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miércoles, 12 de junio de 2013

Cara b: Pedro Letai “Bésame el culo”


Me dice mi amigo que esperan el tercer hijo y que no le alcanza con el sueldo, así que acudo raudo a comprarle unos Durex y un ejemplar de ‘Cómo vivir con 36.000 dólares al año’, el desternillante relato en el que Francis Scott Fitzgerald cuenta metódicamente cómo se las arreglaba cuando Hollywood ya no le sonreía igual. Había nacido en 1896, publicó A este lado del paraíso cuando tenía veintitrés años, vendió cientos de cuentos a las revistas de más éxito y se convirtió, tras la publicación de Hermosos y malditos y El gran Gatsby, cuando acababa de cumplir veintisiete años, en el mejor escritor norteamericano vivo. Encarnó la imagen del éxito, se casó con su deseada Zelda Sayre -Otra vez para Zelda- y frecuentó los veranos de la exquisita Costa Azul francesa, la famosa Riviera que le inspiró Suave es la noche. Sus relatos, impregnados del magnetismo de una prosa sensitiva y rítmica, fueron construyendo mitos que pronto pasaron a convertirse en realidad. Los encuentros sociales, el alcohol, las madrugadas y sobre todo el dinero son las credenciales de los felices años veinte, en los que Fitzgerald y su mujer Zelda eran los símbolos más juguetones. Sin embargo, la biografía de Scott Fitzgerald tiene pocas carcajadas, y el jazz y la ginebra acabaron pronto empapados en tragedia, amor enfermo y más ginebra.
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Hemingway y Scott Fitzgerald se encontraron en París, y se diría que el primero le maltrató a su manera, obligándole entre otras cosas a enseñarle su pene para burlarse y alardear después blandiendo la taladradora que él traía entre las piernas. Una vez muerto Fitzgerald, sin embargo, Hemingway dijo de su talento en París era una fiesta algo insoportablemente bello: ‘es frágil y especial como polvillo en las alas de una mariposa’.
Fitzgerald siguió bebiendo después de conocer a Hemingway, y quizá bebió aún más, hasta que se transmutó en un ser acartonado y pálido incapaz de gesticular, y se desplomó en el suelo como una estatua de cera. Había conseguido mimetizarse con aquella sordidez a la que se entregaba el alcohólico exilio americano. Ya había escrito entonces El gran Gastby, probablemente la Gran Novela Americana, y se enfrentaba a su propia decadencia en la estremecedora Suave es la noche. También había escrito ya la frase que le destrozó la vida: ‘Era una mujer hermosa, pero ya marchita, de unos 27 años’. Zelda se le iba. Se le fue.
Francis Scott Fitzgerald, el más lúcido escritor de la Generation Perdue, dijo de su compatriota Ernest Hemingway: ‘Ernest habla con la autoridad que le da el éxito. Yo hablo con la autoridad que me da el fracaso’. Aquello de la Generación Perdida lo inventó la editora Gertrude Stein, que le dijo a Hemingway ‘eso es lo que son ustedes. Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra. Una generación perdida’; y así Fiesta empieza con esa cita y termina en Madrid. Alrededor de Stein mamaron Hemingway y Fitzgerald, pero también Ezra Pound, Ford Maddox Ford, Picasso o Juan Gris, que alrededor de Stein, a la que como a Balcells no le alcanzaba el Somatoline, cabían muchos mamando. Era un París cruel y adorable, irrepetible, de tipos con sangre en blanco y negro que rastreaban su futuro por calles sin esqueleto. Un París en el que diez años antes el maestro Proust se molestaba con un irreverente joven que dejaba la ventanilla del taxi bajada desafiando su resfrío. Aquel joven era James Joyce, y lo que le escocía la córnea a Proust, el Ulises.
A Hemingway un madrileño se lo imagina en Chicote y matando conejos, de día y de noche, bajo un áspero destino. Debía de ser un tipo tan extraordinario que no convenía conocerlo de golpe, y al que había que buscarle el alma en los cuentos, porque al viejo Ernest se le daba mejor el KO que ganar por asaltos. Aún así, firmó novelas memorables, a caballo entre la biografía y el relato, como esa Fiesta, Por quién doblan las campanas o Adiós a las armas. Un curioso recuerdo les define muy bien a ambos, Fitzgerald y Hemingway, precisamente a vueltas con el manuscrito de Adiós a las armas. Hemingway se lo hizo llegar a Fitzgerald a la espera de algunos comentarios. Éste, siempre correcto y agradable, le contesta en la portadilla ‘¡Es un libro precioso!’, con una grafía que casi nos sugiere su voz canturreándolo junto a un Martini. El viejo lobo, sin embargo, le contesta debajo, resacoso y grave,‘Bésame el culo’.
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Todo en Hemingway era puro: desde él mismo hasta su talento, sus relatos desprovistos de lírica, pero líricos como un poema de Vallejo. Qué decir de El viejo y el mar, o de aquella apuesta ebria, ‘¿a que os hago llorar con un cuento de seis palabras?’, y el atronador:
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For sale: Baby shoes. Never worn’.
Luego llegaría el cáncer y el goteo de los párrafos largos de Faulkner, al que siempre creyó superior, pues Hemingway, a la manera de la putita de American Beauty, fue un rompebragas lleno de inseguridades. Se descerrajó dos plomazos en la boca y su última mujer encontró la tapa de sus sesos colgada del techo. ‘Cuando éramos más jóvenes y más felices’, había escrito el viejo capitán recordando al joven en el póstumo París era una fiesta.








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