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jueves, 9 de enero de 2014

Cara b: Pedro Letai. “Al lugar donde he sido feliz”

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Ante una mudanza uno se vuelve melancólico hasta con los horrores, teniendo que sentarte en el sofá para reponerte de tener entre manos, otra vez frente a frente, el single de Corazón partío o los discos de Phil Collins. Han sido varios años en esta casa, una buhardilla antológicamente coqueta y de una suavidad envidiable, como la que asalta a las mujeres cuando renuncian al amor. Por aquí han pasado incluso chicas de izquierdas a las que les gustaba que se les cediera el paso en las puertas de los restaurantes. Imagínense si hace tiempo de aquello.
En estos años he perdido menos cosas de las que creía. La pérdida real es la pérdida de la espontaneidad. Hasta la inocencia puede mantenerse intacta hoy en día a poco que uno aprenda a cerrar los ojos en el momento adecuado y a renunciar al 4G y la fibra óptica a partir de la segunda copa. Pero la espontaneidad se va cayendo despacio, como el pelo, y un día se levanta uno de la cama, se mira al espejo y ya está: ni siquiera el flequillo de Ana Blanco es exactamente igual. No sabe igual el amor, y entonces tampoco la vida. Una mudanza es el definitivo viaje al pasado: se recorren fotos antiguas, notas escritas a mano desde la profundidad del ser, y así se va llegando a las cosas de uno; las cosas de verdad propias, que no se han tirado y han resistido todos estos años. Los recuerdos que siempre llaman dos veces para follarte en la cocina y clavarte las uñas rasgando el olvido sin dolor. Y ahí aparece de repente el sueño adolescente, la caída inconsciente de los párpados bajo un cielo colmado de nubes negras, enamorado súbitamente de la Generación del 50 y de Dylan: mamá, yo quiero ser poeta.
A los veinte escribí un ramillete de azucenas: una dedicada a mi madre, otra a mi novia de entonces y otra a una puta que bajaba puntual la Cuesta de Santo Domingo cada noche cuando yo volvía de estudiar. Había descubierto la santísima trinidad. Después de un viaje a Santander, ya talludito y divorciado, le escribí incluso un poema a la propia casa, y ahí ya hacía un inventario importante: ‘La chica de la fila de atrás / en cada foto, / mi cobardía / en los ojos de mi madre, / mis vistas al mar, / mi derroche, / mi derrota, / mi vanidad. // Los libros inolvidables, mis ángeles necesarios, / los mil y un discos / para huir de tu fría ciudad. / La cama y los vecinos, / tus versos, / los tobillos de la traductora de francés, / los finos pies de cada letra’. Releo ahora tiernamente esos dos versos finales y me doy cuenta de que todo el mundo tiene la oportunidad, durante quince minutos, de escribir algo que valga la pena, y de que yo esa oportunidad la malgasté meritoriamente en la veintena. No me esmeraba mucho en aquellos poemas, lo admito, pero siempre fui un gran titulador. Titulaba cuentos, poemas y artículos con fina destreza. ‘Migrañas y perfección’, rezaba uno sobre Wilco en la revista de Uría y Menéndez. Me echaron, pero algún día se me reconocerá lo de los títulos, espero. Una estatua, una calle, algo.
Entré en esta casa queriendo ser poeta, en un desvelo que duró unos años, y ahora me voy siendo un escritor fácil y sucio. Pronto llegará el sol de febrero a tumbarse con delicadeza en la mañana y levantando las persianas me toparé de bruces con unas vistas nuevas y un cielo alegre, pero ahora atardece, estoy delante de las últimas luces de esta casa y todo adquiere un aire irreal. Recojo los tomos de En busca del tiempo perdido, de los que me hice devoto al iniciar la tesis, en una especie de solidaridad con aquel tipo que pasó la mayor parte de sus días encerrado en una habitación con las paredes revestidas de corcho, preparado de forma especial para protegerse de los ruidos que pudieran turbar su equilibrio físico y psicológico.
En esta casa he tenido yo la vida patas arriba, y sin embargo ahora que me voy lo hago esperando un hijo y con la camisa metida por dentro del pantalón. Aquí he pasado yo delante del ordenador diez horas diarias sin jamás bajar una película o una canción, escribiendo sobre qué ocurría cuando otros lo hacían hasta que ya pude escribir de lo que quise; leyendo, escuchando discos de Antonio Vega, jaleando eufórico goles de partidos que ya nunca serán.
Mis riñones echan de menos el ebook entre tanta caja, claro que sí, pero al pasar la mano por los lomos de mis libros, de mis vinilos, quitándoles el polvo como si acariciase un animal herido, todo se baña de una serenidad que hace que el ruido de la calle y el silencio en las paredes formen parte de este paisaje de belleza ahora detenida que han sido todos estos años: la vida privada de tantas páginas y tantos acordes, y acaso hasta la mía también.






2 comentarios:

La Solateras dijo...

Quedan las alcayatas
como testigos mudos de un tiempo que termina;
sujetando rectángulos vacíos
oscuros por los bordes,
gritan a voz en cuello
que hace falta una mano de pintura.

Ya no me mira desde la pared
el señor con bigote y entorchados
-antepasado ilustre
del que yo soy indigna descendiente-
espectador de llantos y de risas,
de delirios de amor más o menos efímeros
y hasta de alguna escena solo para mayores
que le habría matado de envidia
si no tuviera el alma color sepia.

Guardo en cajas las fotos;
espectros olvidados
vuelven a recordarme que existieron.
De la que yo era entonces queda poco
y encima igual de inúltil que la crema antiarrugas.

Los libros que soñaba casi no ocupan sitio,
pero pesan igual que la memoria
y, si me caen encima,
aún me harán más daño
que la culpa por no haberlos escrito.

Los muebles despojados
de marcos, ceniceros, cachivaches,
muestran su desnudez
esperando a que el polvo les tape las vergüenzas.

Ante este cataclismo, Charlie Parker y Billie
enmudecen tirados por la alfombra
como en la manta de un senegalés
a la entrada del metro.

Con la cristalería de la abuela
envuelvo algunos besos en burbujas de plástico
y un letrero de FRÁGIL.
Hay que tratarlos con delicadeza,
el cristal es tan fino que al rozarse
suena como un violín,
pero si se me rompen
no podré reponerlos, son antiguos.

Me voy.
Atrás dejo un pretérito imperfecto
plagado de promesas incumplidas.
Por delante una incógnita: el futuro.

Laura Frost dijo...

Ay, las mudanzas! Bueno, yo siempre digo lo que ya decía Santa Teresa; En tiempo de diluvio no hacer mudanzas. Al parecer tú estás en un tiempo sosegado y proclive a los grandes cambios y eso no deja de ser algo estupendo y maravilloso, compañero. Disfruta de tu nuevo hogar, que al fin y al cabo, no deja de ser el mismo de siempre porque te acompañan todos los tejidos que has ido hilvanando en el transcurrir de tus días. Un beso con el corazón.

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