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martes, 17 de septiembre de 2013

Cara b: Pedro Letai “Dos hombres para cuatro vidas”

 

Eduardo García de Enterría y Jorge Luis Borges, más allá de sí mismos


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El tiempo pasa deprisa para los muertos. Sobre todo si no los has olvidado, porque lo que está presente está cerca, está dentro, está un poco menos en el más allá. Por ejemplo, el poeta Luis Rosales murió hace más de veinte años, y el poeta José Hierro hace más de diez, pero ninguno por completo, porque sus obras siguen aquí. Lo que dicen los números lo desmienten las palabras que ellos mismos escribieron. A partir de ayer lo mismo ocurrirá con Don Eduardo García de Enterría.
Enterría ha sido dos hombres en uno. A veces un solo artista y a veces dos distintos. La mitad de la persona que conocemos por ese nombre fue el eminente jurista, primer espada en la doctrina del Derecho Público en España, Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1984. Pero en la otra mitad se esconde el Académico de la Real Academia Española amante de Shakespeare, de la poesía de Luis Rosales y, especialmente, de la de Borges. ‘De montañas y hombres’, ‘Hamlet en Nueva York’, ‘La poesía de Borges y otros ensayos’ y, sobre todo, el maravilloso ‘Fervor de Borges’ son algunos de los títulos de una bibliografía que no desentona frente a los tratados y la legislación tan rigurosamente comentada.

Fue a Jorge Luis Borges a quien el otro Enterría dedicó sus máximos esfuerzos tanto en el plano del ensayo como en el altruista, fundando organizaciones aún en pie y tan valiosas como la Sociedad Mundial de Amigos de Jorge Luis Borges, de la que además fue su primer vicepresidente. Mientras alumbraba, en las aulas y las leyes, el camino que debía seguir el desarrollo del Derecho Administrativo en nuestro país, Don Eduardo vivió su otra media vida atrapado entre endecasílabos.
Hay quien prefiere definir a Borges por lo que no fue, resumirlo diciendo que no escribió una novela y que no le dieron el Premio Nobel, pero otros como Enterría prefirieron señalar lo que fue por encima de todo: un cuentista notable y un poeta excepcional. En ‘Fervor de Borges’ se recuerdan la perfección de sus mejores versos y su dominio de la rima, una habilidad que no consiste en imitar a los clásicos sino en vulnerar las leyes del tiempo y el idioma hasta ser capaz de volver moderno un soneto, por ejemplo. Borges lo hizo como muy pocos poetas del siglo XX.
Su mundo, a base de ser tan personal, se hizo pequeño y reconocible; por eso un texto de Borges, sea del género que sea, resulta fácil de identificar, por la doble fortaleza de su estilo y de sus obsesiones. Todo ello favorece a su poesía, que es donde su oficio de constructor de miniaturas se expresa con más naturalidad. Libros como ‘El otro, el mismo’ o como los dos últimos que publicó, ‘Los conjurados’ y ‘La cifra’, reducen su enorme cultura a un espacio tan escueto que demuestran el modo en que lograba el mayor triunfo que puede conseguir un poeta, que es el de vulnerar las leyes del tamaño para guardar lo inabarcable en lo diminuto: una selva cabe en un octosílabo y toda una vida en catorce endecasílabos: "Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar. La vida es corta / y aunque las horas son tan largas, una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna / y del amor. La dicha que me diste / y me quitaste debe ser borrada; / lo que era todo tiene que ser nada. / Sólo me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina". No se puede decir más con menos, y ésa es la definición de la poesía más exigente. Eduardo García de Enterría fue un escritor que además se convirtió en uno de los mejores Catedráticos de Derecho. En realidad, Borges fue un poeta que también escribía prosa, y ahí es donde ambos se encuentran, en medio de un laberinto de cuatro vidas que para ellos no fue sino un atajo hacia sí mismos.
Junto a su brillantísima obra académica lo más bonito que Don Eduardo deja de esta parte del mundo es una nuera con nombre de Manzi, en penúltimo homenaje porteño, y dieciséis nietos que vuelan a la vez hacia el norte y el sur, como los ángeles del maestro. A Borges el paraíso y el infierno le parecían desproporcionados, porque en su opinión los actos de los hombres no merecen tanto. Pero a Don Eduardo lo que desde luego le quedará y acompañará por siempre es su conocimiento, y a nosotros la oportunidad de leerlo y adentrarnos en él. Eso es lo más importante, y además es lo contrario del olvido.




2 comentarios:

Ignacio dijo...

Felicidades por esta entrada.

PL dijo...

Muchas gracias, Ignacio. Un abrazo.

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