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martes, 6 de diciembre de 2016

Confianza estratégica y confianza como mandato moral

barca
La confianza se define como “disposición a permitir que las acciones de otros influyan en el propio bienestar” (Sobel), tener confianza, por tanto, es tener la convicción de que la otra parte actuará lealmente aunque no exista una constricción que le obligue a hacerlo”. Puede verse como una conducta estratégica (“nos conviene confiar dada la información disponible sobre el otro porque no confiar es peor”) o como una virtud moral en cuyo caso se formularía como
“un mandato moral que te ordena tratar a la gente como si fuera digna de confianza (de que te pongas en sus manos)
Parafraseando la golden rule o el imperativo moral kantiano, se formularía diciendo
“confía en los demás como querrías que los demás confiaran en tí”.
La gente, en estos términos, son los “extraños”, los que no son como uno y no pertenecen a tu familia.


Tiene mucho que ver con la idea de cumplimiento de las promesas. Si confiamos es porque creemos que los demás cumplirán sus promesas y, por tanto, si entregamos nuestra prestación – nos convertimos en acreedores – lo hacemos porque confiamos en que el otro cumplirá. El autor cita a Fukuyama quien, en su libro de 1995, formuló la idea de la confianza moralista diciendo que
“surge la confianza cuando una comunidad comparte un conjunto de valores morales de tal forma que crea expectativas regulares de conducta honrada y regular”.
Es decir, los valores morales compartidos crean en cada miembro de un grupo la confianza en que los otros miembros se comportarán de forma honrada – cumplirán los mandatos morales de no robar, cumplir las promesas, no lesionar etc – y que lo harán regularmente.

La existencia de valores morales compartidos – y cuyo incumplimiento se sanciona – reduce los costes de relacionarnos con otros porque “cree3mos que los demás no se aprovecharán de nosotros”. Así se calculan, por ejemplo, los costes sociales del robo.

Pero la relación entre ambas – confianza estratégica/confianza como mandato moral – y en contra de lo que parece afirmar el autor al oponerlas y al señalar las condiciones de posibilidad de la confianza (mucho más estrictas si la confianza es puramente estratégica) no es de oposición sino más bien de sucesión. La confianza como mandato o virtud moral sólo puede desarrollarse en un grupo y en una especie si, previamente, se han alcanzado niveles mínimos de confianza estratégica:

porque nos conviene confiar, la confianza se convierte en una conducta moralmente debida

esto es, la evolución genética y cultural favorecerán su internalización como una conducta intuitiva para cuya vigencia no hace falta un proceso racional por parte del actor. Basta con aplicar una regla heurística que, naturalmente, se pondrá en marcha siempre que el entorno (relaciones con otro miembro del mismo grupo) lo propicie.

Las demás diferencias se explican igualmente desde este planteamiento evolutivo. Por ejemplo, el carácter bilateral de la primera (X confía en Y porque le conviene, es decir, porque obtendrá una ganancia de la relación a la luz de la información disponible sobre Y y el cálculo de probabilidades de que cumpla) frente al carácter omnilateral de la segunda (X confía en cualquiera de los miembros del grupo). También el hecho de que la estratégica sea una “previsión” del comportamiento de la otra parte mientras que la moral sea un cálculo sobre la conducta debida por la otra parte; la confianza como mandato moral presupone que los demás son como tú y que tú eres una persona digna de confianza, etc.

En relación con la contraposición entre confianza generalizada y confianza particularizada, el autor nos dice que éstas se refieren a cuán grande es el grupo de los que forman la “comunidad” en la que se puede confiar. Por tanto, es una clasificación distinta de la que se realiza entre confianza estratégica y confianza moralista. Pero “la confianza generalizada crece y disminuye, aunque sea relativamente estable. La confianza moralista es un valor más permanente”.

