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jueves, 9 de mayo de 2013

Cara b: Pedro Letai. La dulzura que vino del infierno


En marzo de 1971 llegó a donde un hombre tranquilo nunca quiere llegar, y empezó la cuesta abajo entre la adoración de los fans. La portada de Time le encumbraba en adalid de la nueva tendencia americana, la de los cantautores tranquilos. Los yanquis se habían quedado tres años antes sin nadie que les llevara las pancartas cuando Dylan se cayó de la moto camino de Damasco y decidió renunciar a cualquier aparición pública para refugiarse casi una década entre pañales y columpios. El flaco judío acabaría huyendo del olor agrio del biberón para volver a una carretera sin retorno una vez que Sara se cansó de él y descubrió además la cocaína y a The Band. James Taylor, por su parte, fue a probar suerte a Londres, donde las españolas de buena familia abortaban en secreto, llegando con una maqueta bajo el brazo en la que se leía el primer verso de un poema fabuloso, Something in the way she moves. Se la enseñó a unos tales McCartney y Harrison, que le grabarían un disco para su maltrecha discográfica Apple no sin que antes George le robara ese verso para construir sobre él una de las más bellas canciones en la historia de The Beatles. La suerte, y también la desdicha, estaban echadas.

Con sus composiciones melancólicas, a veces desconsoladas, el frágil Taylor llevó una existencia oscura durante los setenta y buena parte de los ochenta. La heroína y el alcohol le consumían mientras seguía firmando estremecedoras piezas. Se casó con la preciosa Carly Simon, quien también cansada de los excesos le abandonó, y formó junto a Carole King una de las parejas artísticas más formidables en la historia de la música moderna, con el himno You’ve got a friend como principal legado. Guapo y dulce, Taylor nunca llegó a reventar el mercado, y sin embargo siempre se mantuvo como uno de los músicos más respetados y queridos de su generación. Discos como Sweet Baby James, One man dog o el posterior JT acompañaron los setenta a golpe de medios tiempos inolvidablemente emocionantes.
jamestaylor
El pájaro de la heroína se colaba por su ventana cada mañana con más fuerza en esa espiral tan terrible: primero desaparecen los problemas, después todo lo que no lo son, y después tú. Las cenas de Acción de Gracias durmiéndose sobre el plato ante sus hijos, el amanecer sin saber dónde estás ni de dónde viene la sangre en el parachoques del coche, como en Los tipos duros no bailan, y el maldito devenir de una familia perseguida por las adicciones, con el hermano y el padre muertos por abusar del alcohol, como unos Panero de Massachussets. En noviembre de 1983 todo aquello acabó, tras la metadona y los temblores, y las composiciones, como suele suceder en estos casos, se resintieron.
Desde entonces James Taylor pasea su alargada figura con aspecto sorprendentemente saludable, como recién salido de un encuentro de antiguos alumnos de Retamar. La camisa por dentro de los Docker’s y los hombros altos, sentándose todavía delgado y suave, absolutamente encantador, sobre el taburete. Acaricia la guitarra con la clase de siempre, la voz de terciopelo y los recuerdos de aquellos días en el infierno, entre el fuego y la lluvia. Y siempre en algún momento del show la mirada perdida hasta el infinito recordando a Suzanne, la chica que paseaba junto a él en camisón por aquellos pasillos que dividían la vida de la muerte y que los separaría para siempre colocándoles en casillas dramáticamente distintas.
 







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