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martes, 7 de febrero de 2017

La poción antibalas y la opacidad causal

Milicien FDLR. Photo africa.jeuneafrique.com

Las creencias sobrenaturales persisten porque mejoran las posibilidades de supervivencia de los individuos que las tienen. Y, a menudo, a través de la vía oblicua de mejorar la supervivencia del grupo aunque sea a costa del sacrificio individual. El dominio de las religiones monoteístas se explica por este tipo de razones: inducen conductas cooperativas en mayor medida que las politeístas. Pero, en general, la religión favorece las conductas prosociales.

La disposición de los individuos a sacrificar su interés – y a veces la vida – en el altar del interés del grupo no requiere afirmar que estamos cargados por la evolución con un componente altruista. Sacrificar el interés individual en interés del grupo es una forma de avanzar el interés individual cuando la supervivencia individual depende de que el grupo sobreviva. Cuando la mejor forma de obtener que tiene cada individuo de conseguir alimentos regularmente es cazando o recolectando en grupo; cuando la mejor forma de afrontar de superar los accidentes y enfrentar a la naturaleza y a los grupos enemigos es agrupando esfuerzos; cuando la mejor forma de que los menores lleguen a la edad de reproducción es asegurando que todo el grupo vela por los menores, no tiene nada de extraño que las conductas cooperativas se vuelvan intuitivas y se seleccionen por la evolución los rasgos correspondientes.

En este trabajo, secuela de otro brillante que resumimos en esta entrada, Sánchez de la Sierra y Nunn nos narran una historia fascinante. La de los pueblos del este del Congo, una zona dejada realmente de la mano de Dios. Uno de esos poblados – como el de la foto – sufría los ataques de grupos guerrilleros (sobre todo hutus desplazados desde Rwanda) que se daban al pillaje y al asesinato de los habitantes. Las posibilidades de autodefensa de éstos eran muy limitadas porque no tenían más armas que machetes y los asaltantes disponían de armas de fuego. Un anciano del poblado tuvo un sueño (los había tenido antes) y era éste que podía formular una poción que haría que el que la tomase – como Astérix – resultaría invencible porque las balas no podrían matarlo. O sea, una poción mágica que garantizaba la invulnerabilidad. El anciano se va a la selva, recoge hierbas y raíces, realiza unos rituales, prepara la poción, la prueba con una cabra y el “experimento” sale bien porque disparan a la cabra pero la cabra sobrevive (este punto no está bien contado, porque si los habitantes del poblado no disponían de armas de fuego ¿con qué dispararon a la cabra? y, por otro lado, ¿cómo es posible que la cabra sobreviviese? Quizá el experimento no tuvo lugar realmente o no tuvo lugar a la vista de todos los del poblado sino que es, a su vez, parte de la historia contada por el anciano).

El caso es que el anciano consigue convencer a los pobladores que, cuando vuelvan a atacar los hutus, aquellos que hubieran tomado la poción mágica serán invulnerables a las balas. El convencimiento hace que, cuando se produce el ataque, los adultos varones jóvenes, en lugar de hacer lo que hacían en ocasiones así – huir despavoridos del poblado –, se enfrentan a los asaltantes. Probablemente, éstos, sorprendidos por la reacción inhabitual de los pobladores, quedan desconcertados y sufren una derrota o, al menos, no obtienen una victoria tan completa como en ocasiones anteriores. Aunque los pobladores sufren bajas, no sufren una derrota completa. Matan a algunos de los asaltantes y se apoderan de alguna de sus armas. Están mejor preparados para el siguiente ataque y, los asaltantes “recalculan” el coste-beneficio de asaltar ese poblado en comparación con otros. De manera que, en el largo plazo, el poblado se libra de esos asaltos. Nos dice Sánchez de la Sierra que, en 2015, cuando hizo su investigación de campo, el poblado llevaba dos años sin sufrir asaltos.

