descanso del partido. Finalmente suena en el Honky Jimi Hendrix y Álex me sonríe después de un buen rato.
- Te has quedado sin Paul Simon, pídete otro columpio. ¿Qué será de nosotros, tío?
-Los únicos que saben lo que les espera son los que no esperan nada- le contesto yo. Y lo peor de todo es que eso no lo he leído en ningún sitio. Quizá me esté convirtiendo en un auténtico pedante. Otro arquitecto de escritor, en vías de ser un acelerado master en ruinas.
La barra del Honky empieza a calentarse en el segundo tiempo, ya con las oficinas cerradas y las mentiras y los hielos de 2009 derritiéndose a marchas forzadas. Mientras el Madrid prepara la carnicería de rigor y la Hayworth ejecuta la suya con el cuarto apagado y sin testigos, veo entrar y salir gente. Algunos están solos y da la sensación de que su vida es una larga escalera y ellos están sentados en el último peldaño. Otros están con alguien y se ríen de algo que hay dentro de sus conversaciones. Miro al camarero y desde sus ojos a la gente otra vez. Todos son unos desconocidos, tanto los que conoce como los que no. Al final es igual que si trabajas en el puesto de peaje de una autopista. Los coches se acercan despacio y todos los hombres que van dentro tienen una historia que no quieren contar. Sencillamente, se paran junto a ti y si estás de suerte te sonríen y te dan unas monedas a cambio de tu silencio.
Raúl abre la defensa rival secamente y la revienta con el quinto del Madrid, la gente grita y Álex y yo empezamos a sobrar ahí, como los restos de un pastel de cumpleaños.
-Te equivocas-dice una chica a nuestro lado-, no es esa clase de mujer.
-No, nena, eres tú la que se equivoca. Todas las mujeres sois esa clase de mujer-, contraataca con riesgo el tipo, otro habitual.
-No tío, no es así-dice ella-. Eso funciona con los imbéciles, pero no con las mujeres. Todos los imbéciles sois ese tipo de imbécil, eso seguro.
Guti da otro pase de escándalo y el Madrid marca el seis a uno.
-Joder, tío, seis a uno-, me dice Álex, que es del Atleti, pero gutista hasta el fular. -Qué putada ser turco y gastarte la pasta en venir a Madrid a ver esto y al aeropuerto. Y eso que, al fin y al cabo, no dejan de ser los herederos del imperio Otomano.
Espero para constatar que me lo ha dicho sin rastro alguno de amargura, qué el también vive en esos crucigramas que son su chica subiendo y bajando páginas junto al riesgo de una diagonal mal trazada. Veo que mis ojos en el espejo ya no son azules y que nuestros nombres a esas horas ya son otros; y que la música después del fútbol está hecha del rugido de los tigres y el ritmo de las olas. La hora de irse.
Cuando nos despedimos, dejo atrás el Honky y 2009 y me vuelvo a casa pensando en Bea y en que si a veces hiciéramos las cosas al revés, entonces al fin serían verdad.
-No puedo creerlo-me dice al abrir la puerta en 2013-. ¡Le has dado la mano a Bob Dylan!
Y yo, que venía todo el camino, mil días pensando en que quiero que mi contestador diga: hola, somos Bea y Pedro y ahora no estamos en casa, deja tu mensaje después de oír la señal, la abrazo tan fuerte como si le estuviera intentando contagiar mi vida entera. -Cásate conmigo, ¿quieres?
Los labios de Bea, como el fuego en la tumba de Kennedy, quemando los años. Encendiendo los nuestros para siempre.























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