El otro blog para cosas más serias

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domingo, 18 de marzo de 2018

La expulsión del paraíso nos hizo humanos

Milena_rio


foto: @Milena_río

“Lo que salvó a los humanos de la extinción no fue la cultura, sino las emociones”


el Homo economicus clásico, dejado a su aire para que interactúe con otros, no es más que un psicópata ... los psicópatas carecen de empatía, pero son muy buenos en la teoría de la mente


Un animal que no tiene bioprogramadores para formar grupos pero que viven en una sabana asolada por predadores se encuentra bajo una intensa presión selectiva para organizarse en grupos permanentes que funcionen con arreglo a criterios de mayor solidaridad. O eso, o extinguirse
La vergüenza y la culpa son las emociones que articulan el control social porque provocan que los individuos se autocontrolen y se autocastiguen cuando no logran responder a las expectativas normativas del grupo y cumplir los dictados de la moral colectiva, reduciendo la cantidad de castigo recíproco o colectivo necesario para mantener la estabilidad del grupo… La vergüenza se transforma en ira y la culpa en ansiedad (por lo que)… pueden disrumpir los lazos sociales y, si son colectivas, provocar que la gente ataque a grupos y a estructura sociales de mayor tamaño

Turner

En la recensión de algunos libros recientes sobre Neurociencias y Economía, Alós Ferrer resume un capítulo de uno de esos libros (Schutt, Seidman y Keshavan (2015)) escrito por Jonathan H. Turner que resulta fascinante y cuya versión referida al final de esta entrada resumimos a continuación.


¿Cuáles fueron los grandes bloques evolutivos que conformaron nuestro cerebro?


La fascinación resulta del hecho de que son bastante contraintuitivos. Casi se puede decir que el ser humano ha ido de derrota en derrota hasta la victoria final, victoria que nos han proporcionado las emociones humanas insertadas en el cerebro de un psicópata. Las emociones fueron un parche generado por la selección natural cuando, al ser expulsados del paraíso de los árboles de la selva llena de alimento y congéneres con los que vivíamos en grandes grupos, tuvimos que emprender una existencia solitaria vagando por zonas más secas, con menos alimentos e infestadas de depredadores, existencia hobbesiana que presionó a la evolución para que recuperáramos los afectos y conexiones sociales con otros individuos de nuestra especie de modo que pudiéramos maximizar nuestras posibilidades de supervivencia mediante la cooperación en la captura de alimento y en la defensa frente a los depredadores.

La expulsión del paraíso, pues, nos hizo así de “raros” a los humanos: inteligentes, individualistas y egoístas pero, a la vez, altruistas, ultrasociales y superdotados para la cooperación. En pocas palabras, Turner propone que las emociones son una compensación evolutiva de nuestra escasa capacidad para la vida social, nuestra alta inteligencia y nuestro exacerbado individualismo.


Primer capítulo: la vida arbórea y la visión como el sentido más importante


Hace 65 millones de años, los dinosaurios se extinguen como consecuencia de la caída de un meteorito. Los que sobreviven son unos mamíferos-roedores que viven en los bosques subidos a los árboles africanos. En un hábitat así, se comprende la importancia de la vista para la supervivencia: a esos mamíferos se los podían comer depredadores aéreos o terrestres, de forma que aquellos que mejoraban su visión, sobrevivían y se reproducían en mayor medida. Los mamíferos-roedores convirtieron la visión en el sentido dominante.
Incidentalmente, y como un subproducto accidental, las conexiones cerebrales produjeron un desarrollo sustancial de las llamadas cortezas de asociación alrededor del lóbulo parietal inferior, donde se unen los lóbulos asociados con los diferentes sentidos, desarrollo que, por casualidad, es el prerrequisito fundamental del lenguaje. Este feliz accidente explica por qué algunos de nuestros primos, como los grandes simios, tienen capacidad para el lenguaje
La capacidad para el lenguaje debe ser, pues, muy antigua en la Evolución (y estar presente incluso en el predecesor común a los grandes primates) y ser producto (preadaptación) del dominio del sentido de la visión sobre el olfato.
El lenguaje (de los grandes primates) no sería auditivo porque los simios carecen del equipamiento físico para tener un habla precisa y articulada, pero el lenguaje puede ser visual y construirse a partir de fonemas emocionales unidos en una sintaxis que transmite significados emocionales, si tal lenguaje emocional pudiera mejorar la adaptación al medio.

