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viernes, 7 de febrero de 2014

Cara b. Pedro Letai “Las bellas tardes de perros”

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john-cazale
199650_10152083465300085_933905057_n (1)De su foto lo primero que nos viene a la memoria es el canto del cisne, ese beso tan Corleone que Michael le dio al hermano mayor antes de ordenar ardiente su ejecución. “Sé que has sido tú, Fredo. Me rompes el corazón”. Porque al echarle un vistazo a este tipo medio y flaco, de anatomía dislocada, vemos de inmediato a Fredo, el hermano tímido y torpemente traidor que fue ajusticiado en el crepúsculo de un lago. El Ave María, la conversación con el sobrino en el embarcadero y esa calma, ese detenerse todo un poco para luego estallar que precede a las muertes de los tuyos cuando tú eres de la Mafia. Algunas de las escenas más brillantes de El Padrino llevan su seña, pero aún así su nombre no surge tan fácilmente. Pareciera que estamos ante el hombre de quien todos se olvidan. John Cazale rodó tan solo cinco películas en su interrumpida carrera. Las cinco -El Padrino, El Padrino II, El cazador, La conversación y Tarde de perros- fueron nominadas al Oscar como mejor película y en todas ellas aún perdura indeleble la huella de este actor inolvidable, que hizo de sus rictus una obra de arte, pero del que casi nadie se acuerda.

