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miércoles, 26 de junio de 2013

Cara b: Pedro Letai. “Un envite es un convite”

Siempre he soñado con escribir una columna envuelta dentro de una gran trifulca literaria, como aquéllas de Vargas Llosa y Grass, Umbral y Reverte o la que se cocina lento entre Marías y Muñoz Molina. Aún no doy la talla para verme inmerso en una de ésas, y probablemente nunca la dé, claro, pero la columna de la semana pasada a vueltas con el pobre James Gandolfini soliviantó discretamente al pueblo. Un lector llegó a pedir directamente la supresión de mi espacio, que para qué nos vamos a andar con gilipolleces, y algunas voces le recomendaron que simplemente dejara de leerme.
El domingo le lloraba a Manuel Jabois entre cervezas, con cuerpo de futbolista apaleado por la crónica del lunes, y él que sí tiene lectores a puñados me decía que cuando escribes un treinta por ciento te da estopa por contrato. Así, según su teoría, si tenías treinta comentarios negativos es que te habían leído cien personas. Si mil, trescientos viajes. Me volví para casa ya de noche haciendo frágiles cálculos con el teorema Jabois: si a mí me habían dado sólo un palo entonces es que tenía tres lectores. Tres. Y encima andaba pidiéndole a uno que dejara de leerme, como si tuviera prisa por irme a recoger el Planeta. Decidí por tanto que la siguiente columna se la escribiría a él en exclusiva: necesitaba recuperarle. Me voy a subir a la mesa de billar a enseñar liga hasta que vuelva al redil, me dije. De modo que si usted no es de quien hablo, sino uno de los otros dos, por favor no siga leyendo.
alvite
El adorable lector a quien mis columnas irritaron me atacó por imitador y por plano. No tienes voz propia, me dijo. Eres Pedro Letai, sentenció. Esa segunda parte del comentario, aún siendo en el fondo la más jodida de llevar, la tenía yo más o menos interiorizada. En cuanto a lo de la voz propia, que es un lugar común terrible -y por las religiones y los lugares comunes se empezó a joder la fiesta- el lector o lectora desagradado por mi prosa me impelía a alejarme de referentes a los que en su opinión me pegaba demasiado, citando explícitamente dos: David Gistau y José Luis Alvite. A Gistau le he leído mucho y casi siempre con gusto, aunque si de verdad pudiera mimetizarme lo haría antes con Montaigne que con él. A Alvite tuve que ir a buscarle a la Wikipedia, lo cual sólo prueba mi pesarosa incultura, y también que de ningún modo podía llegar a imitarle en el estilo. Después fui linkando de un artículo suyo a otro, enterrando fascinado la poca voz propia que pudiera quedarme hasta que acabé llegando a páginas porno en esa espiral depravada que es siempre navegar por Internet, un embudo fatal. No creo que me pareciera a Alvite pero ahora me quería parecer, pensé mientras apartaba de mi vista asiáticas jovencísimas.
Me metí en un AVE camino de Barcelona y ahí, viendo el paisaje eléctrico, me agarró la tragedia. ¿Tenía yo voz propia? ¿Qué hacía con mi vida? Y aún más, ¿de verdad era yo Pedro Letai, o quién era? ¿Qué era poesía y dónde coño clavaba yo mis pupilas azules?
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Miré a mi derecha y vi a una rubia profesora de Derecho Penal, que más vale un Power Point que mil palabras. Pija, muy pija y muy MILF, como se decía en esas páginas de la vida después de Alvite. En otros tiempos yo le habría hecho algún comentario ocurrente y quizá hasta hubiéramos acabado derramando cerveza por el suelo del vagón-cafetería y bailando sobre la tumba de su matrimonio. Pero ahora ya no. Ahora estoy enamorado, lloro en el hotel del Paseo de Gracia por no pasar esa noche con Bea y llamo a Telepizza desde la habitación dando nombres falsos por pudor, lo cual nadie sabe hasta qué punto es atroz.
