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martes, 5 de noviembre de 2013

Cara b. Pedro Letai “Sometiendo a otra vida su vida”

Cincuenta años de la muerte de Luis Cernuda

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La renuncia a ser observado por el mundo es una de las cosas más nobles, y el hombre invisible el mejor representante de esa deserción que es en sí misma una causa. Luis Cernuda quiso abrigarla y terminar Donde habita el olvido, como en su poema, pero la vida siempre es otra cosa y en la suya el pasado se le hizo impredecible mientras, víctima sobre el papel, sus poemas nos llenaron de luces lugares que hasta entonces habían existido apagados.

Al autor de La realidad y el deseo el Siglo XX le pintó una guerra feroz y le hizo salir de España rumbo al exilio, disimulando desventuras en Londres, en Glasgow y en Estados Unidos, hasta que su vida a ratos feliz dio a parar en Méjico. Fue un hombre decente, fiel a sus ideas y en algunos casos hasta dulce, como se puede leer en la biografía que en Tusquets le dedicó Antonio Rivero. Fue encantador por ejemplo en su relación con los nietos de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez; o un tipo colérico y atrabiliario, capaz de encerrarse en la cocina de la casa de Méndez con su plato y negarse a salir hasta que acabara de comer y se marcharse de allí Emilio Prados, el otro comensal al que la ex mujer de Altolaguirre había invitado, precisamente, para que se reconciliara con el autor de Desolación de la quimera. Luis Cernuda murió el 5 de noviembre de 1963 en esa misma casa de la calle de Tres Cruces, en el barrio de Coyoacán, y fue enterrado en una tumba del Panteón Jardín del Distrito Federal, muy cerca de la de Emilio Prados, desde la que se ven a lo lejos los volcanes cuya lava se enreda ya para los dos como en un reloj de Dalí. Como una mujer del sur que aparece y desaparece, ‘su oscuridad, su luz son bellezas iguales’.

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Allí se encuentra el que quizá fuera su último acto de dandismo: en la lápida dice ‘Luis Cernuda Bidou, Sevilla 1902-México 1963. Poeta’, con lo que su segundo apellido es una deformación amable del auténtico, Bidón, que sin duda no debía de agradarle. Cuando un ataque al corazón acabó con su vida, Cernuda estaba leyendo a Emilia Pardo Bazán y escribiendo sobre el teatro de los hermanos Quintero, y no se encontraba muy bien, sino angustiado porque sus últimos libros no terminaban de publicarse y porque el dinero que había ganado dando clases en Norteamérica nunca llegaba a México, y de hecho si alguna vez lo hizo ya fue demasiado tarde.

Cerca de autopistas hambrientas que hoy desembocan en Santa Mónica y en Las Vegas acabó la vida de quien escribió Las nubes y Como quien espera el alba. Cernuda coleccionó rincones y vacíos en Sevilla, Madrid, París, Londres, Glasgow, California y Méjico, pero ni los aviones ni las involuntarias travesías pudieron apagar jamás sus versos imparables. Luis Cernuda fue un poeta fundamental de la Generación del 27; Harold Bloom dice que el número uno. Probablemente estén él y Lorca, a ratos Alberti y después el viento. Al otro lado del océano Neruda y, junto al arrecife, quién sabe, en cada corazón un poeta y en cada memoria un poema. O así debería ser, y más en días tan grises. Aunque sólo sea una esperanza / porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Todo lo que es hermoso tiene su instante y pasa."

Enorme Cernuda. Gracias por traerlo a la Cara B, un placer leerte.

Andrés dijo...

Cualquiera de los poemas en prosa de "Ocnos" emociona, hace sentir los olores, el ruido, el calor, la lluvia de Sevilla.

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