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jueves, 10 de octubre de 2013

Cara b: Pedro Letai: “La última pantalla”

199650_10152083465300085_933905057_n (1)Nunca antes han existido tantos y tan insondables abismos entre lo que el mundo parece ser, un juego, y lo que la ciencia nos dice que es, una putada. Esos cuatro segundos que esperan en silencio los niños antes de empezar a llorar tras pegarse un golpetazo, como si trataran de recordar lo ensayado en casa, resumen el tiempo en el que no hubo dolor. La sensación de la infancia, esa inconsistente tranquilidad, el temor a estar desarmado. La madurez y el temor de estar desarmado para siempre. Vivir es suficiente era el lema en los días apresurados de la juventud, pero ahora, de pronto, por culpa de la edad, qué otra cosa si no, sentimos a menudo la necesidad de poner el pasado en orden.
Las mujeres que no darían nada porque sonara el teléfono otra vez. Lo único que me quedó tras el primer matrimonio: un disco doble de Los Secretos. La engañosa armonía de la derrota, el encanto y el olor de esas flores que se marchitan hermosas en la imaginación, pero que se pudren siniestras en las manos. Muerte y resurrección. Una segunda vida para escribirla cada día quince, y nunca entre medias, invitándola a cenar. De abril a septiembre. Se lo contaba a Rocío cuando estudiábamos: cada día quince, recuérdamelo si ves que se me olvida. Y se reía. Al final me casé con aquella chica a la que escribía cada mes.
Escribir una novela es como construir un gallinero en medio de un huracán. Faulkner. Las palmeras salvajes. Los párrafos largos que hundieron a Hemingway. Su pDownloadedFileárrafo corto, sus disparos. La primera vez. Una tragedia de segunda mano. Y así será para siempre, los nuevos sueños sobre las viejas pesadillas y, sobre los nuevos sueños, pesadillas aún más nuevas. ¿Y qué pensaste al leer 1984? ¿Y al leer a Bukowski en B.U.P.? Era alcohólico y había sido pobre, pero su escritura siempre fue precisa e inmaculada. Bellos atajos ante los ecos de un mundo que se hace enorme, lleno de tantas ausencias.
Una vez vi a una chica que debía de ser como el truco final; la última pantalla de la vida que me había tocado vivir. Creo que se llamaba Lorena. Tenía veinticuatro años y los ojos azules. No era una musa ni una maga, ni una bruja ni un recuerdo, ni nada de esas cosas con las que la literatura suprime a menudo a las mujeres. Hablaba un inglés perfecto.
Los Beatles incendiaron el mundo hace ahora cincuenta años, pero cuando fueron a conocer a Elvis Presley a Memphis sólo se impresionaron porque éste cambiaba los canales del televisor desde el sofá. Aquellos chicos que cambiaron tantas vidas jamás habían visto un mando a distancia. A veces las cosas no tienen lógica alguna. Elvis. Always on my mind. Escúchenla, pero cantada por Willie Nelson. Es una de esas canciones.
Se puede llorar y besar en cada rincón de Madrid sin que nadie se sonroje y al final, sobre el suelo que pisamos, no quedan más que los besos que dimos y las lágrimas que los cubrieron. Y tal vez la esperanza de besar aquí mismo, de nuevo. No sé si la primera pantalla era la de aquel llanto diferido, ni si la última era efectivamente la de la chica del inglés perfecto. En cualquier caso, el viaje hacia la ruina merece la pena. Es mucho mejor si no sabes lo que has perdido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Te casaste de verdad?

PL dijo...

Con la que me regaló el disco de Los Secretos, sí. Con la de los días 15, también. Pero el truco de la invitación mensual no es mío, que conste.

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