Ocurre aquí como en el caso en el que un vecino de la escalera pone una puerta blindada. Los ladrones, ceteris paribus, elegirán otra vivienda para robar si el coste de entrar a la que ahora tiene la puerta blindada ha aumentado. En el caso de la pócima, sin embargo, no se trata de una competencia, en buena medida, destructiva – como en el de las viviendas en donde todos acaban con la puerta blindada (gasto) y con las mismas probabilidades de ser asaltados por los ladrones – ya que la mayor capacidad de autodefensa de los poblados, reduce la potencia de los asaltantes como consecuencia de las bajas que experimentan cada vez que hacen un asalto, de manera que los poblados más fuertes generan una externalidad positiva sobre los más débiles ya que debilitan a los atacantes.

Nos dicen los autores que este anciano no era el único “emprendedor social”. Los asaltos eran cuestión de vida o muerte para el poblado y otros ancianos habían adquirido la categoría de “doctores-brujos” inventando mecanismos para aumentar la capacidad de resistencia frente a los atacantes. Esto tiene interés para explicar cómo se extienden las creencias en la población. Hay emprendedores que las elaboran y el “éxito” (el emprendedor que satisface la necesidad de los consumidores) explica cuál prevalece. En el caso, la poción mágica que hizo invulnerable a la cabra.

La eficacia de la poción mágica no queda desmentida por el hecho de que algunos de los jóvenes del poblado murieran por balas de los asaltantes. La teoría se salva porque los pobladores se convencen de que los defensores muertos “hicieron algo mal” al tomar la poción. Tomar la poción no era como tomar una pastilla (o beber un traguito de la botellita que Astérix llevaba en su cinturón) sino que requería del cumplimiento de un complicado ritual. De manera que, cuando se contaban los muertos en el ataque, era fácil racionalizar esos muertos (sesgo retrospectivo) “completando” el recuerdo de la conducta de los fallecidos asociándola con errores u omisiones en el ritual de toma de la poción.

Y es que un elemento muy importante de estas creencias es la complejidad de los rituales necesarios para que la magia o la creencia sobrenatural tenga efectos. Los humanos tenemos una asombrosa capacidad para construir patrones, es decir, para asociar fenómenos entre sí y, naturalmente, para asociarlos causalmente. Pero sufren un enorme problema de opacidad causal, es decir, son incapaces de desentrañar las relaciones causa-efecto entre dos fenómenos aunque no puedan evitar pensar en los fenómenos en estos términos, probablemente porque es muy eficiente para aumentar la supervivencia (frente a considerar que todo es aleatorio y fortuito). La apariencia más potente de causalidad la proporciona la contigüidad espacial y temporal de dos fenómenos. Si los jóvenes tomaron la poción mágica, sufrieron el ataque y sobrevivieron, es fácil deducir que lo hicieron porque habían tomado la poción mágica. Henrich explica que, cuando sufres opacidad causal (no sabes qué es lo que causa el efecto pero sabes que los dos fenómenos aparecen contiguamente), los rituales tienen un valor muy importante y es el de asegurar que se logrará el efecto pretendido cuando no sabes cuál de un conjunto de conductas es la que lo provoca. Como hemos resumido en otro lugar

