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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cara b: Pedro Letai. Juez Castro

You’ll never walk alone
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El juez Castro se ha echado la corrupción balear encima y sobre sus hombros va el demonio quemando etapas y saltando fronteras. Cada noche le veo en el telediario bajar de un coche o atravesar una puerta ante la desmedida expectación de un grupo de periodistas que han decidido que Castro, como el Liverpool, nunca caminará solo. Y ahí aparece el cordobés, con cierto aire quijotesco para después comenzar el recorrido, de la antesala al despacho, de los juzgados al coche, torciendo un poco los pies hacia dentro, como Lina Morgan, pero a la vez con andares de gitano capaz, como esos a los que Gil de Biedma gustaba magrear en los taxis.
Los periodistas le clavan la alcachofa delante sin consentimiento en cuanto le tienen a tiro, y también cuando ya se ha metido en el coche y ha cerrado la puerta, que eso hay que hacérselo mirar. Castro sonríe, amable, con unas gafas desmontables bien pegadas al cuello y en ocasiones saca un móvil para buscar ese mensaje que nunca llega y que es la metáfora exacta de su vida. Su estela siempre termina en una puerta cerrada, y ahí los reporteros quedan algo huérfanos, como el montañero desgraciado que contabiliza las huellas por cadáveres.
Castro
Pepe Castro leyó una línea de la Recherche y se fue a por los siete tomos enteros. Instruyó en 1992 el caso Calviá, el intento de compra por el PP del voto de un concejal socialista para cambiar la mayoría política y urbanizar más el litoral. Después sentó en el banquillo a un ex presidente de Baleares y, en las navidades de 2011 imputó al yerno del Rey, al que tuvo hasta veintitrés horas sentado en el banquillo cercándole a preguntas con prólogos interminables y finales previsibles. Le sobrevuela cierta leyenda de instructor desordenado y, cómo no, la de juez vedette, esa que, ya saben, llena páginas y excita tertulias por su supuesta arrogancia. Ciego por la soberbia, el juez Castro cada vez que ve una cámara, que es más o menos cada vez que veo yo un Petit Suisse desde que mi mujer está embarazada, niega con la cabeza y dice que hoy no, que hoy tampoco hablará.
En su paseo ante los focos este ex funcionario de prisiones parece contenido y divertido, y ofrece una lección magnífica. Yo le veo por las noches y de verdad que lo hago sintiendo cariño, como el que piensa que cuánto ha crecido y que cuánto he crecido yo, y cuánto mejores personas hemos salido el uno y el otro de la relación. La prensa nunca se da por vencida y regresa a la carga con argumentos enloquecidos, y en Intereconomía empiezan a repartirse esas miradas cómplices. A mí también me llega una sonrisa, pero de condescendencia, y no solo no la evito sino que finjo aquí un interés desproporcionado por ese señor que sabe que a su espalda, tarde o temprano, el pueblo bajará el pulgar. La conspiración, siempre magnánima, contra los locos.
Sigo avanzando hasta que me detengan y nunca me detienen, ha de pensar Castro, como Shelley. Pero le detendrán, llegará el abandono y ante el olvido no valdrán la energía ni los andares alegres. Ni el ser infatigable ni el comer de menú. Las cosas grandes empiezan siempre con una chica volviendo a Madrid en autobús, leyendo a Hemingway y al 27 y acaban con uno diciéndole a su madre ‘yo a veces bebo, y a veces no’. Al final lo dejamos todo, también los sumarios a punto de caramelo, por maquillarnos y salir. Eso no lo aguanta ni la conmoción nacional.




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