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viernes, 24 de mayo de 2013

Cara b: Pedro Letai “Está caída”


La frustración de todo un país se da cita cada tarde en Las Ventas durante este mes de mayo. La Feria de San Isidro y el permiso de residencia son nuestro meridiano de Greenwich. Vayan ustedes al Registro Civil de Pradillo cualquier mañana y verán que no hay un solo español. Están todos en los toros. Vayan ustedes a Las Ventas y verán que no hay un solo ecuatoriano. Están todos en Pradillo. Yo este mes he tenido que ir varias veces, a Pradillo digo, por aquello de la boda civil y el ‘le falta un papel. Tiene que llamar a Palma de Mallorca’, me ha hecho añorar la Escuela Austriaca entre carteles de ‘esto no se privatiza. Es nuestro pan’ y he constatado lo que me une con su paisano Kafka: un odio a la burocracia y al burócrata que sobrepasa lo imaginable. De Kafka me separa, en cambio, el talento y la tuberculosis, lo que me deja más o menos como estoy. Kafka no llegó a asomarse a la arena, pero sí lo hicieron otros coetáneos como Dumas, el poeta Théophile Gautier o el extraordinario cuentista danés Andersen, que quedaron absolutamente fascinados por esa estúpida y celestial afición española de morir matando en público.

A Las Ventas volví el martes, después de seis o siete años sin ir. Hubo una época en la que me aficioné bastante a lo de las corridas, iba a San Isidro un par de veces al año y casi todas las tardes me sentaba delante del televisor a escuchar al maestro Chenel hablar desde dentro de una cajetilla de Ducados en aquellas extraordinarias retransmisiones de Canal Plus que, por no saber, ya no sé ni si siguen existiendo. Mi infancia machadiana son recuerdos de un patio de Sevilla y de aquellas tardes de toros. Jamás pregunté por qué, pero en el cuarto en que yo dormía, que realmente nunca llegó a ser mi cuarto y esto tampoco me lo había planteado hasta hoy -qué duro- había, decía, un par de banderillas rojigualdas. Yo en el centro de la alfombra del salón me sentaba con las banderillas entre las piernas y comenzaba a murmurar frases ininteligibles. Recoletos y tentetiesos, de caballo y de torero, angustiosos y angustiados, de pasito corto o para atrás, de arranque espumoso y rajaíto, de cautela y valientes, mirados o sin mirar, granaderos y polvorines, molineros y molinetes, de cuerpo sin alma y de alma sin cuerpo, guapos pero feos y feos pero guapos; también los había de fe y de miedo, enteros y hermosos y, en contadas ocasiones, serios y bravos. Un día mi madre se acercó torva pensando que estaba invocando al diablo y en ese momento Julio Aparicio preparó el volapié. ‘Tiene la puerta grande en sus manos’, dijo Molés. ‘En sus manos’, remachó Antoñete, que una vez dejó los ruedos se dedicó a cobrar por hacer ecos. El guapo Aparicio metió el estoque hasta la bola y, como un jugador del Madrid extasiado tras convertir una asistencia, corrió con el brazo extendido a señalar a uno de sus subalternos. Cuando el presidente sacó el segundo pañuelo blanco, que certificaba la salida a hombros Alcalá arriba, el diestro se vino abajo y lloró desconsoladamente con el micrófono del Plus en la glotis, lo que me dejó a mí algo desencantado y acariciando mis banderillas en estampa vagamente cubista. Mi madre se quedó más tranquila e impasible me llamó a cenar.
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Los toros son el sinsentido y la protesta. La merienda rica en grasas saturadas, el gin tonic y el puro de dos euros –esta vez saqué un habano y más de uno me increpó- para vivir una tarde apasionante de subidas y bajadas y sobrevivir a ver la muerte en directo. Prohibido queda sonreír y, en Madrid, alabar. Las Ventas se jacta de ser la primera plaza del mundo, y ese título se convierte en una suerte de adivinanza en la que nada es lo que parece. No hay música cuando se torea bien, no se aplaude, apenas se reparten orejas y si se conceden trofeos parte de la plaza protesta con ganas ante el imperdonable conato de pasarlo bien.
Es importantísimo proteger la reputación propia como aficionado experto, y así es fácil escuchar a uno decirle al de su derecha ‘ésta va a ser la corrida de la feria’ e inmediatamente murmurarle al de su izquierda ‘éste ni por un pitón ni por el otro.’. Al morir el morlaco, claro, ‘¿ves? si ya te lo dije’, con el único mérito de no confundir la derecha con la izquierda, como le pasaba a Gallardón antes de meterse a facha.
Y entonces nos levantamos todos a estirar un poco las piernas antes de la siguiente faena. La España más española, la de la rima fácil, los prismáticos canallas y las chicas con cincuenta euros en el pelo para la ocasión. Otra Gordon’s que mañana ya tomaremos tres o cuatro ibuprofenos, la mirada perdida en el horizonte mientras pensamos todo tipo de maldades, porque las tardes de toros son mortales y talegueras, y ante la estocada, eso sí, un mantra: aunque sea como aquella de Aparicio, siempre hay que farfullar ‘caída, caída… Está caída’. Y nunca sonreír.





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