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miércoles, 15 de enero de 2014

Cara b. Pedro Letai “Ahora que se despide, pero se queda”

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La consecuencia más cruel de ser Joaquín Sabina es que, como las culpas, contamina hasta el recuerdo del tiempo en que no existía, ni se habían cometido. De vez en cuando nos regala un manojo de no me olvides, una salva de entrevistas, libros de recortes y dibujos que nos lo devuelven latiendo despacio, como un rescoldo de nuestra adolescencia que se presenta ya sin el sexo como única finalidad, sino dado al frío análisis que corona con esas carcajadas tan marca de la casa, mitad simpatía mitad una tecla que se quedó allí, entre sus neuronas etílicas, pulsada en algún lugar ya para siempre. Ahora empieza a decir que se va, pero aún se queda, convencido de todo, encantado de conocerse y colándonos unos ripios que tiembla el misterio. Se va derechito hacia esa vida estéril de los aristócratas y los burgueses decadentes, de los que se declaraba militante el domingo en ABC, a donde nos estamos yendo ya todos a llorar y recogernos en una pequeña apoteosis altanera e intelectual.
García Márquez dijo escribir para que le quisieran, pero luego vino Sabina y le tradujo: era un chico tan feo que empezó a escribir versos para irse a la cama con alguna. Volvió de Londres a mediados de los setenta a incorporarse a la demolición del franquismo; tan joven, tan radical, tan delgado y tan escéptico como hasta hace poco. Le había mandado al exilio su padre, deteniéndole en Granada. Era policía y se fue de este mundo levantando la cabeza y soltando antes del último resuello, ‘Me gustaría saber a mí de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales’. El comisario Martínez se casó con Adela Sabina y de ahí la genialidad: ‘¿Qué harías tú si Adelita se fuera con un comisario?’. Desde entonces solo ha agitado el pringoso trapo del compromiso en alguna rueda de prensa en la que, por aburrimiento, decide adoctrinar, pues es muy listo y ya muy perro el de Úbeda como para andar escribiéndole canciones a la malaria o la homofobia. Trató de hacer de Dylan, pero acabó haciendo solo de Sabina, un fotógrafo ambulante fascinado por negativos que retraten instantáneas crudas, corrientes, del trasiego diario. En una mano Cernuda y San Juan de la Cruz y en la otra Juanita Reina o Miguel de Molina. Cuándo termine no importa, pues queda todo lo que Sabina nos dejó, en los ochenta y sobre todo noventa, sin que nunca le adornase eso que distingue y destruye a los nuevos ricos: la prisa por enseñarse.
Con sus letras a quien más y a quien menos nos ha llevado a los lugares más recónditos de una poesía elevada pero manchada de barrio, y le hemos redescubierto una y otra vez buscando esa agitación conocida, esa emoción incontrolable tan marca de la casa. A Sabina su particular hora del vermú se le ha ido llenando de bonitos domingos de invierno en los que salen el sol, los carritos de bebé y las parejas apasteladas que comen gofres. Lejos de la farlopa y los bares le cuesta más escribir, y él ya lo avisó, ‘yo no quiero domingos por la tarde’. Su adorado Vallejo fue más allá: ‘Hoy es domingo y esto tiene muchos siglos’.
Ahora cena con poetas, y hasta lo hizo con prinzesas, y nosotros robamos sus canciones, comemos de sus manzanas. A mí todo Sabina me lleva a ‘Ahora que’ y a un coche parado sin batería a las afueras de Madrid. Ahora que sospechan en los bares, que abren tarde los besos, que hay ratones con ligueros, que solo llueve en las canciones con aviones, que hay domingo en la nevera y jueves en tus ojos; ahora que hay un siglo largo cosido a mi carné. ‘Ahora que no me acuerdo del pijama ni recorto el crucigrama, ni me mato si te vas’. Ahora que el invierno está a la espalda, que la vida da dos pasos, que morimos sin morir. ‘Ahora que no te pido lo que me das; ahora que no me mido con los demás’. Que se vaya cuando quiera, pero que no arranquen nunca los coches.




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