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jueves, 4 de abril de 2013

Cara B: Pedro Letai "La mujer total"


Un día en un vestuario, lugar en el que las conversaciones masculinas siempre gravitan en torno a dos genitales gigantes que hacen de nave nodriza, un amigo me contó que otro amigo suyo solía decir algo así como ‘no hay mujer guapa sino polvos de más’. Con esa sentencia directamente traída de la intelectualidad más cavernaria se me venía a explicar, creo, que una vez el enamoramiento se relajara quitándonos el antifaz de los tórridos principios lo que nos encontrásemos en la alcoba podía ser muy distinto a lo que recordábamos haber conquistado.
En aquella época mi amigo tenía sesenta y un años y yo veintiuno, con lo que él me hablaba desde la experiencia que te dan tres décadas en cada pupila y yo le escuchaba escéptico porque tenía una novia de extrarradio con un piercing en la lengua y para mí no existía el concepto ‘polvos de más’. A los veintiún años uno vive en un meridiano universal donde todos están contigo o contra ti, todo es posible y te sorprende incluso que al segundo cubata haya gente que se vaya a casa a cuidar de sus familias y sus vidas, rasgo de intolerable cobardía, cuando para ti sólo tiene sentido que al cerrar el Honky abran el Warhol’s de Luchana para terminar a las doce de la mañana en la cafetería Iberia viendo la soledad de los taxistas pasar junto a un pincho de tortilla y un Larios con limón.
A los veintiún años yo hacía cosas como ligar con unas mejicanas un domingo en Joy Eslava, una de ellas diciéndome que su habitación era la doscientos ocho, y yo al cierre aparcado en medio de la calle Arenal rogándole a un amigo ‘que sí, acompáñame, tío. Probamos tres o cuatro hoteles, la 208. Tiene que ser Palace o Ritz, tenían pinta de eso. Las encontramos seguro’. Sonaba ‘Chica de ayer’ a todo meter, yo aquella afrenta la veía del todo factible y sólo los nudillos de un municipal en la ventanilla rompieron el encanto y la fuerza de mi arenga a las tropas. Me bajé del coche en calzoncillos, lo prometo y también prometo que aún no entiendo por qué, y el policía, muy educado, me pidió que por favor bajara la música y aparcara en otro lugar, que aquél era prohibido. Hoy me habría llevado de paso tres porrazos de desayuno.
Al llegar a casa mi abuela estaba al borde del colapso porque era lunes y no me veía capaz ni de contar hasta tres, aunque yo muy digno y moviendo la cabeza como sólo lo ha hecho después Jean Louis Tauran aún le reclamaba sobre la base de uno de los puntos básicos del trasnochador, ‘abuela no dramatices que para mí sigue siendo domingo’. Cuando yo tenía veintiún años España entera tenía veintiún años.
Con el tiempo, sin embargo, he ido entendiendo aquel dicho de vestuario elevándolo casi a la categoría de refrán legionario en mi secreter. O uno hace muy buena boda, viendo más allá del piercing y las tetas de BUP, o se encuentra un día embobado en la cocina mirándole el culo a la tata y leyendo a Ussía. Esto es más común de lo que parece, no crean, aunque eso no hace que sea justificable salvo en contadísimos casos, como el de la familia Beckham, a cuya casa de La Moraleja llegó una muchacha a provocar arrastrando sus traumas de pubertad y pasó lo que tenía que pasar.
Uno con la edad se serena, y sereno es como la vida te empieza a apalear. Es probable que, en estampa sabinera, te encuentres sentado en la escalera esperando el tranvía y veas bajar de él a aquella diosa del instituto con la que te casaste en gananciales. No entendiste entonces que aquellas largas piernas estaban coronadas por un cerebro peligroso que hace que ahora te topes con frases criminales como ‘mi madre se viene en agosto’ o ‘yo el gazpacho lo hago sin pepino porque me repite’, y ahí es cuando haces un primer plano salvaje de sus michelines y un travelling de los tuyos corriendo la banda de un estadio que en tus sueños de juventud te aplaudía a rabiar y ahora se ha quedado vacío.
Por todo ello es mejor pararse dos minutos antes de elegir, saber mirar un poco más allá si quiere uno hacerse con una mujer de bandera que no acabe llamándote ‘papá’ ni siquiera delante de los niños, signo inconfundible, junto a la chancla, de la decadencia más absoluta.

Repasando mi ideario de mujeres con las que robar una cafetería después de hacer el amor en los baños encuentro en las carpetas demasiada Gisele Bundchen y alguna Eva Mendes de mis épocas más desastradas; ahora sin duda ‘polvos de más’. Pero, sin embargo, en algún momento me debieron de llegar la musa o la madurez, porque de un tiempo a esta parte a todo el que me preguntaba siempre le decía que para mí la mujer total era Mariví Bilbao. Quizá yo también me enamoré del personaje, como hacen las camareras con los poetas, y quien me gustaba en realidad era aquella Marisa bebedora y cachonda de la serie, pero prefiero pensar que la que ocupaba mi puesto de honor era Mariví, porque la serie jamás la vi. Una actriz valiente que se lanzó adolescente a las tablas de Euskadi bajo seudónimo para que su padre no encontrara su nombre en los repartos del periódico y la recibiera en casa con una hostia de las de antes. Una mujer leída, amante de Shakespeare y Asimov, con la que irse a cenar y escuchar sus desvelos tras el humo de un cigarro y mirarla a los ojos, sin Facebook ni Twitter de por medio.
Como corresponde, tuve hace no demasiado mi momento de gloria con Mariví. La encontré un domingo de otoño en un restaurante de la Casa de Campo y, dispuesto a jugármelo todo, le recité este artículo mientras lo escribía en mi cabeza. Me sonrió poco, contrayendo el rostro entre los lacrimales y el labio superior como sólo ella hacía, y me dijo que no me creía, con todas las chicas guapas que había por ahí y lo joven que yo parecía.
A los postres se sentó en la mesa contigua para fumar un penúltimo cigarro con esa alegría suya tan suya, tan triste también. Ya no parecíamos jóvenes ninguno de los dos.
En cada paso de cebra hay una mujer que merece líneas de enamoramiento y amor en vano, pero éstas de hoy son sólo para ella. Un beso, Mariví, guapa.

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