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martes, 31 de diciembre de 2013

Cara b. Pedro Letai: El último día del año

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199650_10152083465300085_933905057_n (1)Fuimos a por una televisión y volvimos con una bicicleta llena de polvo y diez botellas de vino llenas de polvo. J me dijo ‘quizá tengas que sentarte menos, ir más hacia la bola. Te será más fácil cambiar el peso si no estás tan sentado.’ Yo había empezado a jugar al golf. Pensamos que la televisión cabría en el coche, pero con la bici de J hijo ya era suficiente. Aún así subimos a la casa a ver si todo estaba bien, la correspondencia. La gente muere pero te siguen llegando cartas que nunca leerás, y ofertas de restaurantes de comida rápida que nunca probarás. Me extrañó que los plomos no estuvieran quitados, y también que no los quitáramos al irnos. No dije nada. Cogimos todo el vino que pudimos, pero ninguna de las tres botellas de vodka que vimos.
- Muchas gracias, tío. –Me dijo J ya en el coche, de vuelta.
J padre casi nunca me llamaba ‘tío’. En el camino sobrevolamos el paisaje en silencio, imaginando el futuro desde una altura diferente pero similar a la de los caballos o la navidad, como en ese punto meticuloso y exquisito de las chicas bonitas que nunca serán puntuales ni se sentarán en primera fila. Fue el ‘tío’ más sincero que me habían dedicado. Me conmovió y al llegar a casa me afeité una barba frondosa, como el que se quita de encima la sensación de una tripa revuelta. Recordé a aquella chica que me llamaba ‘Pedrito’ y que siempre me decía ‘yo hay días en que llego de la Universidad, tiro todo lo que llevo encima de la cama y me voy a pasear con las manos en los bolsillos’. Me acordé de aquella chica pequeña que se quitaba peso de encima como me quitaba yo la barba, dejando atrás restos de algo desagradable e intenso. Yo estaba donde tenía que estar, ¡qué pobre disculpa!, pero no era capaz de recorrer esa casa sin hacerlo a través de los ojos de J padre.
Mientras J hijo vivió yo nunca estuve allí, pero ahora repasaba sus películas y sus libros en las estanterías como si los recordáramos juntos, y me sobrecogía al ver los zapatos, que imaginaba guardando aún sus olores y sus latidos. Se dirán todas esas tonterías del alma libre, pero ahí estábamos todos, esclavos de un lugar al que siempre volveremos para seguir sufriendo un poco más, como al pedir una penúltima canción en las noches en que todo parece ir cuesta abajo. La vida y la muerte son como uno de esos libros en cuya portada un tipo sostiene el mismo libro, y en la portada de ese libro están otra vez el tipo y el libro; o como un gato que da vueltas dentro de una lavadora que es en realidad otro gato. No se puede encajar, por mucho que uno aproveche y escriba versos que luego J colocaba junto a su cama, al lado de 1280 almas. En realidad escribí esos versos solo porque no pude escribir aviones. Es imposible escapar de lo que no tiene nombre.
C sigue haciendo pasta para seis, aunque ahora ya solo seamos cinco. 'Va a sobrar, mamá'. 'Que sobre', dice ella. Y nunca sobra. Eso es lo malo; que, a pesar de todo, el recuerdo es un traje de vidrio que hace que nunca sobre nada. Al volver a casa mi futuro hijo da vueltas en la tripa de B como un gimnasta enfurecido, probablemente preguntándose qué demonios hace su padre llegando a las cuatro de la mañana y, lo peor de todo, completamente sobrio. Pronto se sentará a esa mesa como un perro atado y, otra vez, no sobrará nada.
Sueño con una chica que duerme con una camiseta de Dylan puesta. Yo también. Dylan & The Dead. Dylan y la muerte, nada menos. Una gira a finales de los años ochenta para un disco mediocre y corto. Paso los últimos días del año en una anarquía ebria, como un Coleridge que, de artista solo tiene ya el amor al vicio y, de burgués, únicamente el amor por escribir. Abrazo el breve espectro de libertad que el matrimonio y mi hígado me dejan para deslizarme entre langostinos y bellas mujeres andaluzas con gorros de Papá Noel hacia esa sensación ficticia de que lo que vendrá será siempre mejor. Nos imaginamos el porvenir como un reflejo del presente proyectado en un espacio vacío, cuando es el resultado, a menudo muy próximo, de causas que, en su mayor parte, se nos escapan.
Termina diciembre y hace frío en los edificios rojos. Hace frío en los edificios rojos. Donde acaban las palabras empieza la música.
Hace frío en los edificios rojos y las chicas de colores deberían peregrinar hasta la tumba de Lou Reed para decirle 'nunca nos dedicaron algo tan bonito'. Mientras escribo esto una voz me susurra al oído, sabiendo a vino blanco y menta, ‘dime, Ernest, ¿tú no piensas que Al Jolson es más grande que Jesús?’, y al otro lado de esta habitación y del pasillo, en esa luminosidad tensa de pájaro enjaulado que tienen los hoteles de madrugada, una mujer madura se sorbe el cuerpo en la aridez de la noche y envía por WhatsApp la pregunta del millón: '¿de verdad me necesitas como dices?’. Ese furioso deseo de hacer retroceder el tiempo, un minuto siquiera, para deshacer o completar algo cuando es ya demasiado tarde. Feliz 2014.







