miércoles, 4 de noviembre de 2026

Pietro Bonfante y la distinción Derecho Público y Derecho Privado

foto: JJBOSE 

Creo que en ningún pueblo las líneas de esta historia de la distinción entre Derecho público y Derecho privado, y las fuerzas que actúan en ella, están cargadas de consideraciones tan graves y profundas como entre nuestra 'gente italiana de las vidas tan diversas' «itala gente dalle molte vite». La servidumbre, con la que expiamos primero la antigua grandeza y después, ya elevados de nuevo a la gloria, las discordias civiles y la depravación moral del Renacimiento, hizo que las fuentes de nuestro Derecho público no puedan buscarse en las tradiciones patrias, en la historia del Derecho italiano.  

En efecto, nuestro sistema constitucional es inglés; nuestra organización administrativa, francesa. Sólo en el Derecho penal recogió el ingenio italiano laureles y fecundó la producción legislativa, pero no como resultado de una evolución jurídica, sino por obra de un movimiento filosófico que, en el siglo XVIII, depuró los conceptos latinos y germánicos, y hoy otro movimiento filosófico se renueva en el mismo ámbito. 

En cambio, en el Derecho privado Roma triunfó una vez más. La sagrada herencia fue conservada por los pueblos latinos, ordenada de nuevo por un emperador griego y transmitida, gracias al saber y al mérito de maestros italianos, de los pueblos latinos a los germánicos. Bizantina en sus costas y mares, germánica en el interior, Italia era el verdadero anillo de unión entre Oriente y Occidente, entre la cultura y la barbarie. La antorcha de la civilización entre nosotros se debilitó, pero no se extinguió. La noche medieval fue para los italianos, por emplear una comparación ya conocida, una de esas noches árticas en las que aún no se han desvanecido los últimos reflejos del ocaso cuando ya la nueva aurora asoma por el horizonte. 

Así, aun siendo distintos en sus orígenes históricos, el Derecho público y el Derecho privado, por mucho que hayan sido elaborados conceptualmente por la reflexión, presentan entre los pueblos modernos, y quizá más aún entre nosotros los italianos, una impronta claramente antitética: el sujeto de uno es el Estado; el del otro, el individuo. El objeto de uno es la protección de la sociedad; el del otro, esencialmente, el patrimonio.

Los propios términos utilizados en relaciones vagamente análogas pretenden expresar algo más augusto cuando se trata de la autoridad y de la actuación del Estado. Los poderes públicos se contraponen a las facultades y derechos de los particulares; los acuerdos entre Estado y Estado son convenciones o tratados, mientras que los acuerdos entre particulares son contratos. 

El Derecho público, decía un jurisconsulto de la última época romana, «consiste en las cosas sagradas, en las magistraturas y en los sacerdocios» (sacris, in magistratibus, in sacerdotibus consistit): regula el culto y la organización de los sacerdocios y de las magistraturas. El Derecho privado no conoce ni cultos ni magistraturas ni sacerdotes. 

No existe quizá una sola institución de Derecho público que pueda compararse propiamente con una sola institución de Derecho privado, ni por sus elementos estructurales ni por su función. Más aún: no sólo son distintos los términos y el lenguaje; también la propia lógica de interpretación del Derecho privado no resulta aplicable al Derecho público. 

Pero si por un momento nos apartamos del mundo y del pensamiento modernos; si tratamos de vivir con la imaginación junto a aquel pueblo que transmitió a nuestra civilización su manera de concebir la distinción entre los derechos del Estado y los del individuo; y si nos situamos no en los siglos tardíos de su historia, sino en el período más antiguo de su existencia histórica, en el período más genuinamente romano, el aspecto de las cosas cambia precisamente en sentido contrario. 

No existe entonces quizá una sola institución de Derecho público que no encuentre su equivalente exacto en una institución de Derecho privado. Términos, conceptos, elementos de estructura y de funcionamiento: todo tiene su correspondencia. 

 He aquí la familia: un centro de vida moral y afectiva en el que la naturaleza humana se completa, en el que se asegura la conservación y el perfeccionamiento de la especie... Sin embargo, el pater romano es en la familia exactamente lo que el rey es en el Estado... 

Se llega a ser miembro de la familia como se llega a ser ciudadano del Estado: por nacimiento de un miembro de la familia o por admisión decidida por su jefe y soberano. ... La sujeción de los miembros de la familia a su jefe es perpetua, como perpetua es la sujeción de los ciudadanos al soberano. Salir de la familia constituye una capitis deminutio, del mismo modo que salir del cuerpo de la ciudadanía. 

La familia posee, como el Estado antiguo, su culto, sus divinidades tutelares, sus altares y sus ceremonias; posee asimismo su gobierno y su justicia penal, con las gradaciones romanas de la coercitio y la poenitio. El pater familias es sacerdote, magistrado y juez. En el mundo romano más antiguo existen sacra publica y sacra privata, auspicios públicos y privados, amistad pública y privada, clientela pública y privada, hospitium publicum y hospitium privatum; y tanto una como otra forma de hospitalidad constituyen una relación de carácter internacional, un foedus. 

