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martes, 16 de septiembre de 2014

Microentrada: Competition is for losers? No, Competition es para Podemos

La Mata de Curueño, León, Casa blasonada de los segundones de los Guzmanes. Fuente
Peter Thiel es un tipo admirable (aquí, aquí y aquí), y es un tipo al que los humanos debemos estar más agradecidos, por ejemplo, que a la inmensa mayoría de los presidentes o primeros ministros. Pero no más agradecidos que a cualquier científico, filántropo, maestro o buena madre. Ha escrito un libro cuyo primer capítulo se titula como esta entrada y que puede leerse (gratis) aquí. No dice nada nuevo. Hay grandes nombres de la Economía que habían explicado esas ideas con todo el rigor posible.

El sistema capitalista es un sistema de premios y castigos. Premia a los buenos, haciéndolos multimillonarios (con un monopolio temporal) permitiéndoles apropiarse de una (más o menos) pequeña parte del valor que añaden a la Sociedad con su empresa. Un producto nuevo, por definición, es un producto monopolista. No hay otro igual en el mercado (piensen en Nespresso) y, durante un tiempo, el que lo ha lanzado podrá cobrar un precio supracompetitivo y se quedará con la ganancia. Por lo tanto, los “buenos” según el mercado no son los que más reparten, sino los que más aportan al aumento de la riqueza de la Sociedad. De premiar a éstos buenos y no a los que más cerca del poder están depende la legitimidad del capitalismo.
Thiel dice que los listos son aquellos que maximizan la parte del valor que crean de la que se apropian. No son listos, según esta concepción, los que no se apropian ni siquiera de una pequeña parte de su aportación a la Sociedad (científicos, políticos, militares, filántropos, madres). A esos, el capitalismo no les premia lo bastante y por eso, para animarlos, les hacemos estatuas o les damos premios Nobel.
¿Hay una correlación entre la creación de valor y la proporción de ese valor del que se puede apropiar el que ha creado valor? Si la hay, lo que dice Thiel es bueno para todos. Querremos que se apropien de una proporción mayor porque eso querrá decir que también es mayor el valor que han creado para la Sociedad. Pero si no hay correlación entre el valor creado y el valor del que se pueden apropiar, estará justificado subirle los impuestos a aquellas empresas que, según Thiel, son las que deberían servirnos de modelo: las que consiguen apropiarse de una mayor proporción del valor que aportan a la Sociedad.
Pero, ¿es verdad que la competencia es para los perdedores? No. La competencia es para los que quieren vivir, simplemente, de su trabajo (a lo mejor porque su pasión vital es contemplar los pájaros). El mercado premia a los que se meten en un mercado competitivo (el que abre un restaurante en Madrid) dándole el beneficio “normal”, un beneficio que cubrirá sus costes y le permitirá, por tanto, autopagarse un sueldo si hace las cosas bien, naturalmente. Si las hace mal, quebrará.
Pero necesitamos a los “ganadores” de Thiel para que la Economía crezca. Una Economía llena de individuos que, simplemente, quieren ganarse la vida es una economía en la que no hay innovación. Simplemente, porque la gente innova, como dice Thiel - y describen los modelos de competencia dinámica -, movida por el acicate que supone el monopolio temporal que conseguirán gracias al carácter innovador del producto que han puesto en el mercado. Por eso los mercados donde hay innovación – todos – generan multimillonarios.
Cualquier Sociedad que pretenda la igualdad de ingresos tiene que renunciar a la innovación y, por tanto, al desarrollo económico. Los partidos socialdemócratas aceptaron esta verdad cuando construyeron el Estado del Bienestar sobre ella. Los populismos de izquierda, sin embargo, han olvidado que si no hay un premio gordo en forma de enormes beneficios, la gente más inteligente, arriesgada e innovadora, se dedicará, como los segundones de las familias españolas del siglo XVII a la milicia, a la teología o a la cultura, y sus conciudadanos a ser tan pobres como sus abuelos.

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