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jueves, 11 de abril de 2013

Cara b. Pedro Letai “Le llamaban Denis”

A mis veinticinco comencé a experimentar una progresiva frustración con el ejercicio de la abogacía. Trabajaba por aquel entonces en un magnífico despacho y tenía el mejor jefe del mundo, con lo que aquello tenía pinta de patológico, pero por lo que fuese para mí los sueños no acababan de llegar. Supuse que aquél era el típico desencanto que hay que superar desde lo personal, y como carecía de ‘entorno’, eso que sólo tienen los famosos y que nadie sabe muy bien qué es, acabé casándome con una guapísima abogada de Clifford Chance tratando así de tirar por la calle de en medio y entregarme al mundo del abogado y los despachos del poder desde la colcha hasta la proforma.
El enlace no surtió el efecto analgésico deseado y, condenado a ser decente, seguí agonizando cada noche confesándole a la almohada que a mí aquella profesión me parecía desalmada, que no estaba aprendiendo tanto y que no le veía la ternura a trabajar como un loco para que el dinero se lo llevaran otros. Nos divorciamos a los cinco meses –uno tiene derecho a ser estrella de rock alguna vez en la vida, aunque yo escogí un pasaje biográfico un poco escabroso- y mientras mi prematura ex mujer salía por la puerta principal llevándose con ella los muebles y al Leviatán, entraban por la de servicio Pablo Neruda, Rafael Alberti, Ángel González y otros convidados a mi segunda vida, que decidí por unanimidad dramática comenzar ahí mismo: la vida de poeta.
La vida de poeta es fácil de llevar a cabo, no se crean. Consiste básicamente en dejar de comer y no sonreír jamás en las fotos. Cuando la gente ve lo flaco y mustio que andas ya supone que lo que estás escribiendo se encuentra plagado de sensibilidad, temblores y cielos grises en días grises. Al final tienes tanta pinta de poeta que acabas acercándote al papel, más que nada por la presión del qué dirán, e incluso puede que escribas algo que no está mal: ‘¿Recuerdas? Los caballos / rompían la lluvia con su trote, / las trampas eran parte de tu sangre; / la nieve sofocaba el fuego de tus labios’.
En mis días de poeta yo, mustio y flaco, recibía muchos pésames y hasta algún obituario dada mi desafortunada performance marital y el rumbo que tomaba mi Seguridad Social al haber dejado el despacho. El comentario que más me llamó la atención fue el de alguien cuando me dijo ‘era lo mejor que te podía pasar, porque ibas a ser un infeliz. No tenía ningún sentido tu vida, ella minutando y tú con los poemas. Ibas a llevar una existencia thatcheriana’.
Ventilé las habitaciones de casa, porque aquella sentencia dejó una atmósfera atroz, y me fui directo a leer cosas sobre ese Thatcher, que resultó ser Denis Thatcher, un barón de sonrisa amable y envejecida en exceso, con aspecto de venir de tomarse un vino y media de cabrales envuelto en trajes carísimos que sin embargo parecían de Cortefiel. Era él quien había dado apellido de hierro a Margaret Roberts, la que desde la ‘ciudad del mando’ de su adorado Jouvenel le sometió a la obediencia y a un segundo plano vitalicio en el que Denis se supo mover como las letras de un crucigrama. Resulta que el eterno complejo, tan español, de aquellos a los que sus mujeres les pagan las vacaciones que antes ni tenían nos había llevado a identificar a Denis con el epítome del parias, cuando la realidad era muy distinta.
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Thatcher, él era Thatcher, había estado casado ya previamente con una mujer con la que ni siquiera llegó a cohabitar, lo cual le eleva ya de por sí a la categoría de mito en esos laberintos de acero que son las historias de alcoba. Hizo un buen dinero y superó el trauma casándose con una joven parlamentaria de derechas a la que pagó los vicios, que fueron la carrera de Derecho y una casa en Chelsea. A partir de entonces su vida fue acompañar y querer a su mujer, admitiendo que era ella la que iba a hacer carrera. Margaret Thatcher llegaría a confesar en su autobiografía que si llegó a Primer Ministro fue por Denis, justificando así la sabia rendición del consorte. Denis fue elegante, no rompió cristales ni se puso la corbata donde Rambo en las fiestas, esa costumbre tan inglesa; no pellizcó a Bienvenida Pérez, el manual del noble británico en los ochenta, y se convirtió en el único ciudadano verdaderamente a salvo de esa fiera con la que compartía destino, alguien que con nuestro GAL o nuestros escraches se habría hecho un sándwich para desayunar. Paseó su maltrecho páncreas por el 10 de Downing Street mientras su esposa destrozaba el sistema sanitario y pasó buenos ratos en Camp David con George y Barbara Bush, riendo en la sobremesa sobre lo playboy que era su hijo Mark y cómo ya le conocían demasiados coches y demasiadas novias, sin poder imaginar que en realidad era un bendito, y que quien iba a destrozar el mundo en apenas unos años era el hijo de los otros.
Denis Thatcher tuvo una vida novelesca siendo un bastión desde la sombra, rodeado de misterios y certezas. Nunca pasará de moda y nunca llevó vida de poeta, porque no le hizo falta. Con las bajas pasiones de algunos ya había alcanzado lo que sólo Dante y Kafka pudieron antes conseguir: convertirse en adjetivo.





5 comentarios:

Anónimo dijo...

Sólo Dante y Kafka, sí; porque el adjetivo platónico viene de plato, e isabelino de un tipo de silla, etc etc etc.

PL dijo...

Tienes toda la razón, Anónimo. Gracias por el comentario. Abrazos.

Nuria D. Valero dijo...

Pues a mí siempre me encantó este señor, su equilibrismo...

Elena Alfaro dijo...

Vale es obvio que no sólo Dante y Kafka prestaron su nombre, pero tal vez no muchos más con ese matiz oscuro y complicado. Además, la frase es tan buena tal y como está que sinceramente no veo la necesidad de ser exacto y estropearla.

Me ha encantado

PL dijo...

Gracias, Elena. Pero oye, que el que bajo anonimato venga a hablar de sillas y platos es más que bienvenido. Un beso.

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