15 comentarios:

Anónimo dijo...

Que connazo

Anónimo dijo...

la verdad q es un tostón infumable, no podías terminar el año mejor?

Anónimo dijo...

A le dice a B q J padre y C no vendrán, pero P le dice a J que sueña con Bob Dylan, parece un jeroglifico....

Anónimo dijo...

Juer...laaangweilig!

PL dijo...

¡Muy bueno el bostezo Simpson! Los tres primeros con faltas de ortografía, así que imaginaos la que armaríais intentando juntar cinco párrafos. La única tilde que ponéis en su sitio es la de 'Anónimo', eso sí. Sois toreros de burladero. Gracias por leerme siempre.

Anónimo dijo...

Infumable, con o sin comas, con o sin faltas, vete ya a ABC, que es lo que te pega, y deja este blog!

PL dijo...

Otro valiente... En ABC ya estoy, los sábados.

Anónimo dijo...

la verdad es que no sé qué pintan en un blog de Derecho Mercantil entradas como ésta

Anónimo dijo...

Por suerte la gente de derecho y economía no somos en general analfabetos de segundo grado. Algunos, como yo, apreciamos la literatura y agradecemos este rincón semanal donde Pedro Letai nos brinda el placer de leer columnas tan bien escritas.

Anónimo dijo...

Un consejo al autor: deje de responder airado a las críticas que a veces son insultos. Cada cual se retrata con sus palabras, todos vemos las faltas y la profundidad de los argumentos. Usted manténgase a una altura elegante e impávida y guarde esa pasión al defenderse para mejores causas. Piense que no se hizo la miel para la boca del asno.

PL dijo...

Muchas gracias, tiene usted toda la razón. Lo que ocurre es que, igual que le contesto a usted o a quien hace comentarios halagadores, me gusta responder a quien critica porque se ha tomado el interés y el tiempo de leerme. Es la cobardía del atizar bajo anonimato lo que me revuelve, porque yo mis columnas, y mis comentarios, los firmo. El resto, todo bien. Abrazos.

Anónimo dijo...

No es tanto estar más o menos sentado sino poner el peso en la parte delantera de la planta de los pies nunca en el talón, así el golpe es de dentro a fuera y el follow through mucho más dinámico.

PL dijo...

Pues lo he probado este mediodía y tiene usted toda la razón. Muchas gracias y un abrazo.

Anónimo dijo...

Buenísimo. Siempre me quedo con sensación de que ha sido demasiado corto y de que, por favor, llegue de nuevo una cara B. Feliz año.

PL dijo...

Vaya, muchísimas gracias. Y todo lo mejor.

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