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domingo, 17 de enero de 2016

¿Qué ocurre cuando pones a una docena de adolescentes listísimos a discutir sobre cómo debería ser la educación?

Que dicen cosas interesantes. Sobre todo las relativas a cómo debe cambiar la educación en un mundo en el que todo el conocimiento disponible está a un click.

La primera: “los que ahora son adolescentes exigen que su aprendizaje sea muy personalizado”, es decir, que esté orientado a “sus intereses” que puedan elegir y que el ritmo de aprendizaje se acompase a tales intereses y elecciones. Esto no es expresión de egoismo – dice el autor - sino de clarividencia respecto a que, en un mundo cada vez más especializado, hay que saber mucho de algunas cosas para desarrollarse como persona que aporte algo a la Sociedad.
“Con 4.700.000.000 páginas de información disponible en la red, el mayor desafío para los estudiantes, hoy, es desarrollar las capacidades que les permitan orientarse, valorar y sintetizar información”.
La enseñanza debería organizarse menos en torno a los exámenes y más en torno a proyectos en cuya ejecución los estudiantes puedan desarrollar la capacidad para resolver problemas y cooperar con otros. Proyectos que se extienden en el tiempo y que obligan a abordar problemas complejos.

Los cursos online no son la solución: “son estupendos para especialistas ya formados, pero no para los principiantes”. No creo que lo sean ni siquiera para los especialistas ya formados, en el sentido de que la propia red proporciona miles de niveles de agregación diferente de contenidos respecto de cualquier tema que pueda ser de interés para un especialista que quiere ponerse al día en un tema concreto. Inténtenlo, por ejemplo, en relación con la “responsabilidad social corporativa”. Los cursos online no se adaptan a estos adolescentes tan listos porque no van dirigidos a autodidactas y si algo caracteriza a los niños y jóvenes más inteligentes es que su curiosidad y su capacidad intelectual les llevan, por sí solos, a sintetizar la información relevante y a descubrir las cuestiones que consideran más interesantes. 
 

¿Qué debe hacer pues la escuela?

“Los estudiantes siguen queriendo tener grandes profesores” Pero lo que entienden por un gran profesor no es un gran orador o alguien con muchos conocimientos:
“el papel del educador… debe cambiar de alguien que presenta los hechos a una suerte de guía que puede ayudar a los que aprenden a navegar en medio de cantidades enormes de información. Nuestros adolescentes quieren interactuar con adultos que pongan en conexión unas cosas con otras, que conozcan esos hechos y que les estimulen a aprender. Sus maestros preferidos son los que plantean preguntas, no los que dan respuestas”.
Maestros que les enseñen más “respecto a cómo gestionar un presupuesto” y a desarrollar habilidades flexibles y herramientas de uso general (soft skills) tales como resolver problemas o decidir en situaciones conflictivas.

Y, en fin, el objetivo último de la educación debería ser el de convencer al que aprende de que puede aprender cualquier cosa, es decir, que tiene la capacidad y las herramientas para aprender cualquier cosa que se proponga. La decisión acerca de qué es lo que uno debe aprender depende de que uno se conozca lo suficientemente como para saber elegir aquello en lo que tiene más oportunidades de triunfar.
 

¿Podemos concretar algo más?

Lo malo de este tipo de artículos es que concretan muy poco.Creo que sí. En educación hay que ser conservador. Porque la materia prima con la que se trabaja no es sustituible. Los experimentos fracasados causan mucho daño, de manera que es preferible aferrarse a conservar los resultados obtenidos hasta el presente antes de modificar sustancialmente la forma de enseñanza.

Pero estas propuestas no son, en realidad, tan revolucionarias. Si el objetivo es formar personas capaces de aprender por su cuenta, con capacidad de análisis y síntesis, de descubrir las relaciones de causalidad y ponderar razones para tomar mejores decisiones; si tenemos en cuenta la coevolución de esas capacidades (unas se refuerzan a otras), no tenemos que implementar cambios revolucionarios en nuestros sistemas de enseñanza.

En primer lugar, el modelo de profesor-guía no es tan difícil de implementar.
 

Los alumnos no deben poder elegir lo que quieren estudiar

La Sociedad – y los maestros colectiva e individualmente – deben seleccionar cuestiones importantes e interesantes intelectualmente como objeto de la enseñanza. Que haya un crío al que fascinen las señales de tráfico no significa que tengamos que dedicar una lección a aprenderlas. En sentido contrario, que existan problemas sociales graves e importantes no justifica que se utilicen como contenido si no los entendemos bien o no existen “materiales” de gran calidad que puedan ponerse a disposición de los alumnos. Los maestros son individuos normales con un bagaje de conocimientos mediano. No son polymaths.

El calentamiento global, por ejemplo. Es preferible que los alumnos aprendan química, meteorología, biología o geografía física a que aprendan lo grave que es el problema para el futuro de la Humanidad. Porque si perseguimos este segundo objetivo, no haremos mas que convertir las aulas en circos emocionales llenos de dibujitos y eslóganes. Por tanto, en la escuela deben impartirse conocimientos asentados en la Sociedad y respecto de los cuales exista consenso respecto de su relevancia intelectual y social. Un buen maestro será aquel que pone a disposición de sus alumnos los mejores materiales sobre esos temas.

Y esa función de guía del profesor puede concretarse señalando que ha de guiar a los alumnos apartándolos de la magia, las emociones baratas, la irracionalidad y la estupidez. Como decía Schopenhauer, tan importante como adquirir el arte de la lectura es adquirir el arte de la “no lectura”.

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via @holdengraber

Si los grandes de la Ciencia y los grandes de las Humanidades o de las Ciencias Sociales no se han ocupado de algo, haremos bien en ser conservadores y seguir sin ocuparnos de esas cosas en nuestras aulas. En otras palabras, la primera obligación del profesor-guía es conducir a sus alumnos por veredas y paisajes interesantes intelectualmente y prometedores (dedicar un año entero a la evolución está justificado en ambos sentidos) evitando que se pierdan y se concentren en naderías y modas.

Pero la parte más importante no es, ni siquiera, la selección de las cuestiones que se trabajarán – preferentemente en grupo – por parte de los alumnos. La parte más importante, y es a la que apuntan estos adolescentes listísimos, es la de enseñar esas habilidades instrumentales que les permitirán aprender continuamente y plantear y resolver problemas en su vida adulta. Recopilar, analizar y sintetizar información es imprescindible para crear conocimiento. Ponderar argumentos es imprescindible para resolver discrepancias y evitar que se conviertan en conflictos. Y, para hacer esas cosas, lo que hay que enseñar a los estudiantes es a utilizar los lenguajes en los que está codificada la información, los argumentos, las relaciones de causalidad… Una enseñanza útil para crear individuos capaces de aprender es la que enseña a los niños a dominar el lenguaje. A leer y escribir bien. A darse cuenta de la calidad de un argumento o de la existencia de una falacia. A demostrar que los hechos no se corresponden con la expresión. A mejorar la información que se les presenta. En definitiva, la escuela debe enseñar a hablar, leer y escribir en un sentido profundo. Al fin y al cabo, todo el conocimiento humano está codificado en el lenguaje. En el lenguaje y en los otros lenguajes, el de las matemáticas, el de la música o el de la informática (code). Y para enseñar a los estudiantes a hablar, leer y escribir profundamente, hay que corregir, continuamente, señalar los errores, animar a perseverar cuando se acierta y, en fin, convertir a todos los estudiantes en guías recíprocos. Para eso sirve el trabajo en equipo.
 

Libby Falck How Would Today’s Smartest Teens Overhaul Education? We Asked Them

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