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viernes, 3 de enero de 2014

Microentrada: justificar el tono

Los que sigan el blog saben que expreso mis opiniones con dureza y, si puedo, con ingenio y corrección expresiva. Y sin demasiada sensibilidad hacia los que se pueden sentir dolidos o molestos por las opiniones reflejadas en las entradas. Y lo hago por diversión.
A través de Barcepundit he llegado a esta entrada de David Wong en la que da unos consejos – en  realidad, uno – sobre cómo ser mejor persona. En la parte final del post, – y, en realidad, a lo largo de todo el post – reprocha al lector la falta de pasión, esto es, la inacción. No aprender a hacer algo bien, no convertirnos en una persona que los demás puedan querer, dar sólo lo que tenemos, aunque no le interese a nadie… Los demás sólo quieren a alguien que les da algo que necesitan. Una buena persona es, pues, la que produce algo que beneficia a los demás. Obsérvese la estrecha relación de este concepto de benefactor con la figura del innovador si las innovaciones tienen, para ser valiosas, que mejorar la vida de la gente. En este sentido, está claro que Wong es un moralista-capitalista, y si no, que le pregunten a Richard Branson
Wong acusa a ese lector pasivo que no se explica porque-no-le-quieren-las-chicas-con-lo-estupendo-que-es de no entender los mensajes y de hacer lo posible para no entenderlos.
¿De qué formas “no entendemos los mensajes”?

Propone unas cuantas que me parecen trasladables a las discusiones públicas o académicas. Para protegernos frente a la crítica (evitar las disonancias cognitivas) solemos hacer alguna de estas cosas:
  • “Interpretar intencionadamente cualquier crítica como un insulto” convirtiendo así al crítico en un mal sujeto.
  • “Centrarse en el mensajero para evitar oír el mensaje” (pero ¿quién se habrá creído? “no tiene ni idea de lo que es pasar lo que yo estoy pasando);
  • Centrarse en el tono para evitar oír el contenido del mensaje” examinándolo hasta el fondo – el tono – para encontrar el insulto;
  • Contarnos mentiras sobre nuestro comportamiento y nuestra actitud (“tampoco es para tanto”) y, en fin,
  • justificar nuestra resistencia a cambiar y mejorar sobre el argumento de que nos estaríamos traicionando y dejaríamos ser nosotros mismos.

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