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miércoles, 18 de octubre de 2017

Los sentimientos dañinos para la convivencia hay que reprimirlos, no aspaventarlos

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vía @Brainstormcarlo

Hace algunos años, cuando la gran distracción montada por los separatistas no ocupaba todas nuestras horas de atención a la cosa pública, discutíamos sobre la plaga política que se había lanzado sobre las organizaciones e instituciones sociales. Los partidos políticos se habían infiltrado en las Universidades, en las Cajas de Ahorro, en las Cámaras de Comercio, en las televisiones, en las asociaciones de vecinos y hasta en los deportes. Cualquier actividad organizada veía las zarpas de la política acechando a sus órganos de gobierno. La omnipresencia de la Administración y las abundantes subvenciones hacían el resto.

Lo de Cataluña ha demostrado que no solo aumenta la corrupción como consecuencia de esa extensión monstruosa de lo político sobre la Sociedad Civil, sino que los sentimientos más deleznables se agitan y exacerban para inventar problemas “profundos” que, sin embargo, no tienen ningún efecto sobre la calidad de vida de los ciudadanos. Los venezolanos, los iraquíes o los somalíes pueden explicarnos a los dichosos europeos lo que es tener problemas de verdad. En Cataluña y en España, en general, se vive casi como en ninguna parte del mundo. Sin embargo, hay dos millones de ciudadanos en Cataluña para los que la cuestión de la independencia ha devenido central en sus vidas. Parece que, como no tienen problemas serios, tienen que inventárselos. Y, naturalmente, la insatisfacción – la distancia entre la realidad y el deseo – es un estado de ánimo permanente fácil de alimentar por los que pueden beneficiarse del descontento. Ni siquiera lo que está pasando con el Brexit les hace salir de ese estado de lástima por sí mismos y están dispuestos a sacrificar el bienestar de todos por obtener una satisfacción simbólica.


Hay que decir que se trata de un sentimiento deleznable y muy poco digno de comprensión o respeto. Y que son unos traidores a su Sociedad los que alimentan esos sentimientos, los dotan de dignidad y exigen su reconocimiento por los demás.

Se ha razonado hasta la saciedad por qué un referéndum de independencia es inviable jurídicamente y se ha razonado hasta la saciedad por qué un referéndum de independencia meramente consultivo es contraproducente, inútil y también inviable jurídicamente. Si sabemos que la independencia tiene efectos devastadores en el corto y medio plazo ¿de qué sirve conocer con exactitud los “sentimientos” de los que viven en Cataluña respecto de si preferirían vivir en un Estado independiente? Un Estado que, en su “fantasyland”, sería exactamente igual que el actual solo que con un pasaporte distinto y más poder para las élites de Barcelona que se han demostrado tan ineptas, corruptas y demagogas como las de Madrid. ¿Cómo se gestionan unos resultados levemente favorables a la independencia cuando sabemos que la votación, carente de consecuencias para los votantes, no puede ser sino un gesto más de sentimentalismo inflamado?

El voto ha sido siempre irracional. Pero en estos ámbitos y en forma de referéndum, es puramente expresivo y, en el entorno en el que se produce, no traduce los intereses de los votantes, solo refleja sus sentimientos. Precisamente para que los sentimientos de los votantes inflamados por la clerecía no lleven a una sociedad al desastre es para lo que se escriben Constituciones y se limita y divide el poder político.

Esos sentimientos generan división en la Sociedad. Por lo que hay que pedirles a los que los tienen inflamados que los repriman y se los guarden para los actos religiosos que celebren en privado. Y a los políticos, a todos, hay que pedirles que dejen de azuzarlos. Pero como hasta ahora, los únicos que los han expresado y han ocupado toda la vida social en Cataluña han sido los nacionalistas ahora convertidos en separatistas, si quieren que la inflamación baje, han de empezar por reducir la suya. Y no hay excusa que valga. Llámese sentencia del Tribunal Constitucional, auto de prisión para líderes separatistas o excesos policiales. Ninguno de estos partidos o instituciones hicieron declaración alguna cuando se descubrió que el que había sido presidente durante décadas era un ladrón, padre de ladrones y que había utilizado la Generalitat para enriquecer a su familia y toda una panda de adláteres. En Argentina, cuando un sujeto así entraba en un restaurante, la gente lo abucheaba y lo obligaba a marcharse. La muy cívica sociedad nacionalista en Cataluña no ha hecho ningún escrache a nadie de la gentuza que los ha gobernado. Ni una queja porque se nombrara Presidenta del Parlament a una totalitaria que pretendía excluir de la Sociedad a una parte muy relevante de la misma sólo por razones ideológicas.

Los catalanes están gobernados en los espacios públicos y en los espacios sociales por una élite con ocho apellidos catalanes que, infringiendo sus deberes de lealtad hacia las instituciones que dirigen, las han puesto al servicio, no del fin social que condujo a su creación, sino de unos sentimientos inflamados y deleznables que, como decimos, no merecen reconocimiento alguno: las escuelas públicas, las universidades, el Teatro Nacional de Cataluña, el Colegio de Abogados de Barcelona, las asociaciones empresariales, todas las organizaciones que viven por completo o en parte de las subvenciones públicas están en manos de separatistas ¿Cómo es posible que – al menos – la mitad de la población catalana no tenga representación en los órganos de dirección de todas estas instituciones? ¿Cómo es posible que no dirijan muchas de estas organizaciones e instituciones personas que crean que todo esto es una locura y que los separatistas deben dejar de influir en el funcionamiento de sus organizaciones? ¿No hay una sola universidad pública en Cataluña a cuyo frente esté alguien que crea que su organización está exclusivamente para crear y transmitir el conocimiento y que la libertad de expresión la ejercen los profesores y alumnos pero no la Universidad?

Ayer, un diputado de Podemos-IU criticó la propuesta de Ciudadanos para reforzar las actuaciones administrativas contra la politización de las escuelas con el argumento de que él, un licenciado en Filología Hispánica que dijo “liberalistas” y “adoctrinación”, había podido estudiar gracias a la inmersión lingüística. Obsérvese la perversión sentimental. Se considera un esclavo que no habría tenido derecho a la escolarización si no hubiera sido en la forma de inmersión lingüística. Como si estuviéramos en el siglo XIX y la educación no fuera un derecho fundamental (art. 27 CE) garantizado a todos los residentes en España. El esclavo – el hijo de inmigrantes – agradecido al amo nacionalista que le dejó ir a la escuela y le permitió aprender catalán.

Hace algunos años Arruñada y Lapuente mostraron cuán distinto estaba siendo el comportamiento de las organizaciones infiltradas por la política y el de los ciudadanos en su actividad privada. Las más grandes empresas de Cataluña y muchas medianas están “votando con los pies”. Aceptemos que hay muchos empresarios que también están inflamados de separatismo pero, reconózcase, hay mucha mayor pluralidad en la Sociedad civil que en la esfera de lo público.

Hay muchos otros en toda España que creen que esto tiene cura. Que se cura reconociendo que parte de razón tienen y que hay que atender en buena medida a las exigencias de estos inflamados. No. Esto no tiene cura. Es una enfermedad cuyo único tratamiento pasa por cronificarla. En el pasado, las curas han sido quirúrgicas. Han requerido guerras, desplazamientos masivos de poblaciones, dislocaciones económicas brutales. ¿Por qué esta vez habría de ser diferente? 

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