Segundo capítulo: la derrota de los simios frente a los monos


Estos mamíferos-roedores se dividieron en dos grandes clases de primates: los simios y los monos, clases que competían por los alimentos en las selvas africanas. Hace unos 23 millones de años, nuestros ancestros – los simios – fueron derrotados por los monos y expulsados del paraíso. Tuvieron que irse a vivir a los bordes del bosque en zonas con más hierba y más expuestas a los ataques de los depredadores.
La razón fue una mutación aleatoria que permitió a los monos (pero no a los simios) digerir la fruta verde, consumiendo así este recurso antes de que los simios pudieran acceder a él.
O sea, dice Turner, tuvieron que “reinventarse” y cambiar su cuerpo para pasar de vivir en lo alto de los árboles a vivir en zonas de arbolado menos denso. Lo más importante es que si la comida es más escasa, no puede haber una gran densidad de población o, lo que es lo mismo, los grupos de homínidos – y los de los simios en general – debieron reducir su tamaño:
“la selección natural hizo que los simios eliminaran la propensión conductual a formar grupos o a crear lazos sociales potentes incluso entre parientes”
porque grupos grandes en un entorno de fuentes de alimento extensivas (dispersa en territorios grandes) no facilitaban la supervivencia individual.

Además, la selección natural debió acentuar el individualismo – la ausencia de lazos fuertes entre los miembros de la misma especie y grupo – para permitir a cada uno moverse libremente a nuevas áreas en busca de alimentos. Por tanto, nuestros predecesores-simios estaban más expuestos a los ataques de los depredadores y, como había menos comida, desapareció la posibilidad de mantener grandes grupos. Eso sí, como había que estar al quite porque el entorno era mucho más peligroso sin la protección de las copas de los árboles en el denso bosque, nuestros antecesores se volvieron más inteligentes y más diestros y atléticos. La conformación física de nuestro cuerpo (cuatro extremidades, bipedalidad, cabeza separada del torax, manos con cinco dedos y uno de ellos – el pulgar – opuesto a los demás, creciente tamaño del cerebro…) es compatible con tal explicación:
Los problemas creados por un cerebro altamente desarrollado sin el factor estabilizador de los instintos de formación grupal persisten hasta el día de hoy. Los gorilas, los chimpancés y los orangutanes crean estructuras grupales notoriamente inestables (en comparación con otros animales), y es probable que esto también sea cierto para nuestros ancestros. Los humanos descienden de simios individualistas con tendencias sociales muy débiles. Por lo tanto, la afirmación a menudo suspicaz de que los humanos son animales sociales se da de tortas con las pruebas de las que disponemos
¿Cómo nos hemos vuelto tan sociales?

Tercer capítulo. Corrigiendo los errores de la segunda fase para hacernos más sociales


Aquí es donde entran las emociones. Los grupos – los animales que viven en grupo – tienen una ventaja evolutiva – de supervivencia – sobre los individuos en un entorno como el de la sabana. Por tanto, y como cabía esperar, la mayor parte de los monos sobrevivieron y los simios expulsados del bosque se han extinguido en gran medida. Los grandes simios que quedan viven en selvas y están al borde de la extinción y los humanos hemos estado a punto de extinguirnos al menos dos veces en los últimos 200.000 años. Todos los humanos actuales descendemos de un grupo muy pequeño (entre unos cientos y unos pocos miles). Por el contrario, los monos – estos sí, verdaderamente ultrasociales – pudieron sobrevivir porque los lazos entre los individuos de un grupo les hizo desarrollar estrategias muy eficaces para capturar comida y para defenderse de los depredadores de la sabana (sin necesidad de desarrollar emociones).

