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jueves, 13 de octubre de 2016

La educación no nos salvará

“Un llamativo rasgo de las economías modernas es que bastan unos pocos individuos dotados de los conocimientos y capacidades adecuados para gestionar áreas cruciales de la actividad económica”.
Ayudados por la tecnología, estos pocos individuos pueden encargarse de gestionar empresas enormes capaces, por sí solas, de proporcionar determinados bienes y servicios a, casi, toda la Humanidad. La informática ha aumentado exponencialmente la productividad de las “máquinas” y el carácter inmaterial del software permite su reproducción a coste marginal despreciable, lo que, a su vez, multiplica la productividad de todas las máquinas y todos los individuos en los que ese software “se instala”.

¿Por qué sigue la gente estudiando si sólo se necesitarán unos pocos individuos muy preparados para ese futuro y, por tanto, las capacidades que adquieren no se traducirán en una mayor productividad de la Economía? En parte porque obtener títulos universitarios se ha convertido en un “juego suma cero”, como tomar la hormona del crecimiento. Se trata, simplemente, de no ser el más bajito del grupo. Pero, en esa carrera se despilfarran enormes cantidades de recursos (los que se gastan en todos aquellos individuos formados que no podrán recibir salarios acordes con su formación) y, lo que es peor, se elevan los costes de formar a los que sí ocuparan estos puestos y se exacerban las diferencias salariales porque los que ocupen los puestos podrán exigir salarios cada vez más altos si hay competencia entre las empresas por contratar a los “más” brillantes. Y los trabajos que no requieren capacidades o formación especializada pagarán salarios cada vez más bajos en respuesta a las relaciones de oferta y demanda.

¿Debemos dejar de obsesionarnos porque todo el mundo tenga una formación intelectual elevada? No. Pero no porque vayan a encontrar mejores trabajos o mejor pagados, sino porque vivirán “mejores vidas” o como dice el art. 10 CE, la educación les permitirá un más pleno y libre “desarrollo de su personalidad” como individuos fuera del trabajo. Eso dice Adair Turner en esta columna.

Quizá Turner no acierte del todo. Debemos proporcionar a todos una educación para asegurarles una oportunidad de encontrar un trabajo que les permita desarrollar su personalidad y que les permita “ganarse bien” la vida, esto es, recibir un buen salario, aún a sabiendas de que muy pocos conseguirán un empleo así en las empresas existentes. No queremos – como parece sugerir Turner – que la gente, en grandes números, estudie cosas como historia del fútbol o papiroflexia aunque eso les permita realizarse como seres humanos. Seguimos queriendo que la gente estudie ingeniería, matemáticas, historia, economía, filosofía y física, química y biología o astronomía. Porque las necesidades humanas son insaciables y los que estudien esas cosas – y no papiroflexia o técnicas para coleccionar sellos – estarán en mejores condiciones para encontrar formas innovadoras de satisfacerlas y los humanos, satisfechos, seremos muy generosos con ellos.

Adair Turner, The Skills Delusion

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