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jueves, 15 de junio de 2017

¿En qué momento se había jodido la globalización?

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Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la Plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe.
Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral

Empieza este trabajo Dani Rodrik de forma semejante a la novela de Vargas Llosa: todo parecía ir por buen camino en la globalización. Las economías nacionales se abrían al comercio internacional, los países subdesarrollados dejaban de serlo y miles de millones abandonaban la pobreza extrema. El Estado de Derecho y la democracia liberal se extendían. Dentro de las fronteras nacionales, gobiernos centristas reforzaban el Estado del Bienestar, la inclusión y reducían la desigualdad. Tras la Gran Recesión de 2007, todo cambió: vuelta al proteccionismo, desigualdad creciente – sobre todo en los países anglosajones – y ascenso de los populismos de derecha e izquierda con una agenda antiinmigración y anti Estado de Derecho respectivamente. Brexit, Trump. Y, en los países menos ricos, extensión y reforzamiento de los gobiernos autoritarios. Putin y Orban. En los países musulmanes, la primavera árabe acabó en un invierno ominoso de guerras civiles y dictaduras con extensión del terrorismo que alcanza la fuerza de un Estado. La democracia liberal pierde terreno. En Estados Unidos, la parálisis derivada – Fukuyama – de la decadencia de su sistema de gobierno. Todos estos efectos se resumen en dos: la globalización ha sido buena para el mundo pero ha dividido a la población de los países desarrollados creando ganadores y perdedores a lo largo de diferentes ejes divisorios (geográficos, formados/no formados; sectores manufactureros/sector financiero; ancianos/jóvenes etc) lo que se ha traducido en el ámbito político en un crecimiento de los extremos y del nacionalismo y un derrumbe de los partidos tradicionales que ocupaban el centro político.

Tras definir populismo, sostiene Rodrik que su ascenso era un fenómeno predecible y que se explica, en parte, como una reacción frente a la globalización: “las etapas avanzadas de la globalización son propensas a una reacción populista”. Lo que no es predecible es la forma – de izquierda o derecha – en que se manifestará el populismo:
Es más fácil para los políticos populistas movilizarse a lo largo de divisiones étnico-nacionales / culturales cuando el choque de la globalización se hace patente en la forma de la inmigración y los refugiados. Eso es en gran parte la historia de los países avanzados en Europa. Por otro lado, es más fácil movilizarse a lo largo de las líneas de ingreso / clase social cuando el choque de la globalización toma la forma principalmente de comercio, finanzas e inversión extranjera. Eso a su vez es el caso del sur de Europa y de América Latina.
Pero puedes tener de las dos cuando la globalización se manifiesta en ambos tipos de consecuencias, esto es, en un ascenso de la inmigración y en un aumento de la desigualdad. Tal parece el caso de Estados Unidos (Trump/Sanders). Remitiéndose a un trabajo muy reciente de Rodrik con Mukand, dice que los populistas movilizan el apoyo del público explotando una de las dos siguientes divisiones (que enfrentan al pueblo con unos “enemigos del pueblo” diferentes en cada caso). Si los populistas juegan la baza identitaria, entonces los enemigos del pueblo son los extranjeros o las minorías (populismo de derechas). Los populistas que juegan la baza de los ingresos (ricos/pobres) colocan como enemigos del pueblo a los ricos y a las grandes compañías. Son populistas de izquierda. Lo que importa es que, incluso en el populismo de derechas, el verdadero origen de su ascenso puede estar en una razón económica – en la globalización – aunque se exprese identitariamente (eso es lo que ha permitido a Trump engañar a sus electores haciéndoles creer que es uno de los suyos)

A continuación, Rodrik resume la primera globalización, la que tuvo lugar en el siglo XIX y acabó (empezó a acabar en el último cuarto del siglo XIX) con la 1ª Guerra Mundial. La reacción frente a la primera globalización fue “de derechas y de izquierdas”. Cita a Frieden (2006): “los comunistas escogieron la vía de la reforma social de la economía internacional y los fascistas y nazis la afirmación nacional”.

