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domingo, 18 de agosto de 2013

Descubrimientos producto de la casualidad, por Santiago Ramón y Cajal

En la Ciencia, como en la lotería, la suerte favorece comúnmente al que juega más, es decir, al que, a la manera de protagonista del cuento, remueve continuamente la tierra del jardín. Si Pasteur descubrió por azar las vacunas bacterianas, también colaboró su genio, que vislumbró todo el partido que podía sacarse de un hecho casual, a saber: el rebajamiento de la virulencia de un cultivo bacteriano abandonado al aire y verosímilmente atenuado por la acción del oxígeno.
La historia de la Ciencia está llena de hallazgos parecidos: Scheele tropezó con el cloro, trabajando en aislar el manganeso, Cl. Bernard, imaginando experimentos encaminados a sorprender el órgano destructor del azúcar, halló la función glucogénica del hígado, etc. En fin, ejemplos recientes de casi milagrosa fortuna son los estupendos descubrimientos de Roentgen, Becquerel y los Curie.
Pura casualidad fue, según es notorio, el descubrimiento de los rayos X, hecho por el profesor Roentgen. Repetía este sabio en su laboratorio de Würzburgo los experimentos de Lenard sobre las singulares propiedades de los rayos catódicos. Según costumbre, estas radiaciones eran proyectadas sobre la pantalla fluorescente de platino-cianuro de bario. Y al objeto de averiguar la duración del fenómeno fluorescente, ocurriósele un día oscurecer el laboratorio cubriendo con caja de cartón la ampolla de Crookes, aparato generador, según es notorio, de los citados rayos catódicos. Puesta en acción la bobina, miró la pantalla y vio con extraordinario asombro que ésta se iluminaba intensamente. Interpuso después un trozo de madera, un libro y siguió observando que las radiaciones —los rayos nuevos— atravesaban fácilmente estos cuerpos opacos. En fin, en momentos de febril impaciencia, intercaló casualmente la mano entre la ampolla de Crookes, y la pantalla receptora cuando, sobrecogido de intensa emoción, acaso con espanto, contempló un espectáculo macabro: sobre la superficie del cuerpo fluorescente dibujábanse fielmente en negro los huesos de la mano, como si no existieran los tejidos envolventes. Los maravillosos rayos X quedaban descubiertos y con ellos la radioscopia. Pronto siguieron la radiofotografía y las admirables aplicaciones quirúrgicas e industriales de todos conocidos.
El segundo caso, muy elocuente también fue, el descubrimiento fortuito de la radiactividad de la materia, debido al insigne físico francés Henri Becquerel.
Ya el malogrado H. Poincaré habíase preguntado si al fin no resultaría que la producción de rayos X es propiedad de los cuerpos fluorescentes. Deseando confirmar esta conjetura y bien preparado, además, para tal linaje de indagaciones, M. Becquerel proyectó ensayar en sulfato de uranio, cuerpo típicamente fluorescente. Pero corrían los nebulosos días de febrero, y el sol no se dignaba aparecer. En espera de que el astro rey disipara las densas brumas de París, había el referido físico preparado con mucha antelación el experimento, colocando sobre la placa sensible, cubierta de papel negro, varios cristales de sulfato de uranio e interponiendo, además, una cruz de cobre. La impaciencia le devoraba. Aguijado por ella, ocúrresele cierto día extraer la placa de su envoltura protectriz y revelarla a la aventura. Grande fue su asombro al advertir, contra todas sus presunciones (la sal de uranio había permanecido en la oscuridad), intensa impresión en la placa, donde se mostraban dibujados en negro los cristales de sal uránica y en claro la referida cruz metálica. Había, sin querer, descubierto la radiactividad de la materia, una de las más prodigiosas conquistas de la ciencia moderna.
Mas lo chocante y estupendo del caso fue que M. Becquerel realizó tamaño descubrimiento (que le valió el premio Nobel) guiado por falsa hipótesis (relación etiológica entre la emisión de rayos X y la fluorescencia). Precisamente, de todos los cuerpos fluorescentes conocidos, sólo el uranio posee poder radiactivo. Como se ve, el efecto fue teatral: se diría preparado por un genio irónico empeñado en impulsar la Ciencia a pesar de las más erróneas concepciones.





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