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martes, 5 de agosto de 2014

Egoístas en la vida privada y partidistas en la vida pública

Dice Caplan que conviene ponerse de acuerdo acerca de qué queremos decir cuando – como hacen los Economistas – partimos del supuesto de que los individuos son egoístas racionales (el famoso homo oeconomicus). En un sentido vulgar, el término egoísta o interesado – en español tenemos que usar una paráfrasis para self-interest que, a falta de otra mejor, puede ser la de actuar en interés propio – significa que asumimos que la gente antepone, en media, su propio interés al de los demás en un 95 % de las ocasiones (en algunas, nos convencemos de que actuamos altruistamente pero estamos siendo egoístas) incluyendo dentro del propio interés el de aquellos más cercanos y a los que nos unen lazos de sangre, o sea, a la familia (kin selection). Muy poca gente dona más del 5 % de sus ingresos a obras de caridad.
O sea que, para explicar el comportamiento de la gente en su vida ordinaria y como dijimos en relación con Podemos, es preferible la concepción de la Economía Neoclásica del ser humano a la del marxismo y la de Podemos: la gente es muy limitadamente altruista. Y es que sería muy raro que la evolución hubiera hecho prosperar a seres ampliamente altruistas. El gen egoísta triunfa, sin duda, en un entorno en el que la supervivencia es dura, lo que no es incompatible con que los seres humanos seamos “supercooperadores”. Porque – aunque lo discuten mucho los científicos – la cooperación, que no el altruismo, ha favorecido la supervivencia de los individuos y, por tanto, de sus genes.

Lo que Caplan explica es que no parece que los individuos, como votantes, se comporten de forma egoísta, al menos, no en los mismos niveles a lo que lo hacen en su actividad social o económica. Por ejemplo, a igualdad de ingresos, los negros en EE.UU. votan desproporcionadamente más a los demócratas que los blancos. Y si eso ocurre en relación con los aspectos de la política que tocan al bolsillo, hay que suponer que la gente es mucho más desinteresada cuando vota en relación con cuestiones no económicas como el aborto, el matrimonio homosexual o la legalización de las drogas.

Y añade que el factor que explica con más fuerza las ideas políticas es el nivel educativo: “el típico taxista con un doctorado en filosofía ve el futuro económico igual que los demás doctores en Filosofía y no como los demás taxistas”. Y, además, la ideología: “son las ideas y no los intereses los que determinan la mayoría de las opiniones sobre temas políticos relevantes”. Por tanto, cuando votamos y participamos en la vida pública, no parece que seamos los egoístas racionales que somos en nuestra vida “privada”.
¿Cuál es el coste marginal esperado para Barbara Streisand de votar por un candidato que, con seguridad, subirá los impuestos a gente como ella en una cuantía de un millón de dólares al año? La respuesta es: no – énfasis – un millón de dólares sino un millón de dólares multiplicado por la probabilidad – supongamos que es una entre un millón – de que el voto de Streisand sea decisivo para que salga elegido ese candidato. Por tanto, su voto a favor de que se suban los impuestos no es un acto de sacrificio personal sino una donación de un dólar. Si Streisand fuera completamente egoísta, votaría siempre en contra de ese candidato. Pero si es egoísta al 99 %, por ejemplo, no sería sorprendente que votara a favor. Los ricos-progresistas-filántropos no son un misterio una vez que se entienden los precios relativos. Mientras que hacer caridad en dólares contantes y sonantes es costoso para el donante, votar por políticas solidarias con el pobre es prácticamente gratis”
De donde se deduce que la ideología explique el comportamiento político de la gente en mucha mayor medida que su comportamiento social o económico. (no es tan sorprendente quién vota a Podemos y aquí) Son estructuras de incentivos diferentes: los incentivos a los que se enfrenta un votante y a los que se enfrenta el consumidor cuando decide comprar una casa o un ordenador no son, ni de lejos, igual de determinantes de su decisión. “Que una mayoría de los ciudadanos estén dispuestos a votar a favor de determinadas medidas de política económica no significa que esas medidas beneficien a la mayoría de los ciudadanos”.

Por tanto, las ideas de las mayorías sobre las medidas de política económica son mucho más maleables que la conducta privada y, por esa misma razón, es tan relevante el debate público. La gente, cuando participa en las decisiones públicas no actúa como sujetos egoístas. Actúan movidos por ideas refutables y hay que aplicarse a refutarlas. La gente cambia de opinión sobre cuestiones concretas con relativa frecuencia porque no le supone cambiar toda la estructura de su ideología.  “Invertir en el cambio a largo plazo (cambiando las ideas políticas de la gente) es un bien público para cualquiera que quiera mover la sociedad en una dirección determinada”.

Y – termina Caplan – la formación en Economía parece especialmente influyente en las posiciones ideológicas de la gente: con independencia de sus ingresos, si alguien ha estudiado Economía, acaba siendo más liberal y menos partidario de la regulación y la intervención pública en la vida de los ciudadanos. Los españoles necesitamos estudiar más Economía. Los votantes, pues, se comportan de forma irracional, pero de eso hablaremos en otra entrada.

Actualización: Tal vez tengan razón Director y Coase cuando señalaban que, para los individuos, la solución de los problemas económicos (“por aver mantenencia”) es mucho más importante que la participación en las decisiones políticas. Si es así, nos podemos permitir el lujo de no ser egoístas racionales en este segundo ámbito, pero no en el primero.

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