La relación entre optimismo y confianza

En otras ocasiones nos hemos referido a que en España – y en otros países del sur de Europa – los niveles de confianza generalizada (número de personas que contestan afirmativamente a la pregunta: “la mayoría de la gente es digna de confianza”) son bajos y que – parece – los niveles de confianza generalizada están correlacionados e incluso en relación causal – con el nivel de desarrollo económico. El autor utiliza unos sondeos para examinar la relación entre optimismo (creer que el futuro será mejor que el presente; que podemos controlar nuestro entorno para mejorarlo; que vivimos bien y que podemos encontrar solidaridad en el grupo en el que vivimos) y confianza generalizada y parece que “los valores del optimismo y del control están entre los más importantes determinantes del nivel de confianza generalizada” en una Sociedad: los optimistas (no los más ricos ni a los que les ha ido mejor en la vida) confían más en la gente en general que los pesimistas “tu visión del mundo es lo que determina si confías en la gente, no tus recursos”

¿Por qué puede ser importante la distinción?

Porque la confianza estratégica no asegura comportamientos altruistas que, sin embargo, mejoran el bienestar social. La confianza estratégica no, pero la confianza moralista sí nos lleva a emprender proyectos económicos o culturales, a ayudar al prójimo o a trabajar como voluntario “estas dos (últimas) actividades evocan un sentido de confianza generalizada y moralista y aumentan el sentido de dignidad – valor moral – de la gente… los que más confían en la gente hacen más trabajo voluntario y son más generosos con su dinero que los que no confían en la gente”.
Y esas conductas refuerzan, a su vez, la vigencia del mandato moral en esa Sociedad.
Lo que el autor subraya de forma especialmente marcada es que

no es la participación en la vida social lo que conduce a una extensión de la confianza generalizada entre los miembros de esa Sociedad

porque muy bien podría ocurrir que esa participación llevase a mayores niveles de confianza particularizada (piénsese en el Pais Vasco en la época del terrorismo) y a menor nivel de confianza generalizada: “buena parte de las redes de participación en actividades sociales, informales o formalizadas, son callejones sin salida. No consumen ni producen confianza. Simplemente, se dan”. Y su análisis a partir de los sondeos de opinión sobre valores le llevan a concluir que “muy pocos tipos de participación en la vida social llevan a la gente a confiar más”. Sin embargo, “el nivel de confianza es de la mayor importancia en aquellas actividades que reflejan el compromiso máximo con la comunidad”

La correspondencia entre confianza y optimismo y entre confianza y generosidad y comportamiento altruista se extiende también a la tolerancia (aceptación de las personas que no son como uno). Las personas que dicen que “la mayoría de la gente merece que se confíe en ella”

son también más tolerantes.

Así, por ejemplo, “los que más confían en la gente suelen apoyar las políticas de discriminación positiva, no porque sean de izquierdas, sino porque no creen que esas políticas que benefician a miembros de minorías tradicionalmente discriminadas vayan a suponer que se les prive a ellos o a sus familias de oportunidades en la vida”. Y la aceptación del diferente es una gran palanca de la cooperación en los grupos. Si una más intensa cooperación aumenta la producción del grupo, se entiende por qué los grupos sociales poblados de individuos que confían más son también más productivos y alcanzan mayores niveles de bienestar social. También son, nos dice el autor, los más fervientes apoyos del Estado de Derecho y del cumplimiento voluntario de las leyes (es decir, de aquellas cuyo enforcement es poco probable, como la obligación de entregar en objetos perdidos lo hallado en la calle o dejar tu tarjeta cuando golpeas accidentalmente el coche aparcado al lado del tuyo). En fin, los que más confían también son los más dispuestos a apoyar políticas de redistribución de la renta.

Ni que decir tiene que sociedades más igualitarias son sociedades más pobladas de individuos que confían generalizadamente en los demás. Simplemente, hay una mayor sensación de que “vamos todos en el mismo barco”. Los superricos y los pobres no se consideran a bordo del mismo barco. Por eso, sociedades muy desiguales no presentan altos niveles de confianza generalizada.

Esta correspondencia sugiere que las personas que más confían desconfíen de los populismos y los que menos confían voten a partidos populistas. Estos se basan en negar la existencia de unos valores comunes a toda la Sociedad; en subrayar la existencia de una división en la Sociedad que no puede superarse y en la imposición de la regla de la mayoría (o minoría) hegemónica. Todo ello es incompatible con la visión optimista y tolerante de los miembros de la sociedad más confiados. Por el contrario, los que más confían, tratan de deshacer los subgrupos o facciones en el seno de una Sociedad.

Uslaner, Eric M., The Moral Foundations of Trust September 2002

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