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miércoles, 2 de octubre de 2013

Cara b: Pedro Letai “La paciencia de Bob Dylan”

Para Bea, como siempre, pero más que nunca
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Vivimos devorando kilómetros, pero anhelando milímetros. Los milímetros que nos faltan para llegar puntuales al vagón de la mañana, los que nos sobran en los vasos y encuentran al día siguiente el desconsuelo, los que nunca alcanzamos para borrar ciertos recuerdos, los que nos separan de un beso prohibido en un ascensor o en una barra, dependiendo de si nuestra vida la medimos en vertical o en horizontal; los milímetros, en fin, que retiran a deportistas de élite que ya no llegan a donde antes llegaban, los que matan a los toreros, los que nos detienen antes de pulsar en el teléfono el nombre de esa persona que nos negamos a olvidar. Los milímetros que cierran los círculos. Los círculos que se dan la vuelta y se van. Las heridas. Los milímetros que miden las heridas. La sangre que sale de las heridas, el Blood on the tracks de 1975.
El lunes de esos milímetros es la impaciencia, que rueda por nuestra existencia como un balón sobre un césped señalado para siempre. Ya nos dijo Borges que la vida no es más que un laberinto que se debe recorrer con un hilo, y para eso se necesita mucha paciencia. Cuántas batallas se han ganado mirándolo todo con la copa desde un rincón. Eso bien lo sabe Bob Dylan, que decidió el pasado año escribirle una canción a su añorado amigo John Lennon. No se la escribió al conocerle, en el éxtasis de The Beatles, ni siquiera cuando fue asesinado. Ahora, a sus setenta y dos años y cuando las baldosas del Dakota ya están secas, el de Minnesota sintió que algo tenía que decirle a su viejo colega inglés. ‘Reduce la velocidad, te estás moviendo demasiado rápido’, le aconseja el bardo en la canción. ‘Haz brillar tu luz / sigue adelante / ardiste con tanto brillo, / vamos, John’, dice el estribillo de Roll on John. Bob Dylan, doscientos conciertos al año y la mirada siempre puesta en la línea de la carretera. Cuesta mucho reír y basta un tren para llorar, nos cantó una vez.
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Lo cierto es que resulta complicado hablar de Dylan, porque la razón se desboca y uno se vuelve cursi y tembloroso. Ya lo dijo Lorca, todas las cartas de amor son necesariamente estúpidas y, aún así, bien lo saben los fascistas, no hay nada más difícil que tumbar a un buen poeta. A mí todos los milímetros me han ido llevando hacia Bob Dylan, por unas cosas u otras, mientras él sigue dándonos la espalda, que es la mejor de sus caras. Irá a tocar allí donde estén ustedes, por recóndito que sea el lugar, con su cabaña de Woody Guthrie en la cabeza y el sombrero blanco de Hank Williams en el alma y esa sonrisa de tahúr y ese aire de trilero que se ha ganado a pulso con los años. No lo comparen con el Dylan de antes. No hay nostalgia que valga lo que vale el último resplandor del último fuego.
Es un milagro civil que dos siglos hayan compartido, como dos esposas, a un mismo Dylan, y es un milagro aún mayor que yo pueda ser testigo. Y no sólo yo. Cada noche, de un tiempo a esta parte, mi chica y yo nos metemos en la cama y yo pongo la mano sobre su estómago, coronando milímetros, antes quince, ahora ya veintisiete. Si todo sigue su curso en unos meses eso será nuestro hijo y mi mano alcanzará la suya. Esos milímetros se convertirán en nuestras mejores alegrías, nuestras mayores preocupaciones, acaso una tragedia. Dostoievski, Scott Fitzgerald, otra vez Dylan. Releo y vuelvo a escuchar todo lo que alguna vez quise ser, para que algún día lo quiera ser él también. Verá a Dylan, me digo. Al menos en un artículo para los dos. Me vienen a la cabeza tantas canciones que escuchar juntos. Buckets of rain. Después se hace tarde y cerramos los ojos, los tres, deseándonos en silencio las ganas de vernos. La noche es un silencio creciente; un ruido total.






2 comentarios:

Miguel Hernandez dijo...

Excelente tu comentario sobre Dylan y lo relacionado a tu vida, igual lo sigo desde hace muchos años. saludos.

PL dijo...

Muchas gracias y bonito nombre. Un abrazo.

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