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jueves, 7 de marzo de 2013

Cara B. Pedro Letai "Morir en chándal"

Anoche antes de irme a la cama le eché un vistazo a Twitter y Facebook desde el teléfono, en acto casi rutinario, como el que se aferra a la leche con galletas para pensar que aún el día merece la pena o como Richard Burton llamando a la Taylor para pedirle matrimonio. Encontré demasiados mensajes bañados en alegría y odio, sentimientos peligrosos de expresar una vez estamos cenados. El odio lo provocaba la victoria de un equipo español en partido de copa de Europa, de Champions, ante un gigante de allí donde se inventó el fútbol, el Manchester United. Parece ser que la victoria del Madrid llegó con escándalo, que es lo que te concede doble autoridad en la política y te pone en el ojo del huracán en las cosas serias. Al español no madridista le molesta la victoria de ayer, le corroe; e igual pasará con los madridistas en una semana si, esperemos, el Barça doblega al Milan. Me fui a dormir tratando de imaginar qué mensajes escribirían esos mismos que quieren que los equipos españoles sean humillados en Europa cuando los catalanes deciden darse la mano y salir a pasear con pancartas de ‘Todos contra el fuego’ o cuando Montoro denuncia que la gente que vive trescientos treinta días al año en Miami no pague impuestos en España, y si no es todo eso del sentirse español algo tan hipócrita como trasnochado y hasta cursi.

Sin embargo, me impresionaron más los mensajes de celebración. Encontré regocijo entre algunos de los que informaban sobre la muerte de Hugo Chávez. Es indudable la polémica que crece tras un hombre que saludaba al grito de ‘¡Patria, socialismo o muerte!’ y que ha dejado Venezuela como un solar, pero no es menos indudable que detrás de esa aparente alegría de algunos se esconde la crueldad, la vileza y la podredumbre de una sociedad enferma que se atreve a celebrar hasta las muertes.
Chávez será recordado en España como el hombre que sacó al Rey del palacio y de sus casillas para llevárselo a la tasca de la esquina a ponerse chulo como se pone uno chulo con dos copas, diciendo lo que no se atreve a decir en casa; y en el resto del mundo como un quiero y no puedo lleno de delirios y peligros alejado en su atrezzo y escandalera de la soberbia del Trujillo de ‘La fiesta del Chivo’, el único libro en mi vida que tuve que volver a leer nada más acabarlo porque me pareció imposible que alguien pudiese construir un artefacto tan milagroso, una bomba de relojería tan exactamente calibrada. Allí está Vargas Llosa despiezando una dictadura, ridiculizando con saña el poder y saldando cuentas con un general meón que le metía el dedo a las niñas y el fusil al pueblo. Saldó deudas también con el Gabo, a quien dicen que se le escapó un suspiro cuando cerró sin aliento las tapas duras de esa República Trujillista, quejándose el Nobel: ‘esto no se le hace a un viejo como yo’.
Chávez, por mucho que lo intenten algunos medios, no ha llegado ni mucho menos a encarnar las siniestras cualidades de las que debe gozar un dictador. Amén de la paranoia tan marca de la casa, que ésa sí que la tuvo hasta la última quimio, al perfil habitual del chusco Tirano Banderas que ha asolado como un huracán la América del último siglo –uniforme militar, pistolones, bigotillo, gafas oscuras, medallas y bandas, gorras de largas y lúgubres viseras- Chávez aportó sólo un chándal.
Un tipo que ha hecho discursos ante multitudes vestido con chándal demuestra su falta de complejos, de estética y probablemente de criterio, algo imprescindible para encabezar una nación. Demuestra también que en Venezuela no hay columnistas como Pérez Reverte o Javier Marías, que si no no habría tenido huevos. Llegaron Chávez y el chavismo, que no es lo mismo pero sí es igual, incluso, a combinar esa prenda tan de la gimnasia en EGB o del pico en las Barranquillas con una camisa, como ya hicieran algunos fundamentalistas. Hasta tal punto se elevaron el carisma del tipo y la persistencia del criminal look que su máximo rival, Henrique Capriles, vistió también chándal en las últimas elecciones en un síndrome de Estocolmo salvaje.
Le ha faltado mordiente a Chávez para poder ir en el tren del terror, el de los grandes hijos de puta de la humanidad, para el que no te dan billete con ese chándal y al que otros como Pinochet añadieron un detalle espléndido que está a la altura de sí mismo y de esa gorda cifra de asesinados y desaparecidos que dejó a su paso: la capa. Una capa larga y gris con la que protegerse del frío de la conciencia y extender una sombra terrorífica sobre la población civil.
El día en que murió Hugo Chávez nació el hijo de la heredera del imperio Inditex en un guiño del destino, al que antes suponíamos poético y ahora ya sólo capitalista. Unos van y otros tan distintos vienen; la vida y la muerte.
Ernest Hemingway escribió una gran novela sobre la Guerra Civil española, pero cometió un error imperdonable, citar estos versos de John Donne en el prefacio: ‘la muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy amante de la humanidad. Y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas. Doblan por ti’. Una vez leídos, la novela sobra. Como esos mensajes ocurrentes que se tallan sobre los ataúdes de otros, y como este artículo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La enferma sociedad de los ewoks también celebró la muerte del Emperador y la destrucción de la Estrella de la Muerte. Usaron como tambores cascos de soldados imperiales malogrados. Qué cabrones adorables.

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