Peso doce kilos más de lo que pesaba cuando estuve cerca de ser lo que soñaba ser: desde una extrema delgadez metía entonces frases de El desencanto en casi todas mis intervenciones, bebía como un descosido y llegué a acostarme con una mujer que me doblaba exactamente la edad, lo cual, si se paran un momento a pensarlo, no es tan común. Ahora escribo columnas y hasta poemas con el iPhone, cuando antes tenía siempre a mano una libretita pequeña con la que apoyarme en las barras a apabullar al personal y repartir teléfonos. Tengo treinta y un años y debería estar escribiendo Guerra y Paz, pero a mi alrededor todo es terso y azul, Guerra y Paz ya está escrita y yo no tengo a mano un Benjamín Prado al que llevarme a Praga a que me ponga perdido de metáforas dolientes.
Lo peor que me ha pasado en la vida es que he perdido a un par de amigos, pero no por las drogas o el juego, sino porque andan con trabajos bien pagados y del brazo de buenas mujeres que les mantienen alejados del fantasma de tantas navidades pasadas, o sea yo. No ha entrado en nuestro distanciamiento el submundo moral, sino la felicidad cotidiana, que es una cursilería letal capaz de acabar con la literatura y hasta con la juventud. Y así es imposible.
A mi edad Raymond Carver ya había asombrado al mundo y Sylvia Plath iba calentando el horno para meter la cabeza dentro un 11 de febrero cualquiera, sin poder soportar que Anne Sexton escribiera mejores versos que ella. Y tú sólo enciendes el horno para el pollo con ciruelas, me torturaba yo por Zaragoza.
A los veinte me enamoré de Irene escuchando Tiny Dancer y a los treinta me enamoré de Bea con Van Morrison, lo cual sí es una diferencia. Entre medias una década de calculadísimos fracasos, poemas mediocres y algunos éxitos académicos que me sitúan en una escuela de negocios puntera y a la cola de cualquier misticismo literario.
Cada vez con más tripa y habiendo dejado el Chesterfield de mis años de Dylan por los puros habanos quizá mi sitio esté en una montería o en el callejón de una capea, yo que siempre me imaginé en el backstage de una gran banda de rock empujando resacas sobrehumanas; pero hasta eso dudo ya. Hace un par de semanas nos invitaron a un ático preciosísimo, allí corrían el Chianti y la droga y estaba la cosa como para llevarse el cepillo de dientes y quedarse un mes, pero sin embargo yo me sentía tan fuera de juego que sólo pensaba en bajar a la calle a jugar con los chóferes: ni para castigarme entre apellidos largos tengo ya una voz.
Quizá mi sitio esté sin más en la Universidad, donde publiqué mi primer poema, donde el amor en los coches y donde me doctoré para dar clases, volviendo como quien lo hace a un Macondo devastado, con el regusto amargo del divorciado que vuelve a dormir en su cuarto de infancia esta vez con barba, entre fotos de comunión y pósters del Buitre.
Al terminar las clases trataré de seguir machacando al rival hasta tumbarle por K.O. En un síndrome de Estocolmo bestial aquí los rivales son ustedes, los lectores que curiosos han seguido hasta el final y a los que rebato envites a base de convites mientras se me asoma una gota de sudor por el parietal al son que mascullo, en un irremediable viaje a la locura, 'esto es lo que queríais, ¿no, cabrones? Queríais lubina'.
Lo único que cada día me apasiona más es el traqueteo del teclado, dejarme las pestañas para que cada línea sea mejor que la anterior y escribir furiosamente, casi malhumorado y durante muchas horas seguidas.
Bea debería encerrarme en el despacho un año entero a ver si adelgazo y termino por fin una novela que se cague la perra y reviente Alfaguara y PRISA entero, convirtiéndome en un genio intratable que no conceda entrevistas ni atienda el teléfono, conservando, ahí sí y de una vez por todas, una voz propia.