La globalización provoca esas reacciones por los efectos redistributivos en el seno de las naciones-estado (de las comunidades políticas nacionales) de la exposición al comercio internacional. Los ciudadanos que producen bienes expuestos a la competencia internacional pierden y pierden más, individualmente, que lo que ganan como consecuencia de las ganancias que acrecen a todos al abrirse el país al comercio internacional. En el caso de los Estados Unidos, los trabajadores no cualificados resultan perjudicados necesariamente por la liberalización del comercio. Simplemente, su activo – su fuerza de  trabajo – se deprecia. Otros efectos redistributivos se producen en el seno de una industria (aquellas empresas en las que los equipos – el emparejamiento entre obreros y gestores – son más eficientes se salvan y las más ineficientes, no). “La redistribución es la otra cara de la moneda que son las ganancias del comercio”. Y el problema es que, a medida que se liberaliza el comercio, las subsiguientes medidas de apertura proporcionan ganancias menores que, en algunos casos, pueden no ser suficientes para compensar los costes que generan en términos de redistribución:
Dado que un arancel a las importaciones es un impuesto sobre las importaciones, la misma convexidad (que se produce cuando se introduce un impuesto) se aplica también a los aranceles. Los pequeños aranceles tienen efectos distorsionadores muy pequeños; los grandes aranceles tienen efectos negativos muy grandes. En consecuencia, las ganancias de eficiencia de la liberalización del comercio se hacen cada vez más pequeñas a medida que las barreras disminuyen.
Pero los efectos redistributivos son lineares, es decir, no se hacen muy pequeños porque la liberalización ulterior del comercio sea de pequeña envergadura, lo que significa que las ganancias netas de las ulteriores liberalizaciones son cada vez más pequeñas.
A medida que la globalización avanza y los que formulan las políticas correspondientes atacan las barreras al comercio que restan que son, necesariamente más bajas, los tratados de comercio plantean problemas más serios en el plano de la redistribución y generan menos beneficios en forma de aumento del tamaño de la tarta económica
Lo que se traduce en que los tratados de comercio se convierten en un elemento importante de la discusión y el enfrentamiento políticos. Rodrik aduce varios estudios empíricos que serían coherentes con esta teoría: El NAFTA habría proporcionado pequeños beneficios a la generalidad de los norteamericanos pero pérdidas importantes a grupos concretos de trabajadores estadounidenses. Los beneficios para todos los estadounidenses habrían sido bajos porque, para empezar, los aranceles que soportaban los productos mejicanos eran ya bajos antes de la entrada en vigor del Tratado. Según el último de estos estudios, de un 0,08 % para Estados Unidos. Respecto de los tratados con China, se remite a los trabajos de Autor y otros que han expuesto los efectos duraderos y amplios de reducción del empleo y salarios en determinadas zonas e industrias de EE.UU.

Los daños no incluyen sólo los “netos”, esto es, las pérdidas de salarios sino los costes que llamaba Trimarchi de disrupción o efectos complementarios de la reducción de los puestos de trabajo en una zona geográfica determinada. Y, parece “la competencia generada por las importaciones aparece como el factor más importante detrás del declive en la participación del trabajo en las rentas de sectores industriales específicos en los EE.UU. desde los años 80 del pasado siglo”.

Creo que las ganancias de estos Tratados no están bien calculadas. Entre los costes, Rodrik incluye, por ejemplo, la pérdida de capacidad negociadora de los sindicatos con los patronos. Pero no incluye, por ejemplo, en el caso de NAFTA, la reducción de la presión inmigratoria irregular hacia los Estados Unidos: si no se hubiera producido la liberalización del comercio y las empresas norteamericanas no hubieran podido unificar sus cadenas de producción entre EE.UU y Méjico, ¿habría continuado la emigración irregular mejicana a los EE.UU en volúmenes semejantes a los de los años ochenta del pasado siglo o se hubiera producido – como ha ocurrido – igualmente su reversión en el siglo XXI?

El papel de los Estados-nación en asegurar la compensación a los perdedores de la globalización


Empieza Rodrik recordando que, en Europa, el populismo antiglobalización no es proteccionista. Critica aspectos concretos de los Tratados de Libre Comercio pero no trata de volver a la “fortaleza Europa”. Y la diferencia con EE.UU. podría explicarse porque los países europeos son pequeños (y, por tanto, la única forma de enriquecerse es abriéndose al comercio internacional) y disfrutan todos ellos de “fuertes protecciones sociales y un generoso estado del bienestar”. Si añadimos que los que ganan con el libre comercio tienen incentivos para prometer a los perdedores que serán compensados pero que esos incentivos desaparecen una vez que se aprueba el Tratado porque deshacer un tratado es muy costoso – y, por tanto, los que prometieron no temen perder las ventajas del tratado porque no cumplan con los perdedores – y que hay enormes costes de acción colectiva de los perdedores para exigir la compensación, resulta poco probable que, en ausencia de un Estado del Bienestar amplio y profundo, se pongan en marcha medidas compensatorias de los efectos redistributivos del comercio internacional (“La compensación se produce real y efectivamente cuando está incorporada en las políticas sociales generales de una nación, no cuando se establece para atender a los efectos específicos de la liberalización del comercio”). No es extraño, pues, que las economías europeas permanezcan abiertas al libre comercio. Los perdedores saben que el sistema les atenderá y los empresarios aceptan pagar los impuestos necesarios para mantener la red de seguridad.

El Estado del Bienestar no es suficiente cuando a la liberalización del comercio de mercancías se añade la liberalización de los flujos de capital  y la globalización de las finanzas en general

Sobre la base de las ideas recogidas en este trabajo, Rodrik explica que la fijación con el libre comercio de los populistas tiene que ver con la percepción de que los tratados correspondientes son injustos. Rodrik pone el siguiente ejemplo:
Supongamos que Harry y John tienen una empresa cada uno que son competidoras entre sí. Cuál es su reacción a cada uno de los escenarios siguientes. En cada uno de ellos, Harry gana a John con el resultado de que  John y sus empleados pierden sus trabajos. ¿Debe permitirse a Harry actuar así o debe impedírsele?
1. Harry trabaja mucho, ahorra e invierte mucho, aplica nuevas técnicas y lanza nuevos productos, mientras que John se queda rezagado.
2. Harry encuentra un proveedor más barato (o de mayor calidad) en Alemania.
3. Harry subcontrata su producción a un proveedor en Bangladesh, que emplea a trabajadores en turnos de 12 horas al día y bajo condiciones peligrosas.
4. Harry trae trabajadores bengalíes a los Estados Unidos bajo contratos temporales y los pone a trabajar en condiciones que infringen las normas laborales, ambientales y de seguridad en el trabajo.

