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jueves, 24 de octubre de 2013

Cara b: Pedro Letai “Canción triste de Massachusetts Avenue”

199650_10152083465300085_933905057_n (1)Boston es verde como una lágrima de cocodrilo y verde como Moscú es roja, de un modo subliminal. Es éste un lugar donde el otoño no necesita ningún dónde ni ningún para qué; octubre entero es una cena para dos. Cuando uno está en Boston, Boston está por todas partes, y también otros tiempos, en los que de verdad se soñaba con ser una nueva Inglaterra, una Europa joven, vigorosa pero culta, al otro lado del charco. Recorro sus calles despacio y a cada poco se me aparece el nombre, cuando no la propia figura,  de John Fitzgerald Kennedy, el presidente de todos, como le bautizaron los padres absolutistas de los que luego se dijeron novios de Julia Roberts, la sonrisa de América.
Qué nación tan necesitada de patria, de seguirse los unos a los otros como siguen los delfines la deriva de un barco; sin saber por qué. Kennedy trajo la felicidad última a este país, que aquejado de mil enfermedades distintas ya no es feliz ni con Obama, y dicen las canciones que después de la lluvia viene el sol y luego la lluvia, pero cuando uno está aquí, y lee los periódicos, y habla con la gente, da la impresión de que, sencillamente, para muchos después de la lluvia siguió la lluvia.

Hay días en la vida tan tristes que no merece la pena correr, ni esperar, ni vigilar. Días tan tristes que no merecen ni un esfuerzo, ni el más pequeño movimiento. Los días así hay que dejarlos correr, como los trenes nocturnos. Aquí en Boston la filarmónica local interrumpió un concierto para informar al público de que el presidente había sido asesinado, y de que esa noche terminarían con la marcha fúnebre. Era el 22 de noviembre de 1963. Así de abrupto. Tres disparos, puede que más. Un muerto y millones de huérfanos.
Las horas que siguieron a los disparos en Dallas  fueron de auténtica locura. Se detuvo en un céntrico cine a Lee Harvey Oswald, que inmediatamente se convirtió en el culpable del crimen a los ojos de quienes no querían mirar, a menudo tan cómplices. El tal Oswald había tenido tratos con cubanos y comunistas, más que nada para repartir octavillas en las esquinas, pero eso ya le hacía un sospechoso con jugo en una auténtica tormenta de la imaginación. El tiempo se había detenido, los minutos volvían a parecer eternos después de haber caído como gotas de lluvia al principio de la década. Todo iba bien, todo era esperanza e ilusión y nadie podía hacer nada por detener aquello. Alguien debió de pensar, quizá, que la única forma de pararlo era matar al presidente.
Lee Harvey Oswald murió sólo dos días después, cuando era conducido a la cárcel del condado. La figura de Jack Ruby, un mafioso de poca monta vestido de mafioso de poca monta, con sombrero y calcetines claros, emanó entre la multitud en un pasillo y quitó de en medio a Oswald de un sólo disparo. Éste fue trasladado al mismo hospital donde cuarenta y ocho horas antes Kennedy había sido atendido, aún con el gorrito rosa de Jackie junto a su cuerpo ensangrentado. A JFK no le alcanzó el milagro cristiano. Tampoco a Oswald la utopía comunista. El disparo de Ruby había sido mortal.
Jack Ruby murió de cáncer en la cárcel apenas cuatro años después, y desde entonces la muerte de Kennedy queda en la historia como uno de los crímenes más impactantes y menos aclarados de cuantos conocemos. La década de los sesenta inició entonces un tímido pero prometedor declive, que acabaría en una devastadora guerra de ésas que fundan a su alrededor una generación perdida. Vietnam y todos aquellos jóvenes que gritaban a Nixon como a ellos les gritaban en sus casas. Ya se habían ido Marylin y Kennedy, una pareja tan excesiva y divina que anunciaba tragedia. Se fueron yendo después, a los ya malditos veintisiete, Hendrix, Joplin y Morrison; las drogas devastaron gran parte de aquellos años. Desde entonces, para muchos, todo se fue volviendo cada vez más normal, es decir, peor. Fue un sueño que se desvaneció. Se fueron las ilusiones y la esperanza. Se quedaron las pesadillas.
Es difícil estar triste en Boston, pero en homenaje a todos aquellos días ahora yo dejo que pasen las horas sentado en la misma cama, mirando la televisión sin mover un dedo, sólo por la curiosidad de saber qué hace el tiempo con uno cuando uno no hace nada con el tiempo. Anochece y llueve y se hace tarde y da la impresión de que ahí afuera toda la tristeza del mundo no cambia nada. Por más que esta bella ciudad pueda recordar con absoluta facilidad muchas de las noches de los días y muchos de los días de las noches antiguas, no consigue guardar las noches de los días ni los días de las noches recientes. Es duro cargar con los años que uno recuerda, porque es el recuerdo, no el olvido, el verdadero invento del demonio.

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