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viernes, 17 de mayo de 2013

Cara b. Pedro Letai. “Carmen o el amor evolutivo” y canción del viernes Lou Reed “I love you”

Esta columna se escribe con pijama y orinal. Ayer a Jesús le dieron un premio del que imagino no piensa hacer gala excesiva aquí. Yo en cambio sí. Soy muy siciliano para esas cosas de lo nuestro y, además, creo que es lo más cerca que he andado de un galardón en mis treinta y un años, así que esta noche, después del partido, fumaré y brindaré a la salud de todas estas entradas. Ayer yo tenía un recital de poesía en Madrid y ahí anduvimos todos celebrando, no se crean. La cosa empezó por Dylan y acabó en un barril de Alhambra sin nada que perder. Por eso este viernes trae el pijama de las grandes ocasiones y las pequeñas emociones.

Las pequeñas emociones son las mejores. Como al ver un vestido en un escaparate, exactamente ése que sabemos que no vamos a comprar. Por un segundo te imaginas con él puesto, lo guapa que estarías y la de líos en los que te meterías con él. Muchas de ustedes saben a qué me refiero, quizá. La noche, género en decadencia, está llena de esas pequeñas emociones. Te mojas los labios, como Ortega Cano o MAR, y vas de un lado al otro del sábado –a esas horas siempre es sábado- nadando entre las pequeñas emociones y coronando cimas que parecen ya simples hormigas. Lo que a media tarde te escocía las venas ya no es tanta pelea después de un par de tragos, el mañana será otro día y, claro, todas las chicas son tremendamente bonitas.
Las pequeñas emociones de la noche te pueden llevar a situaciones que hacen que roces el ridículo, viéndote al filo de las tres llamándole nena a una mujer casada mientras tu chica te agarra del brazo para llevarte a casa. Las señoras esas cosas las dejan correr de una manera admirable, pero en el despertar después de toda batalla que se precie siempre existen ese tipo de cuentas pendientes que bailan la resaca al ritmo de nuevas canciones favoritas que se buscan con fruición en YouTube. Todo encaja después del despelote padre.
En diciembre pasado nos corrimos nuestra última buena juerga. Fuimos a Asturias a leer unos poemas y tocar unas canciones, primero en Oviedo y después en Gijón. Allí al borde del mar nos agasajaron bien a base de fabes con almejas y ginebra con tónica, como si el mundo fuera un pañuelo y nosotros Lou Reed. Resultó que el más alto de todos, un tipo que se daba un aire a Benicio del Toro, estaba enrollado con la camarera de uno de los garitos a los que fuimos a parar. Carmen. La noticia ya se había dado en la cena y ahí que fuimos todos vigilantes a ver el género. Lo fácil siempre vale la pena.
Apareció Carmen llena de hielos y rodajas de limón, en un momento importante para todos, y la opinión generalizada fue que aquello no era para tanto. Ésa es una reacción muy de envidioso, pero en aquella ocasión yo creo que fue sincera. Carmen, francamente, no daba para más. Aún sabiendo que la cosa estaba para lo que estaba todos nos metimos de lleno en nuestro papel, bebimos, brindamos y borramos las huellas de cuantos exploradores hubieran pasado antes por allí.
Al tercer cubata los nudos se fueron soltando y ya uno se animó a lo que inevitablemente avanzaba a zancadas hacia nosotros:
- Pues a mí me parece que Carmen tiene algo.
Deslumbrados por esa ventana que se nos había abierto enseguida nos alejamos del rol tremendista que nos llevaba directos a la barra. A Milton Friedman su teoría sobre los ajustes del mercado le valió un Nobel y, qué demonios, allí estábamos todos dispuestos a llamar la atención de Estocolmo. Nos hicimos fotos con Carmen, la agregamos al Facebook allí mismo, manteamos a Benicio con todo lo que eso supone y nos fuimos para la cama con la absoluta certeza de que aquella era una chica de bandera, besándola en la frente y todo.
La mañana trajo carretera y avances entre mucha niebla, pero todo lo anterior había merecido la pena porque había sido algo de corazón.
Y en el recuerdo, claro, Carmen:
- ¿Cuándo vais a venir otra vez por aquí?
Las pequeñas emociones y el amor evolutivo, recorriendo miles de kilómetros cada noche.
Disfrútenlo. Buen fin de semana.













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