Los humanos con cerebro de cazador-recolector aceptarán los escenarios 1 y 2 sin dificultad pero no así los 3 y 4. Curiosamente, los 3 y 4 son idénticos porque la ilegalidad deriva de las diferentes normas legales aplicables en Bangla Desh y en Estados Unidos pero cualquier economista o jurista reaccionaría peor ante la conducta de  Harry en el escenario 4 que en el escenario 3 pero quizá un trabajador de John aduciría que ambos son idénticos y, por tanto, estaría en contra, no solo de que se permita a Harry montar un “taller clandestino” en Ohio sino también de que se le permita trasladar la producción de Ohio a Bangla Desh (“competencia desleal”). Cita a Rosanvallon que dice “la desigualdad se siente de forma más aguda cuando los ciudadanos creen que las reglas se aplican de forma diferente a personas diferentes”. O sea, que Rodrik cree que hemos prestado poca atención al “dumping social”.
No es seguro que los escenarios 3 y 4 sean iguales, ni siquiera en la cabeza de los humanos cazadores-recolectores siempre prontos a emitir juicios morales. Cumplir las reglas del lugar donde uno se instala es una regla moral generalmente admitida y que hay que pagar el “precio corriente” en la plaza donde uno comercia, también. Esos que se enojarían con Harry por trasladar la producción a Bangla Desh no se enfadan cuando llegan a un país pobre y compran los servicios de un limpiabotas por una fracción de lo que pagarían en su país o cuando disfrutan de un hotel de cinco estrellas por la mitad de lo que pagarían en Ohio. Es más, actúan sin problemas de la misma forma en países grandes donde hay grandes diferencias en salarios y precios entre las grandes ciudades y las zonas rurales. ¿Trasladar la producción de Ohio a Mississippi sería equivalente a hacerlo a Bangla Desh aunque las regulaciones medioambientales, de seguridad laboral y de salario mínimo sean generalmente inaplicadas en Mississippi? En definitiva, es cuestión de grado como resulta de elegir un ejemplo intermedio y trasladar la producción de Hannover en Alemania a Chequia o Polonia.
A continuación, Rodrik aborda la cuestión de la libre circulación de capitales. Recogiendo, de nuevo, los estudios más recientes concluye que no hay garantía alguna de que sus efectos sean, en conjunto, beneficiosos. Las fugas de capital de países con riesgo de impago han demostrado que los controles de capital (cuánto dinero se invierte a corto plazo en un país procedente del extranjero en cada momento) tienen perfecto sentido por los efectos distorsionadores que los flujos internacionales de capital tienen sobre ahorradores, inversores y sobre el Estado: los países que deberían recibir capital porque tienen proyectos de inversión se convierten en exportadores de capital hacia países que se consideran puertos seguros pero que ofrecen incluso intereses negativos a los inversores. Los deudores nacionales tienen incentivos para dejar de pagar y del mismo modo los Estados (si los acreedores son extranjeros) de modo que los acreedores nacionales (a los que no se puede pagar si no se paga a los extranjeros) acaban poniendo su dinero a buen recaudo en EE.UU, Suiza o Alemania. De manera que las crisis financieras se hacen más recurrentes en un entorno de libre circulación de capitales. Y, de nuevo, los efectos sobre la desigualdad son importantes. Cita a Furceri et al y dice que
La liberalización de la cuenta de capital conduce a disminuciones estadísticamente significativas y duraderas de la participación del trabajo en la renta nacional y a aumentos en el coeficiente Gini de desigualdad de ingresos y en la parte de los ingresos que se llevan los ciudadanos que están en el 1%, en el 5 % y en el 10 % superiores del nivel de ingresos
La explicación de la reducción de la participación del trabajo en la renta se encuentra en que la posibilidad de trasladar la producción al extranjero – la movilidad del capital – refuerza el poder negociador de los empresarios respecto de los trabajadores: o se aceptan sueldos más bajos o se traslada la producción al extranjero. Y, además, dice Rodrik, el componente asegurador del contrato de trabajo se debilita y los ingresos de los trabajadores se hacen más volátiles (por eso, también, hay que acabar con los contratos temporales) y los trabajadores menos formados no pueden absorber el shock yéndose a trabajar a otro país. Además, cuanto más movible el capital, más difícil de gravar con impuestos que se desplazan al consumo y al trabajo. Así pues, la conclusión es evidente: los beneficios de las finanzas se han sobrevalorado y los de las globalización financiera, aún más.

Dani Rodrik, Populism and the Economics of Globalization. 2017

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