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miércoles, 26 de abril de 2017

Algunas citas de “Territorio”, de Miguel Sáenz

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La separación entre casino de oficiales y suboficiales era absoluta pero…

“los niños era otra historia. La edad imponía un sistema mucho más democrático y nadie se preocupaba de quién era hijo de quién, aunque naturalmente se supiera. Durante mucho tiempo no comprendí que a nuestro padre (sin llegar a prohibírnoslo expresamente) no le gustara que sus hijos fuéramos a las fiestas del casino de suboficiales, a pesar de que… probablemente… eran mucho más divertidas. Un día mi padre me lo explicó: <<Cuando hay fiestas, hay alcohol, y es muy fácil que la gente se pase de la raya. Cualquier incidente entre un oficial y un suboficial, o entre sus familiares, puede ser delicado. La democracia no consiste en tutear a un subordinado si el subordinado no puede tutearte a ti. Ningún suboficial se atrevería a entrar en el casino de oficiales… Y el respeto tiene que ser mutuo>>”

Frase de su padre:

<<soy como un sastre que se ha pasado la vida especializándose en cortar levitas y, de repente, se encuentra con que la levita ya no se lleva>>
Sobre la función de su padre, encargado de las relaciones con la población indígena de Ifni al que planteaban “asuntos o querellas, algunas a veces inmemoriales” y

la corrupción de los políticos

“Sospecho que los recursos empleados en esas negociaciones eran la deferencia, la atención, la inteligente contraposición de opiniones y, en algún caso, un delicado regalo consistente en antiguos riales marroquíes que podían fundirse para fabricar objetos de plata de excelente ley. (Más adelante, la plata llegaba, al parecer, en láminas, de la Casa de la Moneda). Otro excelente regalo eran los pilones de azúcar, indispensables para hacer un buen té. Política indígena…. La verdad es que no sé gran cosa de política indígena y no estoy seguro de que nadie entonces supiera nada”…
“Mi padre, acostumbrado a la generosidad árabe y a su ancestral tendencia al regalo, tuvo durante toda su vida un método infalible para rechazar, sin ofender, cualquier presente: ante las protestas de amistad y desinterés del donante, mi padre decía siempre algo así como: <<Sé que tu regalo no es más que una expresión de amistad y que no hay en él ningún motivo interesado, pero mi religión es estricta: mientras ocupe el cargo que ocupo, no puedo aceptar nada de nadie. Guárdamelo: el día en que me vaya del Territorio definitivamente, me lo podrás dar y lo aceptaré encantado”

Sobre los criados del Gobernador

“El gobernador (de Ifni, el coronel Bermejo) tenía dos criados personales muy distintos: uno era el Tufos, un esclavo negro que había comprado en el Sáhara para liberarlo, pero que toda su vida se siguió considerando esclavo suyo y solo se enfadaba cuando, en alusión a sus rizadas patillas, alguien lo llamaba así, Tufos… Supe luego, o quizá entonces, que el coronel Bermejo nunca ascendió a general, a pesar de sobrarle méritos por todos lados, por el simple hecho de que su bellísima mujer norteamericana era una divorciada

Sobre su padre – general con Franco – y su tío – general republicano:

“La historia de los dos hermanos de la que quiero hablar – mi padre y mi tío Eduardo – parece ideada por algún novelista no demasiado original. Los dos, militares; y los dos, el 18 de julio, en bandos opuestos, por simple casualidad geográfica. Lo más notable es que toda la vida se quisieron mucho y que jamás discutían de política. Mi padre tuvo la suerte de estar en el bando ganador y la consecuencia fue que, aunque inválido, hizo una carrera brillante, primero en el Tánger <<español>>, luego como administrador del Territorio de Ifni y, finalmente, como interventor del Rif en Alhucemas y gobernador militar de toda una serie de ciudades españolas cuando acabó su aventura africanista.
Mi tío Eduardo, de la promoción de Franco (al que llevaba muchos puntos de ventaja), hombre culto y buen estratega (en las librerías de viejo se encuentran aún sus Reflexiones sobre el arte de la guerra), perteneció a la jefatura del Ejército Republicano de Levante y, al terminar la guerra, fue condenado a muerte por un delito de rebelión consistente en no haberse rebelado. Sin embargo, Franco cumplió la promesa, que al parecer había hecho una vez, de no permitir que fusilaran a ninguno de sus compañeros de promoción y lo indultó. Y así conoció mi tío el sistema penitenciario español en las olvidadas minas de oro de Rodalquilar en Almería. Tras cumplir una condena relativamente breve, salió de la cárcel por aplicación de alguna amnistía, pero cometió el error de participar en una conspiración contra el régimen. Volvió a ser condenado a muerte, y Franco, siempre en sus trece, lo volvió a indultar. Entonces mi tío fue a parar a Cuelgamuros, el lugar donde los presos políticos levantaban el conjunto monumental del Valle de los Caídos. Tuvo la suerte de poder trabajar en la biblioteca de los benedictinos encargados de la basílica, y en un par de años redimió la pena con su trabajo y quedó libre. Sin embargo, cuando volvió a la vida civil, ya era un hombre acabado.
La historia es tan esquemática que casi parece falsa, pero no lo es. Y la pregunta inmediata es: ¿qué habría ocurrido si la suerte hubiera invertido los papeles? La respuesta me parece clara: una guerra civil es, en gran parte, una partida de dados”

En fin, sobre la vejez

“Una de las experiencias más triste de mi vida fue… ver a mi padre ya jubilado, en alguna cafetería madrileña, resolviendo sin pausa crucigramas. No leía casi: pretendía que cualquier libro nuevo se le olvidaba a la media hora, y que en realidad le hubiera dado igual leer siempre el mismo libro”.
9788494552625

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