Cazale nació en Massachusetts en 1935, un día de verano. Siempre los veranos mirando lo que ocurre. Partió en su adolescencia a Nueva York, donde fue mensajero, taxista y fotógrafo antes de llegar al teatro, en lo que sería el paso decisivo hacia un futuro irrenunciable. Apareció incluso en una serie de televisión cuando se desperezaban los setenta. “¿Me está diciendo que hay un mirón en mi edificio?” fue todo lo que tuvo en el guion. Pero habría mucho más y estaba a punto de llegar. En el teatro se reencontró con Al Pacino, al que había conocido años antes hablando de Chejov como dos jóvenes soñadores que se encuentran en una estación, y allí le encontró también el equipo de casting de Francis Ford Coppola que preparaba el elenco para adaptar a la gran pantalla aquella novela de Mario Puzo sobre la mafia neoyorquina. Cazale actuaba en Off Broadway, en una reposición de Line, junto a Richard Dreyfus. Su humor, envuelto siempre en una nube negra, y ese frenesí cansado y deprimido en sus gestos acabó por convencerles. Era el hombre que faltaba, el hermano mayor de aquella familia de relaciones destructivas y amorales en la que el personaje de Cazale iría cavando atormentado su propia tumba.
Sus cualidades en pantalla son difíciles de describir; sencillamente, hay que verlo. Un actor camaleónico, de un talento único que desbordó a lo largo de esos cinco largometrajes. En El Padrino su personaje tarda en entrar en escena. Se le ve de fondo o de lado, bebido e importunando magistralmente a Diane Keaton en el convite inicial, hasta que llega la escena en la que ese Brando pétreo y espléndido va a comprar fruta en la calle antes de subir al coche. “Espera un poco, Fredo”, y después el tiroteo fatal y los ojos de Cazale, el llanto de niño miedoso y frágil, tan vulnerable con el padre yaciendo a su lado. Se tambalea su mundo y él se estrella en aquella acera. Sin hijos y sin mujer, Fredo fue encumbrado por Cazale en el rol del hermano mayor arrasado incluso por el adoptado. “Nadie me enseñó más que John en este oficio” llega a decir un emocionado Pacino en el bellísimo documental Descubriendo a John Cazale, estrenado en 2009.
Coppola repitió con Cazale como actor secundario en La conversación, interpretando a ese Stan fracasado y a la sombra de Gene Hackman. Sidney Lumet, a instancias de Pacino, se rindió también a Cazale como acompañante perfecto para la incontenible desventura de Tarde de perros, con aquel look tan loco del que Bardem sería trasunto en No es país para viejos. Aquel personaje, Sal. Una bomba, una tragedia operística siempre en la cuenta atrás. Una fiesta contínua. Una interpretación solo soportable para un actor protagonista como Pacino. Cazale trabajó junto a actores como De Niro, Brando, Duvall, Hackman y por supuesto Pacino. Acaso por eso pudo permitirse el lujo de ser un formidable actor de reparto, sin temor a eclipsar.
De El Padrino a uno le queda grabado a fuego el derrumbe físico de Don Vito al saber de la muerte de Sonny por boca de Hagen, en ese suspiro terrible, pero también el célebre beso de Michael a su hermano en la fiesta de Nochevieja en La Habana y la escena en el casino de Las Vegas después de sentenciar a Mo Greene y asistir a la insólita defensa de este por su hermano pasado de éxito: “Fredo, eres mi hermano y te respeto. Pero nunca te pongas del lado de quien está en contra de la Familia”. Sin embargo, probablemente sea en la escena de la tumbona frente al lago, en el preludio de la muerte de Fredo, donde Cazale alcanza su culmen interpretativo. “Manda a Fredo a hacer esto, manda a Fredo a hacer lo otro, ¡eso no es lo que yo quería para mí!” se queja como un muñeco de trapo, dolorido y tembloroso, abandonándose a su precario equilibrio al borde del colapso, y ya también del destino.
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En el teatro, trabajando en Measure for measure, se enamoró perdidamente de Meryl Streep, entonces bella hasta acariciar con la mirada. Vivieron una bonita historia que ha quedado en algún lugar congelada, aspirando mucho tabaco Cazale pero aspirando juntos al amor verdadero, hasta que la paz, como siempre, se llenó de amenazas. Un día salieron a comer por Chinatown, los dos enamorados junto al hermano de John. Su habitual cara de enfermo pintaba peor de lo normal. De pronto empezó a toser y a escupir sangre junto a una alcantarilla. Empezaba otro final, esta vez en un cáncer de pulmón. Lo rememora su hermano en el documental, apenas capaz, pues se le viene de golpe toda la historia como un puñado de arena que le ciega los ojos y entonces, claro, toca llorar. En aquella época se preparaba la producción de El cazador, y Robert de Niro avaló con su dinero la participación de un Cazale tan deteriorado que muy probablemente moriría antes del final del metraje. Allí se le ve, con su bigote y su talento de nuevo desbordante en los últimos meses de vida. Otra vez Stan, el mismo nombre para su personaje, brillante en los pequeños momentos. Otra vez su alegre brutalidad, dañando y cicatrizando al unísono. “Esto es esto. Esto es esto. A partir de ahora estás solo”, le recrimina De Niro en una escalofriante premonición.
El tratamiento no funcionó, y aunque Cazale consiguió terminar el rodaje de El cazador no llegó con vida al estreno. En el mentado documental Meryl Streep lo cuenta con una dulzura tan verdadera que cuesta imaginar que detrás tenga que haber tristeza y melancolía. Parece por un segundo que es por ella por quien Hemingway escribió aquello de “conoció la angustia y el dolor, pero nunca estuvo triste una mañana”. En El cazador Cazale quedó en la pantalla, su sitio, como quedaría también en las escenas recuperadas que de Fredo aparecerían ya en los noventa en El Padrino III. Participó en cinco películas apareciendo en seis, que dejaron cuarenta nominaciones al Oscar, catorce de ellas en la rama interpretativa. John Cazale ardió rápido y por los dos extremos. Le llegaron las tardes de perros y, aunque él aguantó toda la noche, la fiesta siempre estuvo en otra parte.







2 comentarios:

Anónimo dijo...

Curioso que parezca más de mafiosos la foto de la entrada de abajo que la de Fredo.

Andrés dijo...

Hermosísimo recuerdo. Dan ganas de volver a ver a Fredo enmedio del lago.....

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