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jueves, 13 de octubre de 2016

Medir el tiempo

Clock_machine_16th_century-Convent_of_Christ,Tomar,_Portugal
By Jose Manuel - Own work, CC BY-SA 4.0,

En esta columna de Voxeu, Lars Boerner, Battista Severgnini resumen un trabajo en el que nos cuentan que las máquinas para medir el paso del tiempo, o sea, los relojes que comenzaron a instalarse en lugares públicos al final de la Edad Media (“one of the most important technologies ever invented in history”), constituyen un caso excelente para estudiar los efectos sobre el crecimiento económico de las “máquinas” o tecnologías de uso general. A partir de la paradoja de Solow (“se ven ordenadores en todas partes menos en las estadísticas sobre productividad”) explican que Paul David tenía razón y que los efectos – enormes – de una nueva tecnología de uso general tardan en verse reflejados en la productividad porque, precisamente por su uso general, necesitan ser adoptadas masivamente y en las diferentes actividades productivas para que tales mejoras de productividad se logren. Piensen en la imprenta. En otros términos, en la medida en que la nueva tecnología no produce ni mejora un producto o servicio no disponible previamente o disponible sólo a un elevado coste, los aumentos de productividad se logran sólo si esa tecnología se incorpora a la producción de otros bienes o servicios.

Su estudio conduce a la conclusión de que
“los relojes mecánicos públicos (situados, normalmente en la plaza mayor de un pueblo, en el edificio del ayuntamiento) tuvieron un gran impacto en las zonas donde se instalaron más tempranamente… y comparado con otras ciudades, las que tuvieron reloj antes de 1450 (a partir de 1283), presentan tasas de crecimiento mayores en un 30 % que otras durante el período de 1500-1700”
¿Cómo puede aumentar la productividad de los habitantes de una zona disponer de un reloj mecánico? Porque, antes de su invención, la gente utilizaba relojes de sol, por ejemplo, para saber qué hora era. Los relojes de sol tenían el inconveniente de que solo daban la hora durante las horas de sol y dependían del tiempo que hiciera de modo que “cuán larga era una hora variaba y la tecnología era menos fiable, lo que hizo que no se hiciera un uso intensivo. La gente se limitaba a utilizar indicaciones más simples del momento del día: amanecer, ocaso, mediodía”. La hora exacta podía calcularse con un astrolabio a partir de las posiciones de los astros.

Los autores dicen que estos relojes no tenía esfera y se limitaban a emitir un sonido cada hora (como las campanas de una iglesia), de manera que informaban a todos los habitantes de la hora del día. Y del mismo modo que las campanadas de la Iglesia avisaban a los habitantes de la hora de la misa (o el canto del muecín de la hora de la oración en los países musulmanes), el reloj permitía coordinar la actividad individual, esto es, saber que era la hora de la reunión municipal o que se iniciaba o terminaba el mercado. Con la introducción de los relojes, “se redujo el tiempo del mercado y se dividió por horas el acceso al mismo a los diferentes grupos de participantes (consumidores, comerciantes minoristas, mayoristas, comerciantes locales y comerciantes extranjeros etc). Con el paso del tiempo, se le sacó más partido a saber la hora que era en la coordinación de las conductas económicas de los individuos. Podían fijarse por anticipado el momento en el que se realizarían las negociaciones o la entrega o recepción de mercancías lo que facilitaba la planificación individual de cada una de las partes y reducía los costes de supervisión de la producción (se disponía de una forma de medir la productividad de los artesanos y compararla entre sí y se podía – para los trabajos en los que no había diferencia en la productividad de unos y otros – pagar “por horas”).

Su carácter de tecnología de uso general se refleja bien en que también se utilizó para reducir la competencia, reforzando el cumplimiento de las reglas sobre tiempo de trabajo y producción que imponían los gremios de artesanos.

En fin, si la puntualidad es valiosa, la existencia de estos relojes públicos redujo los costes de ser puntual. Parecería que la relación de causalidad pudo ir también al revés, es decir, indujo el desarrollo de una cultura/moralización de la puntualidad al volverse más “saliente” ésta características gracias a que la hora que era se convirtió en “conocimiento común” lo que pudo inducir a los vecinos a sincronizar más sus actividades y a considerar más intolerable la conducta impuntual, sobre todo si la medición del tiempo mejoró las posibilidades de medir el desempeño de cada uno en sus tareas.

Es interesante destacar que la construcción de estos relojes no vino provocada por un deseo racional de los comerciantes de mejorar la productividad de su actividad, sino movida por las pasiones humanas más elementales: “la motivación para la difusión de relojes públicos en las ciudades tardo-medievales, al menos durante el siglo XIV fue principalmente el prestigio. Los relojes los financiaban los señores o los nobles que gobernaban la ciudad. Eran el orgullo de las ciudades y mostraban al mundo lo abiertas y amantes del progreso que eran”.

Y también es interesante observar que, teniendo España (supongo que se incluyen todos los reinos de la península ibérica) un gran número de ciudades hacia 1400, sólo en 8 de ellas se instalaron relojes antes de 1450, ¡quizá por eso seamos hoy menos productivos y puntuales!
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Lars Boerner/Battista Severgnini, Time for Growth, 2015

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