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viernes, 6 de septiembre de 2013

Cara b: Pedro Letai “Con la extraña delicia de acordarse”

Ochenta años de La voz a ti debida, de Pedro Salinas


199650_10152083465300085_933905057_n (1)  El Madrid del niño Pedro Salinas estaba empezando a ser una ciudad moderna, en la que los tranvías tirados por mulas daban paso a los eléctricos, y a la que el padre del poeta había venido desde Huesca para montar una mercería en la calle de Esparteros. La familia Salinas vivió en la calle de Toledo hasta que, al morir el padre, en 1899, su madre liquidó el negocio familiar y trasladó a la familia al número 6 de la calle de Don Pedro, donde compró un edificio de cinco plantas. La calle de Don Pedro había sido parte del Madrid árabe, finalizando en la llamada Puerta de Moros, y en su esquina estuvieron enterrados originalmente los restos de San Isidro.
De esa ciudad que empezaba a ser ésta, Salinas y sus compañeros de la Generación del 27, aquellos muchachos llamados Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Luis Cernuda o Rafael Alberti, hicieron uno de los ejes de la cultura del siglo XX. Era el Madrid al que llegaría un Salinas, ya hecho tras estudiar Derecho e Historia en la Universidad Central y trabajar unos años como profesor de la Universidad de Sevilla: el Madrid de la Residencia de Estudiantes, la Institución Libre de Enseñanza y la República. El Madrid de la envidia, antes del millón de cadáveres. Salinas se ahorraría la Guerra Civil marchándose a Estados Unidos en 1935.
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El autor de La voz a ti debida y de novelas tan extraordinarias como la visionaria La bomba increíble fue sobre todo un amante de los sueños. Los persiguió en su juventud viajando y conociendo de aquí para allá, de la Universidad de Madrid a la Sorbona, de las tertulias en el Ateneo a las aulas de Cambridge; de Sevilla a Santander y hasta Vermont. Después, el exilio le recortó los mapas, pero su poesía continuó el viaje más allá de sus pasos, y esos sueños suyos se hicieron versos y estremecieron el corazón de los lectores hasta convertirle en clásico.
La voz a ti debida es un largo poema dividido en setenta fragmentos que tienen en común, como hilo conductor, esa voz traída de Garcilaso que ya sólo habla de amor. El amor como principio de todas las cosas, desde el descubrimiento de la mujer amada hasta el intento del enamorado por desvelar su esencia, contra la que el poeta choca sin brusquedad pero con daños. Un amor evocado, a través de la poesía, en imágenes cargadas de una sutil sensualidad, un amor expresado como profecía, realidad y pasado, con versos que saltan directamente desde la correspondencia de Salinas con una hispanista norteamericana. El amor es absolutamente existencial y real: la amada existe y se siente a lo largo de toda la obra. La intensidad de Salinas en cada verso es la de una mujer ante el espejo, pintándose los labios.
Katherine Whitmore, delgada y blanca, estudiante que tornó en profesora y con la que Salinas recorrió Massachussets probando licores de veinte dólares y codeándose con personajes de novela que se casaban al día siguiente en hoteles de lujo y partían una semana después hacia Europa. Salinas y Whitmore se intercambiaban el número de las habitaciones y siempre escapaban a la hora exacta. Fueron años, décadas atormentadas de respiración entrecortada y chantajes atroces. Hablaban de Venecia, y de París.
Salinas se encumbra con esta obra como el más humano de los poetas de su generación, sin impedir ello una grandeza que le lleva a expresarse desde lo más profundo en versos breves y concentrados, algunos de los cuales son ya eternos y hasta marcas ajenas en melenas plateadas.
Y su afanoso sueño / de sombras, otra vez, será el retorno / a esta corporeidad mortal y rosa /  donde el amor inventa su infinito.
En Salinas, como en el amor verdadero, están el goce y, en cada lectura, la novedad de nuestras vidas y de lo que fue y no fue tanto.
Con la extraña delicia de acordarse /  de haber tocado lo que no toqué  /  sino con esas manos que no alcanzo / a coger con las mías, tan distantes.

Con La voz a ti debida, hace ya ochenta años, Pedro Salinas incendió nuestra poesía de amor. Nadie ha podido desde entonces con el fuego.

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