Producto de un enfriamiento de África hace unos diez millones de años hubo una reducción de la selva a favor de las sabanas. Como queda dicho, muchos de los grandes simios se extinguieron y de los que  quedan hoy, todos viven en selvas o bosques excepto los homínidos que tuvieron que adaptarse al nuevo entorno. En este nuevo entorno, los humanos no nos extinguimos porque la Evolución “inventó un parche” con el que reducir nuestro individualismo que nos permitió vivir en grupo y cooperar intensamente con otros: las emociones. Para justificar tal afirmación, Turner viene a decir que si el ancestro común a los grandes simios y a los humanos (que se extinguió hace 6 millones de años) no hubiera sobrevivido en la sabana, nosotros – y la cultura – no habríamos llegado al mundo.
“el grupo no es la unidad natural de organización social de los grandes simios, lo que significa, con toda probabilidad que tampoco lo era de nuestro antecesor común con los grandes simios… el único lazo fuerte que se encuentra sistemáticamente en todas las especies de grandes primates es el lazo entre madre e hijo preadolescente, lazo que se rompe cuando todas las hembras abandonan su comunidad de origen en la pubertad para nunca volver" impidiendo la posibilidad de lazos intergeneracionales… Por el contrario, entre los monos… las hembras nunca abandonan su grupo de nacimiento y forman líneas parentales matrilineales con hembras de generaciones sucesivas y colaterales. Los que se van del grupo son los machos que son sustituidos por machos de otros grupos”
Maryanski concluyó que el último antecesor común de los grandes simios y de los humanos era un ser solitario bastante parecido a los actuales orangutanes que sólo formaría grupos “por el tiempo necesario para reproducirse o para defender a la comunidad de los ataques de machos de otras comunidades, sin lazos duraderos y fuertes entre adultos y sólo temporales entre compañeros sexuales y entre las hembras y sus crías”. O sea que el ser “ultrasocial” que es el ser humano no estaba “programado” si atendemos a este último ancestro común a los grandes primates.

Lo que ocurrió es que nuestro cerebro se reorganizó, tras la extinción del último ancestro común con los grandes simios en la dirección de incrementar nuestra emocionalidad y, a través de ésta permitir a los humanos organizarse en grupos más cohesionados y más estables.
Las emociones se convirtieron en la clave de la supervivencia de los homínidos no la cultura como a menudo se hipotetiza. Porque el lenguaje y la cultura llegaron mucho más tarde y no fueron los que permitieron a los homínidos lo que los otros simios no pudieron: sobrevivir en la sabana…. De hecho es así como los humanos forman y sostienen sus relaciones con otros: generando flujos emocionales positivos que aumentan nuestro compromiso con los demás y con el grupo a través de rituales… y otros procesos interpersonales de sincronización
El neocortex tan enorme que tiene el cerebro humano es producto de la evolución de los últimos dos millones de años. Por tanto, no pudo permitir a los homínidos sobrevivir hace diez:
“la selección natural estaba indagando en las áreas subcorticales del cerebro para ampliar la emocionalidad humana en la Evolución de los homínidos mucho antes de que el neocortex empezara a crecer significativamente con el Homo erectus hace 2 millones de años”. 
Fue otra parte del cerebro la responsable: las áreas subcorticales que sufrieron cambios fundamentales
“para hacer a los homínidos extraordinariamente más emocionales que otros primates y, con toda probabilidad, que cualquier otro animal sobre la tierra”.
Dice Turner que lo que ocurrió es que aparecieron las emociones, como un sucedáneo de las tendencias grupales que se conservaron en los monos pero no en los grandes simios. Las áreas subcorticales son, en los humanos, del doble de tamaño que en otros grandes simios, controlando por tamaño del cuerpo.Y lo propio con la amígdala (en la que tiene su sede no sólo el placer, sino también el miedo y la rabia) y la conexión entre estas áreas subcorticales y el neocortex es especialmente densa en los humanos, es decir, que el cerebro emocional y el cerebro racional están íntimamente conectados. Turner especula que, primero, el cortex prefrontal “aprendió” a controlar las expresiones emocionales que se regían por las zonas subcorticales gracias a la mayor densidad de las conexiones entre ambas partes del cerebro y, más adelante en la evolución, pudo controlar las emociones positivas – felicidad – y negativas – miedo, rabia, tristeza – en mayor medida aumentando las positivas y “recombinándolas” para generar emociones más sutiles y de contenido más positivo:
“Por ejemplo, satisfacción-felicidad combinado con una menor cantidad de aversión-miedo produce emociones como asombro, esperanza, gratitud, orgullo y alivio; o satisfacción-felicidad combinado con aserción-enfado produce emociones como la calma, el gusto, el triunfo y el desconcierto” (pero también, venganza “que es felicidad combinada con ira, rabia o cólera”.
Piénsese también en emociones como la vergüenza o la culpa a las que nos hemos referido más arriba. Es más, las emociones negativas pueden utilizarse para promover la solidaridad entre los miembros del grupo proyectándolas hacia los que no son miembros del grupo o utilizándose para sancionar a los miembros del grupo que no muestran suficiente solidaridad.  De este modo, las emociones positivas – proyectadas sobre el grupo – refuerzan la socialidad, la cooperación y, por tanto, las posibilidades de supervivencia en un entorno hostil y las emociones negativas son reprimidas o proyectadas fuera del grupo o en forma que aumenten la conexión entre los miembros del grupo.