El mejor ejemplo de cómo un procedimiento se vuelve un fin en sí mismo porque los que lo utilizan no conocen las relaciones causales entre las actividades (los “pasos” del procedimiento) que realizan y los resultados que observan nos lo proporciona Joseph Henrich a propósito del procesamiento de la mandioca, un alimento de consumo ordinario entre las tribus primitivas americanas. La mandioca es venenosa si se consume sin procesar. Pues bien, el proceso de destoxificación se realiza por estas tribus siguiendo un elaborado ritual con decenas de pasos que han de realizarse en un estricto orden y en la forma exactamente prescrita por la tradición. Un individuo cuya conducta no fuera producto de la evolución cultural, observaría el procedimiento y eliminaría algunos de los pasos – los que le parecieran inútiles – y acortaría otros. Pero los indígenas que consumen este vegetal se atienen estrictamente a la tradición, porque no saben qué efectos tiene en el largo plazo cada uno de los pasos y qué sucedería si se eliminan del procesamiento del alimento. Y como el peor resultado puede ser el de sufrir el envenenamiento (que no acaece porque se consuma una pequeña cantidad, sino porque se consuma el producto sin procesar adecuadamente durante un período largo de tiempo), se atienen al procedimiento aunque, a los ojos de un observador, éste sea irracional. Un “científico” habría establecido las relaciones de causalidad (ej., hervir el producto durante 10 minutos elimina la toxina) y habría suprimido todos los pasos superfluos del procedimiento.

Los incentivos para omitir los pasos pueden ser muy elevados si el proceso es muy complejo. De ahí que, para reforzar el cumplimiento del ritual sea conveniente enlazarlo con la religión. En los pueblos primitivos, la religión es la ligazón de los vivos con los que nos antecedieron y con los que nos seguirán sobre la tierra, de manera que cumplir fielmente el ritual heredado de los ancestros es no solo eficaz para la supervivencia sino también buena conducta religiosa. De hecho, cuenta Henrich que cuando la mandioca se transportó a África para utilizarla como alimento para los esclavos que se trasladaban a América y se empezó a cultivar en África, la opacidad causal ha provocado que, aún hoy, se produzcan envenenamientos por mandioca en este continente.

La relación causal entre el éxito defensivo de los pobladores y la poción mágica – y el ritual correspondiente – puede explicarse por los efectos del sentimiento de invulnerabilidad que experimentaban los jóvenes del poblado exactamente igual que un batallón cuyos soldados vayan equipados con un chaleco antibalas tienen más éxito en la batalla que el mismo batallón sin el chaleco antibalas: pueden arriesgar más y ser más eficaces en su ataque. De manera que la profecía se “autocumple” y se refuerza el sentimiento de invulnerabilidad y la creencia en el poder de la poción. Dicen los autores:

El ritual permitió a la comunidad movilizar a los combatientes alterando sus creencias sobre la probabilidad de que murieran en combate. Mientras que, a nivel individual, esta falsa creencia es costosa - hace que los individuos subestimen el riesgo del combate - permitió a la comunidad movilizarse contra los agresores y erradicarlos con éxito. Así, aunque perjudicial para algunos, el ritual era beneficioso para la comunidad…

A continuación, los autores formalizan esta idea en términos de producción de un bien público (public good). Como es sabido, los bienes públicos se producen en cuantía subóptima y los mecanismos sociales que incrementan la cooperación (el sacrificio del interés individual en beneficio del grupo) permiten aumentar la producción de los bienes públicos que, como tales, benefician a los individuos que forman parte del grupo sin que los niveles de cooperación se vean afectados por la distribución de los beneficios que genera el bien público producido. Es más, el simple establecimiento de un fin común incrementa la cooperación entre los miembros del grupo al que se le ha fijado el objetivo común. Añaden los autores:

La creencia en la invulnerabilidad sirve para disminuir los costes percibidos del esfuerzo individual en la lucha contra los asaltantes. Si el individuo cree que está protegido frente a las balas del enemigo, los costes percibidos de ser más valiente y de esforzarse más en la batalla se reducen, lo que da como resultado un mayor esfuerzo por parte de todos los individuos y un incremento en la producción del bien público que acerca ésta al óptimo.

