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miércoles, 29 de enero de 2014

Cara b: Pedro Letai “Los pasaportes de Roberto Bolaño”

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Tuvo su universo, sus reglas y un abrigo largo bajo el que ocultar su figura y su dolor, tejiendo una leyenda a cada cruce. A los tres años aprendió a leer, y a los siete escribió un cuento en el que unas gallinas sorprendían enamorándose de unos patos. Aspiró a la vida de poeta, esa apuesta a ciegas que luego siempre estalla y deja a cada uno en su sitio. Cuando todo se derrumba algún pedazo termina en tu bolsillo, y el suyo fue el del realismo visceral, casi punk, que nació de unos poemas sin crepúsculos, cotidianos, que hablaban de comida, de ataúdes y del bar de la esquina, como en su adorado Nicanor Parra.
Su vida fue una novela trágica, siempre huyendo de la comodidad. Bolaño fue uno de esos escritores que dejan en el rastro el culto, como las estrellas de rock. Su muerte temprana y su vida errática, claro, acrecentaron su mito hasta convertirlo en maldito e inabarcable. Su swing al escribir es especial como el de pocos. Un escritor muy pop, conectado con el cine y la música, pero a la vez culto hasta el extremo. Las entrevistas que se conservan de él son una galería de nombres, de referencias literarias y de un discurso eterno sobre los otros, una fiesta que nunca vuelve sobre sus pasos.
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Bolaño fue un escritor de escritores que sin embargo cautivó al lector hasta llegar a las grandes ventas. Se mueve en un territorio poético y conciso, a vida o muerte, en obras monumentales. Se sujeta con su propia estructura y con su propia figura, arriesgada y exagerada, y después se desvanece. Cada página, aún ignorando la trama, es una emoción, una belleza. Una crueldad.
En su juventud mejicana comenzó escribiendo teatro, lo que le convirtió en un colosal dialoguista, tanto en secuencia como interno. Se esboza en sus historias, como en un diario constante, un día inalcanzable de pulso y tensión perfecta. La escritura se va llenando de sí misma, no es el camino hacia nada, y el único fin es la farsa, otra vez como en el teatro, como cuando mueren o corren los actores sobre las tablas. Una gran mentira.
Superado el exilio como tema tan manido en el boom, la literatura de Bolaño no estuvo afincada en ningún lugar, recorriendo la vida sin pasaportes, encarnando la extraterritorialidad con su lengua, con su escritura. Cosmopolita al máximo, el chileno reparte nacionalidades con sus palabras. Pero ni siquiera sus lugares no son los de los demás: u permanencia es frustrada, pues siempre anduvo enganchado a esa fuga tan beat, de la que fue devoto en su juventud.
El éxito le sorprendió tardío, casi cruel y póstumo. Su escritura de finales de los noventa se tornó aún más viva, sin rescates. Pareciera que escribía con gran prisa ante su enfermedad muy posiblemente mortal. Si he de vivir que sea sin temor y en el delirio. No pudo quedarse para ver en los estantes sus cinco manuscritos que luego fueron 2666, su Rayuela y su estruendoso epitafio. Finalmente lo que Bolaño vivió fue un doble viaje, primero huyendo del éxito y luego con esa lucidez tan rápida que ya muerto le llevó a la portada del New York Times.
Murió reescribiendo un cuento de Kafka, acaso jugando ese día a ser centroeuropeo, como en Los detectives salvajes. Fue su heredero y fue poeta hasta el final, sin equívocos. Y así, con su oficio canalla, con sus novelas tan innecesarias como vitales se fue y nos dejó aquí a los demás, tontos perdurables.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por traernos a Bolaño, y por hacerlo tan bien y tan a tono con él: sin crepúsculos. No sé qué Caras B disfruto más, si en las que despliegas tu universo particular o en las que nos acercas con pasión a los universos de otros.

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