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sábado, 31 de agosto de 2013

Cara b: Pedro Letai “En familia”

El cierre de este verano llega seco y desapasionado, no como esos principios con Ana Obregón sintiendo la sal de Mallorca en sus gemelos, tradición que llegó a la altura de la de la suelta de la vaquilla pero que acabó siendo mucho más dañina para los ojos, en truculenta paradoja. Será por la crisis, o más bien porque ya empezamos a entrar en la treintena hasta las cejas, que a mi alrededor veo y escucho cada vez más lo del verano en familia, que es un término ancestral y bélico que lleva aparejado ingredientes tan terroríficos como cuñados, niños, hules y en ocasiones –cierto que las peores- paseos en bicicleta, derivando todo ello llegado septiembre en estadísticas dignas de estudio por cualquier gabinete psiquiátrico que se precie.
El verano en familia yo suelo practicarlo con discreción, en parte para que no se piense que es uno un gorrón y, en gran medida, porque frecuentarlo de otro modo sería temerario, pues es cuando más bebo y apenas me cambio de ropa. En los veranos en familia, sin embargo, las mañanas se tornan limpias, seguras y frías. Mañanas tristes e idénticas, como de domingo, leyendo periódicos viejos y buscando valor para pedir un cigarro. Se excusa decir que la banda sonora de los veranos en familia es atroz, más allá de que siempre hay una canción de Julio Iglesias que salva los muebles y una prima o sobrina con cara de Predictor con la que descubres algún grupo que no está mal y ya de paso la manera que tienen ahora las chicas de hablar, cada vez más tontiloca. En las comidas saltan las noticias como en un teletipo que te pone perdido de frases enunciativas llenas de tedio y doble moral. María Jesús que se ha vuelto a casar y Toñín que al fin ha sentado la cabeza, o así. Y le ves la cara a Toñín y sabes que era mucho más feliz con sus despertares llenos de náuseas y mareos, cuando al salir de los puticlubs le llamaban Don Antonio y en el único sitio en el que sentaba la cabeza era en el retrete.

Los veranos en familia sólo tienen un pase muy de niño, desnudas las azucenas y las rosas, cuando aprovechabas cualquier despiste del respetable para cazar el ¡Hola! de Marta Chávarri sin bragas y tu mayor preocupación era un cromo de Zubizarreta cien veces repetido. Creciendo, y dejando atrás la madurez de la infancia, esos veranos comienzan a verse con sesgo, e incluso a tener sesgo, que es la antesala del exterminio y la destrucción. A los veinte, el verano soñado es el del suspenso y la calle vacía, con la familia en la playa. La vecina de abajo estudiando medicina y cantando Antonio Orozco más rápido de lo normal mientras yo imaginaba para mí escenas de guión indescriptible – o peor, perfectamente descriptible- en las que el truco de la sal nos llevaba directos a una espiral de depravación.
Mi verano de este año no ha estado mal, pues en gran medida lo he pasado trabajando y luego una semana en familia, en una especie de arresto voluntario. Una semana de descanso a mí me lleva a perder años de vida, mujeres y hasta teléfonos móviles, así que qué mejor que estar tranquilo y dejar las ostras y la ginebra para las generaciones venideras, que yo siempre gusté de ser eterna promesa. Llegué a Madrid el domingo con más calcetines que en los días de mi vida, pues mi suegra allá donde ve un par me lo compra en una suerte de extraña superstición de tintes democristianos, y con los deberes hechos. Soy un afortunado y no sólo por el fondo de armario que tengo para mis pies, sino porque me ha pillado superada la adolescencia la locura del WhatsApp, que encima ahora te permite intercambiar mensajes cortos de voz. Para mí ésa ha sido la noticia del verano, ríase usted del dame pan y llámame Chelsea.
Mientras me grabo imitando los mejores momentos de Don Draper, que envío a todos mis contactos incluidos los profesionales y en el IE piensan si echarme ya o esperar a que dé las clases que tengo comprometidas, me imagino qué habría sido de mí en los años del melafo mirando fotos pequeñas de chicas con piernas bonitas y nombre de verano, recitándoles por el móvil el Mi amor por ti es mucho más que amor de Roque Dalton, oyendo a mi madre de fondo llamándome a cenar y yo sin hambre y una vez más atormentado por otro mensaje sin respuesta enviado a media tarde y ese remate dramático, cruel: últ. vez hoy a las 21:04.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy fan de Don Antonio -primo Toñín en familia, apuesto a que el personaje daría para una Cara B monográfica sobre su persona.

Más asesino aún que la hora y minuto de la última conexión al Whatsapp es darse de bruces con el mensaje "online". Uno puede quedarse suspendido en la ilusión de estar comunicándose a oscuras y en silencio.

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