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jueves, 2 de mayo de 2013

Cara b. Pedro Letai "Mi camiseta de Heidi Klum"


Se nos repite hasta la saciedad, desde pequeñitos y mientras se nos vuelca Álvarez Gómez sobre la raya del pelo, que en este vida lo más importante son los amigos. No seré yo quien venga a demoler axiomas ni a hablar de drogas, que pese a mis esfuerzos por dármelas de escritor atormentado siempre he acabado yendo al gimnasio y rodeado por gente que me quería un porrón, pero sí me gustaría aprovechar la ocasión para puntualizar endiabladamente: lo que de verdad vale la pena en la vida no es el amigo, sino el amigote.
Al amigo uno le cuenta las cosas serias, las de verdad, lo cual no siempre resulta agradable. Al amigo hay que aconsejarle bien, hay que entenderle y hay que procurar llevarle por el buen camino, con lo engorroso y contradictorio que eso puede a veces llegar a ser. Con el amigote uno habla exclusivamente de mujeres, de fútbol y de dinero, todo ello en tono gloriosamente grosero, y sin piedad se le llama ‘maricón’ cuando no se anima al sexto gin tonic y decide encender el móvil e irse a casa, con su mujer entrando ya en el consejo de Vodafone y despertando a los niños para ir a presentar una denuncia en comisaría.
Con los amigos se producen situaciones terribles como la de olvidar un cumpleaños, con tantos y tantos ochos de marzo juntos, o tan estresantes como la de organizar una cena en casa y tener que detenerse ante los ridículos ‘si invitamos a Miguel y Rosa tienen que venir Sebas y Carmen, que si no se cabrean. No vamos a caber’. Los amigotes no tienen cumpleaños ni cenan y, por descontado, jamás se cabrean. Y no es por un tema de poca profundidad o de ser menos sensibles, que esto no tiene nada que ver con Guardiola. Es sencillamente que con el amigote se tratan temas en los que se suele estar de acuerdo, o al menos se está a partir de la tercera birra, y si ni por ésas uno de los dos zanja el asunto con un pacificador ‘pero cómo se puede ser tan hijo de puta’ que suena a música celestial y ha de venir acompañado por un par de fuertes palmadas en la espalda y una sonrisa campechana, como ésas con las que Alfredo Landa inventó el landismo antes de El Crack.
Con un amigo uno ha ido al colegio, a la Universidad o ha compartido escalera, que si se piensa detenidamente no son más que politburoes siniestros, mientras que con el amigote se ha ido a la pachanga del domingo y como mucho a Mercadona volviendo de fiesta para comprar Lays y mayonesa.
Con los amigos siempre tiene uno la duda de si le querrán igual que se les quiere a ellos, existen rencillas soterradas que ni con Google Maps, se hacen maquiavélicas clasificaciones en secreto, con líderes y colistas, y se abraza uno a esa fascista ley según la cual no se puede desear a la mujer del prójimo. Con los amigotes se da por hecho el amor, e incluso en algún momento de las despedidas de soltero -el caladero por excelencia, la Masía de todo grupo de amigotes, donde se conocen a través de amigos interpuestos que con los años acabarán odiándose- uno se jura que será eterno y se habla de padrinazgos en bautizos a la entrada del puticlub. Y si llega el comentario sincero y soez sobre la parienta de alguno de ellos, ya saben: ‘pero cómo se puede ser tan hijo de puta’ y una carcajada. Ése es el código y el amigote, aún cornudo, nunca decepciona.

Siempre que lo he pasado mal mis amigos me han arropado inmejorablemente, claro, pero jamás olvidaré el arropo, majestuoso y literal, de un amigote cuando se enteró de mi divorcio. Todo ocurrió en mi casa y a las seis de la mañana, cuando la cosa tenía más pinta de acabar en artículo del código penal que de este blog. El amigote se quitó de pronto la camiseta que llevaba puesta, en la que aparecía una foto de la hermosísima modelo alemana Heidi Klum. Yo, que por supuesto ya había reparado en aquellas interminables piernas, me incorporé y por puro reflejo me quité la mía como si de una noche europea se tratara, y todavía cuando me buscaba el brazalete y me preparaba para el apretón de manos final recibí un violento abrazo que me dejó paralizado y una consigna al oído ‘que te acompañe siempre esta zorra, que tú te la mereces más que yo’.
El amigote, como enloquecido, no dijo una palabra más. Bajó las escaleras de mi casa con el torso desnudo y la frente muy arriba, y se perdió como el cuervo en la primera luz de la mañana mientras yo por el telefonillo le inquiría sin éxito si con lo de zorra se refería a la camiseta o a Heidi.
Años después aún sigo durmiendo varios días al mes con ella puesta y adoro a Alfonso a cada vez porque, estarán conmigo, no se puede ser tan hijo de puta.


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