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martes, 10 de septiembre de 2013

Cara B: Pedro Letai.- “A la sombra de un apellido alargado”

Mil días con Rodrigo Bercovitz

199650_10152083465300085_933905057_nAl juego de la vida se gana con palabras valientes, no hay otra. El poeta asturiano Ángel González se lo jugaba todo a doble o nada: Si sale nunca, la esperanza es muerte. / Si sale amor, la primavera avanza. Rodrigo Bercovitz tiene en sus dados otras palabras quizá menos absolutas, pero tan ejemplares como humildad, caballero, ejemplo, maestro o, sencillamente, vida.
La palabra vida, en su sentido más literal y menos filosófico, delimita como ninguna otra al Rodrigo que yo he conocido, quien ahora se jubila de su puesto de Catedrático de Derecho Civil en la Universidad Autónoma de Madrid, después de casi cincuenta años de docencia. Un hombre tímido, pero apasionado y entusiasta, amante de las cosas más sencillas, que son las más difíciles de disfrutar. Recuerdo que al poco de conocernos me contó cómo de vez en cuando pasaba de largo al enfilar su despacho con el coche, y cómo terminaba en el Parque del Retiro, una soleada mañana cualquiera, paseando y disfrutando de una vacación sobrevenida. Cuando me doctoré quise contar aquella historia, pero él nunca me dejó.
la foto-1Fue una mañana de septiembre, como casi todas las cosas, cuando le conocí en persona. Entré en su despacho de la calle de Santa Engracia algo nervioso, y sobre todo expectante por ver cómo sería aquel hombre pequeño, tan grande, al que yo había leído en sus manuales y comentarios a la Ley de Propiedad Intelectual tantas veces. Me recibió y me dejó hablar demasiado, oportunidad que aproveché para soltarle un rollo tremendo sobre un proyecto investigador, hasta que de golpe me interrumpió.
- No me llames de usted. Somos dos colegas de profesión, y además voy a ser tu director de tesis.

Ese mismo día me dio el mejor consejo ante unos meses de tanto trabajo, haciéndolo todo, como siempre, sencillo: ‘no te preocupes, esto es sólo escribir un libro’. Hay libros que pasan a formar parte de tu vida y libros que son tu vida, y sólo una tesis doctoral puede formar parte de ambos grupos. Aquel tiempo fueron tres años de encuentros, correspondencia, comentarios y acertados consejos que me colocaron a la sombra de un jurista colosal y un símbolo de la Universidad española. Una universidad andante él, generoso con los jóvenes y con los suyos, que todos los lunes nos invitaba a café y nos contaba historias tan divertidas como aquélla en la que trampeaba las notas del colegio, poniendo un sencillo 1 delante del abismal 0 y pasando así de un suspenso sin paliativos a ser el primero de la clase. Hasta que le pillaban siempre, claro.
Bercovitz, con ese apellido de larga tradición jurídica en España, que nadie sabe aún si es esdrújulo, llano o agudo, no sólo es el padre del derecho de propiedad intelectual tal y como lo conocemos en nuestro país. También es autor de obras en materia contractual, concursal, de derecho de sucesiones, de legislación hipotecaria o comentarios a los códigos civil y penal. Todo jurista que se precie lo tiene en su biblioteca, y hace bien, pues los libros no perdonan jamás a quienes no los han leído. Pese a ello, siempre que le visité en su despacho de la Autónoma le encontré repasando la siguiente clase con sus propios manuales, como un joven cadete. En esa humildad y en ese no bajar la guardia hay un tremendo ejemplo para todos los que alguna vez soñamos con dedicarnos a esto.
Su legado académico queda ahora en buenas manos, con profesores tan fantásticos como María Díaz de Entresotos, Sebastián López de la Maza o la jovencísima Gemma Minero, y fuera de la Autónoma con tipos tan extraordinarios como Rafael Sánchez Aristi, la mejor doctrina que nos queda en materia de propiedad intelectual. Aún así, espero que Rodrigo pueda, desde los huecos que le deje su actividad en el despacho, seguir escribiendo como hasta ahora.
Desde que terminamos la tesis nos encontramos en algunos actos y vamos a comer una vez al año. Yo le llamo y le digo que quiero invitarle. Él me cita en un sitio coqueto donde todo el mundo le conoce y adora y, llegada la cuenta, me dice ‘ésta la pago yo, que tú eres muy joven. Tú pagas la siguiente, y así tendremos que vernos’. Y me voy hacia casa pensando en lo del apellido y en que, otra vez, se me olvidó preguntar.
De todos aquellos meses sólo lamento que ni mi trabajo ni yo supimos nunca estar a la altura de Bercovitz: no se puede ser Fred Astaire con unos zapatos dos números más pequeños. Él nunca me consideró su discípulo y aún recuerdo cómo me hizo eliminar la palabra maestro de mi texto el día de la defensa. Creo que es una consideración acertada y, otra vez, un rasgo de su enorme humildad y, aún más, una huida de posturas cursis y excesivas, de las que la Universidad está llena y de las que él siempre ha estado lejos, como lo ha estado de la solemnidad, de la que podría haber hecho gala tanto como hubiera querido. Pero eso queda, claro, para los que no la tienen.
Sólo él sabe por qué aceptó en su momento dirigirme la tesis. Yo sólo sé que le estaré agradecido toda la vida. Lo que también tengo claro es que yo ya le consideraba uno de mis referentes antes de entrar en su despacho aquella mañana de septiembre. Tanto es así que aún guardo con cariño sobre mi mesa un artículo aparecido en 2009 en la Revista Doctrinal Aranzadi Civil-Mercantil: Bob Dylan, por Rodrigo Bercovitz. En él, de algún modo y como si se tratase de un mapa violentamente arrugado, se dan la mano algunos de mis puntos cardinales; algunas de las personas a las que yo más admiro. Qué más se puede decir.







3 comentarios:

Anónimo dijo...

Enorme post. Sigue así Pedro!

Anónimo dijo...

Eres un privilegiado por tener un director de tesis como él. Me gusta lo que cuentas y me hace recordar a mi propio director que, al revisar mi primer articulo, me hizo quitar la palabra brillante del comentario sobre un maestro de mi disciplina. Acepté la corrección, por supuesto, pero solo más tarde entendí que obviamente era una osadía por mi parte calificar la obra de un jurista de aquella talla, desde mi juventud e inexperiencia. Nunca se olvidan algunoa consejos.
Enhorabuena por la cara b.

PL dijo...

Muchas gracias y un abrazo. Fue una suerte, sí, y como tal lo quise vivir.

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