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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cara b: Pedro Letai “Cuando estaba a oscuras insistías en entrar”

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La casa de Kafka en Praga es en realidad un cuartito, y es asombroso que un escritor tan grande pudiese caber dentro de una habitación tan pequeña. Por otro lado, uno no se imagina a Kafka con fular y a la puerta de una villa frente al lago Como, acariciando perros afganos. Los escritores no tienen más importancia que su escritura y, al parecer, sus huesos. La muerte despliega, tarde, un extraño entusiasmo por unos seres invisibles que no reclaman nada de sus patrias y cuyas patrias, a cambio y con educación exquisita, ignoran. Los escritores pueden suicidarse, internarse en un manicomio o morir de viejos viendo un Osasuna-Betis, pero en general viven sin hacer ruido y solo son obligados a regresar a la casa de lo común cuando ya no pueden defenderse. Entonces aparecen las columnas enlatadas, las placas en las fachadas de los inmuebles que habitaron y las banderas sobre sus féretros. Se les obliga a aceptar, por fin con todos los gastos pagados, un billete de vuelta desde cualquiera de sus múltiples exilios.
GAUTIER Y LETAI
La literatura no pide permiso para ser, ni para dejar de ser, pero en algún lugar una primera cita se fuma un cigarro en un portal y la chica sueña después con alargar el humo en un poema con la ciudad en coma. Eso es literatura. Mañana Dylan toca en París y después en algún otro lugar, de espaldas a las musas, esas patrias que no son la casa de ningún escritor vivo o muerto. La patria es un verso. Las palabras se juntan para salvar su propia vida, y así la literatura se convierte en su propio asunto y para serlo deserta voluntariamente de todo lo demás, incluida la madre que nos parió. Las últimas novelas de Beckett pasan por encima de los nombres evitándolos como si fueran fantasmas. La literatura rusa, en cambio, le regala a cada personaje tres nombres, que es como borrarlos todos. Dicen que Thomas Pynchon se encontró con Thomas Pynchon en Central Park y ni lo saludó, y Salinger quemó su propia casa para librarse de ella y tal vez de todos sus libros. Cuando muere un escritor solo puede ser reclamado por un lector, aquél que, según Borges, es el hombre destinado a sus símbolos. Dublín recuerda a Joyce puntualmente, pero en realidad es Joyce quien se ha bebido a Dublín. Los escritores mueren mal porque viven mal, o no mueren porque no han vivido. Lo que se ha escrito le pertenece a un escritor y a su señora, es decir, su lector. La vecindad no tiene nada que reclamarle a quien no ha pedido nada. A quien no ha causado modificaciones apreciables en la fachada.
En las pequeñas habitaciones en las que se escribe –siempre hay que escribir en habitaciones pequeñas- no cabe más que uno. En las ventanas, casi nunca hay flores. Un escritor es una causa de a uno, sin más himno que su propio murmullo. Los escritores no son faraones, ni hay nada en sus tumbas. Ya han sido. Escribir es un oficio solitario y no necesariamente de locos, y quien escribe siempre habla solo. A veces alguien tiene la santa paciencia de leer lo que escribimos, y parece que por un segundo alguien nos escuche, pero para cuando llega ese momento el escritor ya está en otra, hablando solo una vez más.
Todo lo que ya hemos escrito es muy malo y, sin embargo, todo lo que escribiremos será magnífico; este engaño pueril nos permite seguir viviendo y escribiendo, dos cosas que, para quienes nos dedicamos a esto, son en realidad una. Mientras tanto, nos sentamos ante un ordenador que es una máquina averiada que escribe sola. Una máquina blanda que es también un insecto que habla y una botella de vino y un centenar de fármacos sin etiqueta. Algún día un tipo se sentará y escribirá de nuevo algo tan maravilloso como aquel ‘I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving / hysterical naked’. El billete más bonito que he visto en mi vida tenía la cara de Saint-Exupéry, pero no era más que dinero, creo recordar que veinte francos. El avión de Exupéry todavía vuela, y sus restos mortales aún no los ha encontrado nadie. Algún día acabará este verano que es nuestra vida y se apagarán los cigarros, los portales; las cosas volverán a la normalidad y echaremos de menos, precisamente, estos mismos días.





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