11 comentarios:

rgr dijo...

grande

Elena Alfaro dijo...

Los grandes genios eran, en muchos casos, unos seres torturados, la felicidad es estéril, peeeero ¡cuidado! que ser un miserable desgraciado no te hace genio. No vayamos a fastidiarla...
Me ha gustado mucho. Sigue escribiendo, por favor.

Anónimo dijo...

No pares, sigue, sigue, no pares!!!

Jorge dijo...

Encuentro del todo imperdonable estar alojado en el Majestic - en realidad no sé si ese el "hotel del Paseo de Gracia" pero ese nombre tiene mucha presencia- y quedarse en el hotel pidiendo una pizza en vez bajar a pasear en pantalón corto, con chanclas y sombrero mexicano, como hace la práctica totalidad de visitantes. Por otro lado, pedir pizza con nombre falso requiere haberse registrado con nombre falso también. -¿Donde va usted? -A llevarle una pizza a José Luis Alvite -aquí no hay nadie con ese nombre -imposible, acabo de hablar con él y estaba hambriento

MARIA ASENSIO dijo...

Sr Alfaro

Muchisimos más de tres lectores...

No me creo lo de la pizza.En cualquier caso
Este blog es algo vivo: cuida tu salud.

Gracias por compartir tus artículos

Anónimo dijo...

Pedro,

No voy a entrar en valorar opiniones ajenas, me dan igual.

Te propongo que leas esto y veas el video completo, luego dime o escribe:

http://www.europapress.es/chance/gente/noticia-vocalista-red-hot-chili-peppers-anthony-kiedis-guardaespaldas-rolling-stones-punetazos-20130624105413.html

A mi me ha hecho pensar en cómo escribes, creo que el video completo podría ser una adaptación de un texto que no has llegado a escribir, especialmente el final.

JNG

Jorge dijo...

Añadimos a la ecuación la confusión de identidades del titular de la Cara B con el titular de la Cara A. Esto es un cóctel entre el labyrinthus creditorum y el face off de John Woo.

Hoy me he levantado sabio (de Hortaleza), así que le voy a arengar para su próximo encuentro con Jabois: "Dígale a ese gallego que usted es mejor que él".

Anónimo dijo...

Creo que pocas son las entradas que me pierdo de este interesantísimo blog, pero hay dos a cuya cita con seguridad no falto: la canción del viernes (o la canción del viernes en lunes, martes o cuando se tercie) y la columna de Pedro Letai. Que continúen música, prosa y derecho, y que lo hagan con su voz de siempre.

Una jurista algo afónica, desde Bcn.

Anónimo dijo...

Me encantó. El anterior post y éste. Siga escribiendo Sr. Letai, parecerse a Gistau no es mala cosa.

Anónimo dijo...

Pues la verdad es que coincido con el último comentario publicado: este blog es muy interesante por los comentarios y novedades jurídicas que publica, y doy las gracias al profesor por ello, pero eso no quita que no me pierdo ni una de las "canciones del viernes", ni tampoco tus "Cara b".
La mayoría son francamente buenos.
A.F.

PL dijo...

Muchísimas gracias a todos por los comentarios tan cariñosos. Efectivamente, es Jesús el que escribe estas prosas destempladas y yo hago los post furiosos contra la cláusula del suelo. Lo de intercambiarnos los nombres es una boutade más, como lo de la pizza.
En cuanto a los bofetones, JNG, yo siempre he sido muy de los Stones, aunque nada de la violencia. En cualquier caso son todos una panda de yanquis horteras, me parece a mí.
En cuanto a Jabois, Jorge... Manuel señala cosas que yo no llego a ver, pero aprendo de él y de muchos otros.
Lo dicho, gracias y besos. Nos queda una más y nos vamos de vacaciones, si les parece.

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