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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Cara b. Pedro Letai: Zurdo e inquieto

Paul McCartney no encuentra la salida

199650_10152083465300085_933905057_n (1)Paul McCartney ha vuelto con un disco absoluto e incuestionable, New, cuyo título es una auténtica declaración de intenciones y probablemente el principio de un dulce final. Como ocurre con Dylan, parece que McCartney nos tenía reservado algo de lo mejor para el último baile de la fiesta. Con su decadencia las canciones toman otro sentido, y es que alguna de las compuestas por este hombre de Liverpool forman parte de nosotros ya para siempre, como el color azul forma parte de nuestra idea del cielo. Hay canciones de McCartney que vuelven muchos años después para rompernos el corazón, igual que hay mujeres que se marchan como si fueran canciones.
Existe una cuestionable doctrina según la cual The Beatles se sostuvo gracias al talento del gran genio Lennon, que se hacía acompañar de un meloso y blandito McCartney. Si The Beatles fueron The Beatles no lo fueron por sus letras, desde luego, pero tampoco únicamente por Lennon. The Beatles fueron tanto Lennon como Paul como el inigualable George y como el imprescindible Ringo. Aquellos chicos incendiaron el panorama musical como nadie antes lo había hecho, ni siquiera Elvis, a quien los chillidos de las muchachas mandaron a Las Vegas a disparar a los televisores y a tragar crema de cacahuetes y kilos de pastillas mientras enloquecía desplegando una estética imposible pero admirable.
Lennon alcanzó su único número uno en solitario en una canción cantada a medias con Elton John, Whatever gets you thru the night, y el blandito McCartney, que cierto es que físicamente ha evolucionado hacia la señora Doubtfire, dejó en The Beatles canciones como Got to get you into my life, I’ve got a feeling, Get Back y, especialmente, Helter Skelter, que ya le habría gustado firmar a Kurt Cobain. A ellas súmenle Let it be, Blackbird, la mentada Yesterday o Hey Jude y comprenderán que, si es cierto eso que él mismo escribió en un papel la noche en que Dylan les lió un porro de marihuana: ‘hay siete niveles’, hablamos de un tipo que está en uno extraordinario.
En la que posiblemente es la mejor canción de The Beatles, A day in the life, creo que el momento más soberbio es cuando un despertador hace añicos los compases y entra Paul: ‘Woke up, fell out of bed, dragged a comb across my head’. John Lennon constituye aún hoy en día una de las grandes figuras de la música pop, si bien a mí me cansa su tono paternalista y adoctrinador, y esas canciones como Imagine o Across the Universe que parecen compuestas para anuncios de compresas o para cerrar el telediario del mediodía. Conozco a gente que ha querido hacer de Lennon y su filosofía un modo de vida, y así les va. Uno de ellos, Mark David Chapman, pensó que la mejor forma de homenajearle era descerrajarle dos tiros y lo hizo, en diciembre de 1980, frente al edificio Dakota en la calle setenta y dos de Nueva York, a la altura de Central Park.
The Beatles ya se habían separado cuando Lennon desapareció y el macabro desenlace le encumbró a esos altares en los que residen James Dean, el presidente Kennedy y otros guapos cadáveres prematuros. Desde entonces McCartney es preguntado en cada entrevista por su colega. ‘Aún hablo con John’, le leí hace poco. Los sueños de McCartney hay que tomarlos muy en serio: una mañana se levantó con una melodía en la cabeza, que en el desayuno bautizó como Scrambled Eggs. Encajaba bien en la entradilla, pero aquello era tan maravilloso que tuvo que convocar a varios amigos, y hasta a su padre, para preguntarles si no era una canción clásica o de infancia. Ahora sí lo es y se llama Yesterday, que aunque encaja igual de bien que lo de los huevos se da más a la poesía.
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Después de The Beatles McCartney fundó una banda nada desdeñable, Wings, con la que recorrió América a base de giras. Dejaron canciones como Band on the run, Jet o la incontestable Maybe I’m amazed, pero sobre todo dejaron la imagen del amor más pasional y enternecedor, aquel de Paul con su mujer Linda Eastman, a la que quería tener tan cerca que la metió en el escenario a aporrear un piano sin ton ni son. Hay imágenes de ambos comiéndose con los ojos mientras atacan bellezas como Golden Slumbers que son inolvidables.
Al amor siempre lo sigue la destrucción, claro, y Linda murió de cáncer en 1998. Zurdo e inquieto, McCartney se rehízo y nos regaló aún algunos discos excelentes, como aquel Chaos and Creation in the Backyard de 2005, o ahora este New. Las compensatorias de sus últimos devaneos matrimoniales le han devuelto a los estudios y a la carretera. Parece que McCartney tiene aún algún lugar adonde ir, mil puertas alrededor, muchas con el nombre Lennon pero ninguna con la palabra salida. Linda es desde entonces como algo que viste una vez pero no pudiste coger, y que no has vuelto a ver nunca más. Algo que de alguna manera has perdido antes de que fuera tuyo y que te hace saber que desde ese día el resto no es nada, solo nieve cayendo sobre la nieve mientras pides un poco de paz entre cartas de abogados. Bandera blanca, mi amor. Bandera blanca, amor mío.

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