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jueves, 8 de febrero de 2018

Cómo identificar una burbuja y no quedar atrapado

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Gárgola

La formación de una burbuja requiere que la gente tenga creencias diferentes (o heterogéneas) sobre el valor de los activos. Además, hace falta que el número de inversores potenciales en un activo aumente porque solo si el número es suficientemente elevado, podrán formarse creencias significativamente heterogéneas sobre su valor (si solo hay unos pocos inversores interesados, lo normal es que todos atribuyan el mismo valor al activo porque la información circulará rápidamente entre ellos y el activo se asigne rápidamente al que lo valora más). Por eso, la posibilidad de endeudamiento alimenta las burbujas. Si la gente puede endeudarse para adquirir el activo, el número de inversores potenciales aumenta. Y si el activo es de los que los particulares compran a crédito (como las casas), aún más. Noah Smith cuenta en esta columna de Bloomberg que hubo un profesor israelí llamado Zeira que ofreció un modelo “extremadamente simple que solo requiere que los inversores tengan creencias diferentes”, no ya sobre el valor del activo, como en los modelos más generalizados, sino “sobre el número de posibles inversores en ese activo que hay en el mundo”.

De este modelo, Zeira deduce que cada vez que se produce una liberalización financiera (es decir, se permite la inversión en un activo que antes no se permitía o se permite invertir en un activo a inversores que hasta ese momento tenían vedado el acceso o se permite a los inversores endeudarse para adquirir ese activo cuando antes no se les permitía el endeudamiento) es altamente probable que se forme una burbuja porque todos los inversores “recalcularán” al alza el volumen de nuevos inversores que compren el correspondiente activo. Eso es lo que pasó en España con la expansión territorial de las cajas que aumentó la capacidad de endeudamiento de los españoles interesados en adquirir una vivienda pero sin acceso al crédito antes de que la caja de ahorros de la otra punta de España llegara a su pueblo buscando clientes a los que dar crédito. Pues bien, dice Smith que la creación de criptomonedas es equivalente a una liberalización de ese tipo.

Lo más interesante no es, naturalmente, que las burbujas sean más frecuentes tras procesos de liberalización ni siquiera que sean una consecuencia inevitable de la liberalización (podemos imaginar que lo mismo ocurre en los ámbitos no financieros de la vida social). Lo interesante es que, si este es el origen de las burbujas, la falta de coordinación entre todos los –nuevos- inversores convierte a las burbujas en
un fenómeno financiero exclusivamente depredador: un equivalente natural y perfectamente legal de un esquema Ponzi que ocurre cada vez que una nueva clase de activos o un nuevo tipo de inversión se vuelve legal o tecnológicamente factible”
La aparición de estos nuevos inversores potenciales genera en todos los que participan en el mercado de ese activo incentivos para “no cooperar” en una suerte de juego de dilema del prisionero. Así, aunque muchos de los participantes crean que se trata de una burbuja, comprarán si creen que hay muchos inversores potenciales que todavía no han entrado en el mercado.

Es decir, adoptan su decisión de compra, no en función de sus creencias sobre el valor del activo, sino en función de las creencias que, sobre el valor del activo, imputan a otros y, cuanto mayor sea el número potencial de esos “otros”, más convencido estarán de que hay muchos otros que no creen que el activo esté sobrevalorado. Es más, aunque crean que hay otros que, como ellos, creen que es una burbuja, los incluirán también entre los inversores potenciales si les atribuyen un razonamiento semejante al suyo, más o menos así: si yo, que creo que es una burbuja, tengo incentivos para comprar porque sé que hay mucha gente que acabará comprando, tú, que también crees que es una burbuja, tienes incentivos para comprar si también sabes que hay mucha gente que acabará comprando. Con lo que el hinchado de la burbuja es aún mayor.

Cuando la información  es asimétrica, es decir, hay algunos que tienen “conjeturas más precisas que otros acerca de cuantos inversores potenciales existen”, las burbujas pueden provocar unos efectos redistributivos brutales, a costa de los que compran tarde “y a favor de los que compran temprano y venden temprano”. Pero esto no es lo que permite a Smith calificar las burbujas como fenómenos “exclusivamente depredadores”. Las burbujas son estafas ejecutadas descentralizadamente porque los que compran temprano no lo hacen porque crean que el activo se revalorizará. Lo hacen porque creen que hay muchos que comprarán el activo después que él. Es decir, alimentan la burbuja para ganar dinero, no con la revalorización del activo, sino con la entrada de nuevos inversores.

Esto ocurre con aquellos activos que, como ocurre con el oro, las criptomonedas o los tulipanes pero también con los sellos, el valor de uso del activo tiende a cero.

Y ni siquiera tienen que tener mala conciencia porque saben que muchos de los demás inversores son especuladores como ellos pero menos listos y otros son gente como Noah Smith que aunque también saben que es una burbuja y no saben cuántos inversores potenciales hay, compran cantidades pequeñas del activo por si los apocalípticos tuvieran razón y las monedas fiat y el sistema monetario mundial se va al carajo.

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