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miércoles, 6 de enero de 2016

El refrigerador social

La tesis de Allen es que la Revolución Industrial

tuvo lugar en Inglaterra primero por dos razones: Inglaterra tenía salarios reales más altos que el resto de Europa en el siglo XVIII. La segunda es el carbón, o sea que Inglaterra disponía de una fuente de energía mucho más eficiente que su “rival” más cercano en la época que era Holanda que tenía que conformarse con turba, o sea con un combustible muy inferior a la hulla o la antracita y que requería mucha más mano de obra para su recogida. Temin nos dice que hay datos que son coherentes con esta interpretación de los hechos: Londres y Amsterdam tenían salarios reales más altos que el resto de las capitales europeas en el siglo XVIII y, en cuanto al carbón “extraer el carbón de las minas requería menos intensidad de mano de obra que recoger la turba y la ratio de los salarios reales respecto del coste de la energía era alto en Inglaterra. La tesis de Allen explica, pues, porque la Revolución Industrial empezó en Gran Bretaña en el siglo XVIII en lugar de hacerlo en otros sitios y en otros tiempos”.
¿Qué determinaba el nivel de los salarios antes de la Revolución Industrial? De acuerdo con la lógica malthusiana, los salarios no podrían subir en el largo plazo porque su aumento conduciría a un aumento de la población y a que se mantuviese el nivel de subsistencia. Pero había plagas y epidemias. Por ejemplo, la peste negra diezmó la población en Europa y condujo a un aumento de los salarios a pesar de que no había habido innovaciones tecnológicas de importancia.
La ventaja comparativa de Inglaterra en la producción industrial (manufacturas) era evidente y condujo a que otros países europeos – sigue Allen – copiaran la receta británica: igualdad jurídica, extensión de la educación, mercados interiores libres de barreras y aranceles para el comercio exterior. Y, fuera de Europa (incluyendo las colonias británicas) “eran incapaces de subir los salarios lo suficiente e imponer aranceles suficientemente altos para que su producción industrial fuera rentable. Se desindustrializaron” y se produjo la “gran divergencia” entre primer y tercer mundo que observamos hoy.
 

El modelo de Temin: cuándo podemos hablar de capitalismo

Cuando existe capital industrial (se acumulan – vía la sociedad anónima – grandes sumas de capital para producir en masa) y buena parte de la población recibe sus ingresos en forma de salario. A juicio de Temin sin una amplia presencia de capital invertido en producción para el mercado y una importante presencia de los salarios en la renta nacional, no debería hablarse de sociedades capitalistas. Da alguna explicación más
“Cuando se toman decisiones sobre cómo asignar los recursos en una economía, estas decisiones se toman de acuerdo con la costumbre, órdenes o mercados?… En la antigüedad existían ya comerciantes pero los intercambios de bienes se realizaban de acuerdo con las reglas consuetudinarias o era la autoridad la que asignaba los bienes entre la población”.
En una etapa posterior, los comerciantes son suficientemente poderosos como para gobernar ciudades e inmiscuyen a los gobiernos en las actividades mercantiles. En la tercera etapa “la actividad comercial abarca todo el país”. Temin sitúa en 1848 el predominio de las economías de mercado, en el sentido de que la actividad de mercado (la asignación de buena parte de los recursos en un país se hace a través de intercambios voluntarios que llevan a cabo los dueños de esos recursos) ocupa la mayor parte de las transacciones económicas. Antes de 1848 existían economías de mercado – y por tanto, capitalismo – pero éstas no ocupaban una gran parte de las transacciones que tenían lugar en el seno de la Sociedad.
La sociedad se vuelve capitalista con la revolución industrial porque al multiplicarse el número de los que se dedican a actividades comerciales y manufactureras, “la conducta instrumental reemplazó la basada en la costumbre propia de la agricultura”. Pero, irónicamente, la aparición de la factoría hizo que “muchos trabajadores realizaran su actividad bajo las órdenes de otro”. Al convertirse – los que trabajaban en la agricultura – en obreros, empezaron a estar sometidos a horarios. Tenían que cumplir un horario y obedecer las órdenes de los dueños de las factorías. “Irónicamente, el crecimiento del capitalismo redujo la extensión de las economías de mercado – no en los factores que determinaban la asignación de los recursos, pero sí en la experiencia vital de la mayoría de la gente”.
Naturalmente, la actuación – en la asignación de los recursos – siguiendo la costumbre (básicamente, la idea de reciprocidad) no desaparece. Temin nos recuerda cómo Zola “describe un banquete que hubo en la década de los 50 en el siglo XIX en París y que organizó una lavandera para su familia, amigos y compañeros de profesión y que recuerda lo que Sahlins describió como el refrigerador social en la edad de piedra (mutatis mutandis). Cuando los cazadores en las sociedades primitivas mataban un animal muy grande, invitaban al pueblo a comer porque no tenían forma de conservar la carne y esperaban que sus amigos serían agradecidos” y responderían de la misma forma cuando fueran ellos los que tuviesen la suerte de cazar una gran pieza. O sea que, en realidad, los estómagos de los vecinos y amigos se convertían en una gran nevera donde se guardaba la comida sobrante. El único inconveniente (seguro) era que los amigos y vecinos no lograran cazar nunca una pieza suficientemente grande. Pero eso no era probable. Lo interesante de la historieta es la sustituibilidad entre instituciones sociales e innovaciones tecnológicas.  

Temin, Peter. 2015. "The Cambridge History of "Capitalism"." Journal of Economic Literature, 53(4): 996-1016.




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