Y concluye que si hay selección cultural a nivel de grupos (lo que no discute nadie, lo que se discute es si hay selección natural en el nivel del grupo o sólo en el nivel genético o individual),

“las aldeas con la creencia falsa de la invulnerabilidad frente a las balas tienen más posibilidades de sobrevivir, de manera que podemos esperar que la creencia se extienda entre la población. La imitación por parte de otros poblados haría el resto si las falsas creencias aumentan las posibilidades de supervivencias”

Además, las aldeas son de pequeño tamaño y muy homogéneas, con escasa migración entre ellas lo que facilita la extensión de las creencias a todos los miembros del grupo. Añade el autor que la pócima antibalas fue una evolución de otros rituales que existían para proteger a los guerreros frente a los machetes pero que no podían funcionar frente al disparo de un fusil por razones obvias (obvias incluso para el que está dispuesto a creer en la magia). Y que existen muchas variaciones de rituales mágicos para vencer al enemigo. El autor enumera tácticas para asustar al enemigo o despistarlo, para hacer invisibles a los propios guerreros durante el combate o para evitar que deserten o para facilitar la comunicación entre ellos o para asegurar que los civiles apoyan a los guerreros. Incluso “para parar helicópteros en el aire”.

La cuestión es si el hecho de que las creencias sean falsas es la cuestión relevante. Parecería que el hecho de que sean verdaderas o falsas causalmente es irrelevante. Lo que importa es que los individuos las internalicen y que generen las conductas prosociales que mejoran las posibilidades de éxito del grupo. Porque lo que causa el aumento de la tasa de éxito del grupo no es la conducta en sí o su racionalidad o carácter científico, sino los efectos del ritual sobre las creencias y los comportamientos de los individuos. Y esa eficacia no requiere de la racionalidad. Es suficiente con su verosimilitud (como dice el autor, con que sea difícil demostrar que son falsas lo que se logra haciéndolas muy complicadas y recitando los requisitos de forma ambigua para poder decir fácilmente ex post que el que murió entendió mal el ritual) y con un elevado índice de opacidad causal que impida descartar fácilmente la existencia de cualquier relación causal entre el ritual y los resultados beneficiosos para el grupo.

Por último, Sánchez de la Sierra llama la atención sobre la utilidad de estas creencias y rituales para favorecer conductas prosociales o, más exactamente, para disuadir de conductas antisociales. Un ritual que permite maldecir a alguien o provocarle enfermedades – volverle loco - o la muerte eleva los costes de los ladrones y asesinos que han de contar con que la víctima de sus delitos se vengue de esa forma. Basta con que exista una probabilidad razonable de que el delincuente sufra alguno de esos males (entre otros motivos, por ejemplo, porque el ritual haga pública la comisión del delito y facilite, por tanto, que se descubra al delincuente) por la razón que sea para lograr una reducción de esas conductas antisociales en el seno del grupo. Dice el autor que, en definitiva, se eleva el coste de la conducta antisocial.

En definitiva, quizá el hecho de que las creencias sean falsas o verdaderas no sea la cuestión relevante. Lo relevante para su extensión entre la población es que incrementen los niveles de cooperación en el seno del grupo generando conductas prosociales y, con ello, aumenten la producción de bienes públicos. Que sean falsas es lo de menos mientras los creyentes sufran de opacidad causal y existan niveles mínimos de asociación entre los resultados beneficiosos para el grupo y la conducta milagrosa. Las creencias que serán abandonadas no lo serán por su componente de falsedad o veracidad, sino por su ineficacia. Imagínese que la primera vez que se utiliza el ritual y se ingiere la pócima, los atacantes tienen más éxito en su pillaje que en ataques anteriores y que los jóvenes del pueblo que les han hecho frente son masacrados. No creemos que los autores hubieran podido contarnos esta fascinante historia. Estas prácticas mágicas deberían, pues, estudiarse junto con cualesquiera otros rituales colectivos como la celebración de fiestas, bailes etc que sirven a aumentar la identificación de los individuos con los objetivos del grupo.

Nathan Nunn/Raul Sanchez de la Sierra, Why Being Wrong can be Right: Magical Warfare Technologies and the Persistence of False Beliefs,  2017

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