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martes, 17 de diciembre de 2013

Cara b: Pedro Letai “Que vayan ellos”

La Infanta Elena cumple 50
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La Infanta Elena es lo más real y Real que nos queda. Una resaca ligera, un estado de felicidad contemporáneo; una princesa ella sí con la poesía de la sangre azul. Ajena a los escándalos y dueña de una discreción que se agradece por inesperada, su vida a ratos borderline -qué más elegante- ha estado salpicada por los instantes de mayor esplendor en nuestra monarquía reciente, esa que se ha acercado tanto al pueblo que ha acabado cogiendo un taxi para acostarse con él, y eso que el pueblo es un señor con bigote y casado. Doña Elena tiene un corazón desbordado y latente que acabará vengándose de sí misma en el peor momento. Ya se divertía de joven atizando a los caballos con autoridad antigua, y aún desencorseta hoy aquí y allá la rigidez de los que la rodean con una sonrisa lucida y rojigualda.
La Infanta partió en dos la década de los noventa con una boda sevillana ante decenas de miles de devotos –ríos de millones según Telemadrid- para la que eligió a un fin de raza católico y sentimental, el entonces escuálido y recogido Jaime de Marichalar, que acabó después encaramado a una pashmina que era en realidad una juerga ya eterna en patinete a motor, derrapando por entre los anticuarios del barrio de Salamanca. Doña Elena llega ahora a sus cincuenta como la más estoica y formal de su familia, que hasta la Reina vive en Londres y comparte biógrafa con Garzón, y el Príncipe dejó escapar a Gigi Howard, a la que si besabas aparecía un imperio.

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La Infanta lo es de cuna y se gusta sin mayor pretensión, como el que disfruta del sexo por el sexo, sin tratar de construir con un polvo una familia o, aún peor, una historia de amor; o como al que le gusta leer por leer, sin la necesidad de querer saber qué le pasa a fulano y por qué investiga el crimen Mengano (toda mi vida he soñado con meter ‘Zutano’ en una columna; aquí la tienen). No frecuenta la fama –solo salió de noche una vez y fue para divorciarse- y, en la medida de lo posible, a su alrededor se va formando la llamarada de la mística.
En la familia Real más republicana que se recuerda, Doña Elena ha engendrado un último eslabón que mantiene viva esa llama de malditismo y desgracia que ha de asistir a cierta nobleza. Lo que les ocurría a los Kennedy con las avionetas o las secretarias en Chappaquiddick aquí va a intentarlo Froilán, que de momento solo se ha disparado en un pie, pero ya llegarán espantos más íntimos que pagará el feliz contribuyente. Únicamente él puede perpetuar una institución tan tontiloca a base de despiezar de forma soberbia pequeñas victorias como esa del tiro en la pata.
La monarquía tendría que ser ya solo un segmento de tiempo que se desprende de golpe y alcanza a quienes llenan las ciudades por las que pasa, pero para lo que ha quedado, una soberanía de dieta Dukan rodeada de empresarios riquísimos con peluquín y señoras operadas, la Infanta se merece, en un hecho insólito para un Borbón, que su discurso devenga en un acontecimiento intelectual y desmarcarse soltando con una satisfacción casi morbosa aquello de Michi Panero en ese impagable paseo por las ruinas que fue 'Después de tantos años': 'Que vayan ellos, joder. Si les interesa tanto la familia, que vayan ellos'.






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