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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Ganar las elecciones no te hace menos despreciable

la conjura

Creo que conozco las explicaciones más convincentes del auge del populismo de derechas e izquierdas en Occidente. La última es que cada vez hay menos gente trabajando. Espero que me expliquen por qué los que no trabajan tienden a votar a sujetos despreciables, pero, sean o no convincentes, lo que no veo es la utilidad de tales explicaciones.

Me recuerdan a cuando, en los años ochenta, se intentaba explicar el terrorismo. Porque había razones que explicaban por qué un 20 % de la población vasca votaba a un partido que apoyaba explícitamente que se matara a gente como medio para avanzar proyectos políticos. Los periódicos anglosajones los llamaban “separatistas”, nunca terroristas. Y los expertos explicaban que ETA era una consecuencia de la desindustrialización, del tráfico de drogas o del fracaso escolar; de ansias insatisfechas de mayor autonomía o independencia y de la represión franquista, las torturas o los GAL. Y con esas mismas razones, la gente votaba tranquilamente al PNV – el 30-40 % de los votantes vascos – que consideraba a los que apoyaban el terrorismo como unos parientes díscolos a los que había que traer de vuelta al redil, aunque fuera a costa de dejar desasistidas a las víctimas de esos parientes feroces.

Supongo que habrá muchas explicaciones para que la gente vote a Trump, Le Pen, Orban,  Kazcynski, a la Liga Norte, a Bildu o a las CUP o a Podemos. Y, entre ellas, que sus oponentes políticos tienen muchos defectos. Estoy dispuesto a admitir que la gente se equivoca al votarlos la primera vez porque a todos nos pueden engañar (suelo decir que el populismo tiene solo un tiro porque, luego, la gente se da cuenta del engaño). A mí Erdogan me engañó, por ejemplo. Creí que podría crear la primera democracia liberal en un país islámico.

Lo que no estoy dispuesto a conceder es que el que vota a Bildu en 2016 y lo hace por cuarta o quinta vez en su vida; el que vuelve a llevar al gobierno a Orbán en Hungría o al gemelo que queda vivo en Polonia o los millones que han votado a Trump tras oír todo lo que hemos oído de ese sujeto en el último año son ciudadanos honestos engañados o ciudadanos legitimados para gritar en protesta por el actual estado de cosas. No. O son idiotas – como los que niegan la evolución – o son votantes indecentes porque, a diferencia del votante típico de un país subdesarrollado, no son analfabetos y han podido formarse una opinión razonablemente informada del sujeto al que votan.

De manera que sí, creo que en Estados Unidos hay 58 millones de sujetos que necesitan reformar sus creencias y opiniones sobre la organización de la vida en común. Como creo que hay millones de europeos que deben hacer lo propio. Y creo que los demás, los que suscribimos el comunicado de Merkel ante la elección de Trump o sus discursos de los últimos años, deberíamos plantarnos y decir a todos estos votantes que sus opiniones y creencias son despreciables y que haremos todo lo que esté en nuestras manos y en la Constitución para asegurar que no se reflejan en la ley, el Derecho y en la política económica o social.

Pero para que no asciendan al poder, es imprescindible que hagamos con ellos lo que hicimos con los vascos que apoyaban a ETA en los años noventa: señalarlos como indeseables y terminar cualquier trato con ellos salvo el que deriva de la aplicación estricta de la ley. Cuando entren en razón – nunca mejor dicho – estaremos encantados de recibirlos en la casa común.

Y, entretanto, hay que votar y, cuanto mayor sea el peligro de que accedan al poder, mayor la necesidad de unirnos en torno al candidato que defenderá la democracia liberal y el Estado de Derecho; que defenderá a las minorías. Muchos de “nuestros” políticos, sin embargo, no se enteran y no saben dónde está el enemigo de lo más preciado que tenemos. En esta época, y dentro de nuestras fronteras, el peligro número uno para lo más preciado que tenemos es el populismo. Pero como sigamos minusvalorando los riesgos, acabaremos viviendo una novela de Philip Roth o de Houellebecq

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