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martes, 22 de abril de 2014

Cara b: Pedro Letai. Incluso el hielo

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199650_10152083465300085_933905057_n (1)Su fama fue instantánea. Desde que publicó Cien años de soledad en 1967, y acrecentada salvajemente por el Nobel que le llegó cuando llegó casi todo, en el 82. Una jugada honesta. En Estocolmo se presentó con el sentimiento furioso. Arrogante y valiente. Pensó lo que quiso e hizo lo que pudo, dejando algunas de las más bellas definiciones de la poesía que yo jamás escuché: ‘La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos’. Lo había conocido todo, incluso el hielo, como en sus novelas. Y se bajó del escenario para siempre. A partir de ese momento decidió ocultarse y fue entonces cuando no paró de crecer. No concedió entrevistas, no habló más en los foros públicos y, al contrario que el blasonado Cela, se prohibió a sí mismo optar a premio alguno después del enorme que ya había obtenido. Se mostró distante e incluso altanero, con un aire que él no buscó pero que le encontró en la construcción de ese carácter, camino de ser el hombre que oye hablar pero ya no habla. Un libro, un premio y el silencio. Acotó su jardín y le fue creciendo; ya no necesitaba el jardín de al lado. El escritor más famoso del mundo, escribiendo siempre la misma faja cuando se lo pedían sus amigos de Alfaguara, esos que ahora le llaman Gabo hasta provocar vergüenza ajena: ‘Este es el libro que a mí me hubiera gustado escribir’. En las antípodas de Vargas Llosa, su enemigo íntimo, el deseo de desaparecer.

Aquellos chicos del boom borraron del mapa la poesía. Después, en Estocolmo, se pusieron sentimentales, que es lo que hace la gente sin sentimientos. La historia era de los narradores y Borges tuvo que regresar a paso lento hacia su sitio al fondo de la sala. Borges era el estilo, el ritmo de un poema, una música especial. El dueño del sonido. García Márquez era también ritmo, a veces de qué manera, pero mientras que Borges era un trineo sobre una barra inmensa de hielo, el colombiano, (al que Borges zahirió mil veces, - ‘A Cien años de soledad le sobran cincuenta años’, - como antes hizo con Lorca o con Cervantes en esa broma infinita que era Borges)  fue un tren o un barco a bordo del cual se cantaban boleros mientras el viento se evaporaba y unos tipos acuchillaban a otros.
Iban en el coche a pasar unos días fuera de la ciudad, un día después del sábado, los niños atrás jodiendo y entonces él encontró el tono ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo’. Agarró el volante, dio marcha atrás en maravillosa contradicción, pues ya no habría marcha atrás en sus vidas, y todos volvieron a casa. Esta vez colgó su traje en la percha de otro, y en Macondo encontró la tranquilidad que necesitaba para escribir.
Los últimos tiempos nos trajeron esa mirada suya tan suya, distraída y llena de recovecos inteligentes, en la que ni él sabía quiénes éramos nosotros ni nosotros realmente quién era él. Rodeado de amigos y de su Mercedes – ‘Para Mercedes, por supuesto’-, la que le protegió cuando terminó aquella barbaridad de Cien años de soledad y sintió que le iba a caer un temporal, que se le había roto –acaso nos la había roto él para siempre- la armonía de los días y algo se quebró. Sacó la lengua a los periodistas y dejó esa altanería del silencio imponente por una inocencia que recordaba más a aquel muchacho que contaba cómo escuchaba cuentos debajo de los grandes árboles de la casa de nacimiento en Aracataca. Allí le llevaron los recuerdos a García Márquez en su nebulosa final; probablemente el resto, lo inolvidable, ya lo había comenzado a olvidar.

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