En todo caso, la idea de que la creciente complejidad y variedad de las emociones resulta de la combinación de emociones más simples parece atractiva (reduccionista). Y ya es directamente fascinante la justificación que da Turner para tan elevado grado de especulación:

la selección natural habría actuado vía distribución de los rasgos emocionales en la población y menos vía mutaciones





La evolución es un proceso conservador y generalmente no elimina las propensiones conductuales más antiguas,sino que agrega nuevas que pueden acabar por dominar a las primeras. Con tiempo suficiente, sin embargo, una propensión conductual, que reduce la adaptación al medio será eliminada (no por una mutación sino) conforme los miembros de la especie que posean el rasgo correspondiente acaben muriendo mientras que los que carezcan de tal propensión sobrevivirán y se multiplicarán… 
Es poco probable que existan módulos separados para cada emoción de primer o segundo orden porque haría falta que se hubieran producido mutaciones, y las mutaciones son casi siempre perjudiciales, especialmente en un área tan compleja como el cerebro. En cambio, sería más fácil que la selección natural operara sobre los extremos de las curvas de Bell que describen la distribución de los rasgos de los sistemas cerebrales existentes y las neuronas que los conectan. La comparación de los cerebros humanos con los de otros simios revela no solo un tamaño mayor en componentes subcorticales, sino también un aumento significativo de la conectividad. Y en algún lugar de esta conectividad mejorada se generó nuestra capacidad para sentir vergüenza y culpa y con ello una mayor capacidad para el control social y el autocontrol en el seno de los grupos, lo que hizo a los homínidos o humanos…
Turner sugiere que la ecología de los simios cambió “mucho menos que la que enfrentaron los homínidos” y a la que hubieron de adaptarse,
“de forma que aunque la evolución de los simios no fue estática en los últimos ocho millones de años, los grandes primates representan todavía la mejor imagen posible de la neuroanatomía de nuestro último antecesor común, de manera que las diferencias entre la estructura neuronal de los simios y humanos refleja la obra de la selección natural tal como funcionó para hacer de los homínidos seres más sociales y más orientados al grupo porque, sin la capacidad para formar grupos estables, los ancestros de los humanos se habrían extinguido como se extinguieron prácticamente todas las especies de simios
El trabajo finaliza con una exposición de los rasgos más típicamente humanos que, a la vez, son más antiguos que la cultura humana y que compartimos en distinta medida con los grandes primates. Todos ellos son “maravillosos” y explican – cuando se conectan entre sí – por qué siendo intensamente egoístas somos también “hipersociales” y “supercooperadores”:
  • el predominio del sentido de la vista sobre el olfato y sobre los demás (para evitar conflictos sensoriales que redujeran la eficiencia de la percepción);
  • la habilidad para el lenguaje (que los demás grandes primates tienen en magnitud semejante a la de un niño de tres años y que se conecta, no con la audición, sino primariamente con la vista: el lenguaje corporal precede al lenguaje hablado en los niños);
  • la propensión a seguir la mirada y el movimiento de los ojos de los demás (recuérdese que la pupila humana es oscura pero rodeada del iris blanco, a diferencia de otros primates) que indicaría que hemos sido construidos para “mirar a los ojos” e interpretar la mirada de los demás;
  • el desarrollo del cortex prefrontal para controlar las emociones imprescindible para reducir el individualismo y fortalecer los lazos grupales…
En particular, los siguientes rasgos son compartidos con los grandes primates:

Jonathan H. Turner The Evolution of Human Emotions, 2014

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