La entrega noxal 

La oposición entre Derecho público y Derecho privado aparece así no como una oposición entre realidades de naturaleza distinta, sino entre esferas distintas. La falta cometida por un miembro de la familia contra un extraño adopta la figura y el nombre específico de noxa, igual que la falta cometida por un súbdito contra un extranjero. La entrega noxal del ciudadano culpable al pueblo ofendido, como ocurrió con Postumio ante los samnitas o con Mancino ante los numantinos, es la misma institución que la entrega noxal del hijo sometido a la patria potestad o del esclavo al extraño perjudicado. 

Incluso en sus rasgos más originales y enérgicos, la institución se presenta idéntica en el Derecho público y en el Derecho privado. ¿Quién no recuerda, por la historia de Roma, la trágica entrega del cadáver de Brutulo Papio? (por parte de los samnitas a los romanos una vez que Brutulo se suicidó para no ser entregado vivo) A la luz de los textos del Digesto parecía, por el contrario, que la entrega de un difunto estaba excluida en Derecho privado; las Instituciones de Gayo guardaban silencio sobre este punto. Pero el descubrimiento, muy reciente, de los fragmentos de Autun, cuyo texto definitivo ha sido establecido en los últimos meses... La entrega noxal de los hijos sometidos a la patria potestad o de los esclavos ya fallecidos aparece en los fragmentos de Autun como Derecho vigente y aplicado tanto en la época clásica como en la postclásica. Incluso se discute si basta para ello la entrega de una parte del cadáver y si las uñas y los cabellos deben considerarse partes del mismo.

La propiedad, dominio

Asimismo, la propia estructura de la antigua propiedad romana posee una originalidad que difícilmente puede ocultarse cuando se pretende negarla a toda costa, forzando la configuración de la institución antigua y genuina para adaptarla al modelo moderno, puramente económico. Y esa originalidad está constituida precisamente por los elementos que hacen del dominio romano el equivalente de la soberanía romana en su proyección territorial. 

El fundo (finca) del ciudadano está cerrado a toda influencia extraña. Las limitaciones de la propiedad, los llamados derechos de vecindad, surgieron y se desarrollaron uno tras otro en una época histórica posterior. El antiguo pueblo agrícola no conocía ni uno solo de ellos. Por el contrario, el fundo romano absorbe todo cuanto se incorpora a él. La existencia de una propiedad separada del suelo y del edificio, del terreno y de las plantaciones, era algo inconcebible para la mentalidad romana... 

 El antiguo fundo romano tiene límites sagrados, como las murallas y el pomerium de la ciudad y del Estado primitivo. Ese fundo pretende ser franco e inmune de toda carga, no sólo frente a otros particulares, sino incluso frente al propio Estado: no debe pagar impuestos ni reconocer un derecho eminente por encima de la propiedad; de otro modo, la propiedad deja de existir. 

Un mismo término, vectigal, designa tanto el tributo que los poseedores pagan al Estado y que precisamente los convierte, según la concepción romana, de propietarios en simples poseedores, como la contraprestación que, bajo las diversas formas de arrendamiento perpetuo, se paga al propietario. Agri vectigales son los fundos tenidos en arrendamiento perpetuo, modelo clásico de la enfiteusis; pero también se llaman agri vectigales los fundos provinciales, precisamente porque están sujetos al impuesto. 

La copropiedad  

La regulación romana de la copropiedad, que en sus rasgos esenciales ha sido rechazada por el Derecho moderno, reproduce exactamente el régimen de la cosoberanía o colegialidad romana.  

A la independencia del magistrado colega, que puede por sí solo, sin convocatoria ni consulta al otro magistrado o a los demás colegas, ordenar y actuar, mientras que, por el contrario, la oposición de uno solo basta para impedir la actuación de todos los demás, corresponde la independencia de cada copropietario. A la intercessio, al veto, corresponde exactamente el ius prohibendi, en virtud del cual un solo copropietario puede paralizar la actuación de todos los demás. 

No hay nada colegial, en el sentido moderno de la palabra, en aquella singularísima organización constitucional que era la colegialidad romana; como tampoco hay nada corporativo ni social en la construcción, ajena a toda lógica económica, de la copropiedad romana. El nombre de collegium aplicado a la magistratura romana constituye, para nuestra mentalidad y para el significado actual de la palabra, una contradicción; exactamente igual que la denominación de societas aplicada al conjunto de los copropietarios.

La constitución de obligaciones

 Pero ni siquiera es necesario remontarse demasiado atrás en los siglos, hasta la época en que la única fuente de las obligaciones era el delito y en que el derecho de obligaciones desempeñaba una función penal, no comercial, para encontrar una configuración de relaciones homogéneas entre Derecho público y Derecho privado. En el umbral de la fase evolutiva del Derecho romano, antes del grandioso desarrollo del derecho honorario, la analogía se convierte en una identidad absoluta, no sólo en la sustancia, sino también en las propias formas. 
De hecho, para quien observe atentamente, la condictio, la más enigmática de las instituciones procesales y obligacionales, no es otra cosa que la repetitio rerum del Derecho público.

La condictio es el reflejo procesal en el ámbito privado de un principio elemental de orden público: la prohibición del enriquecimiento sin causa a través de la restitución inexorable de lo indebido, heredera directa de los ritos primitivos de reclamación de cosas (repetitio rerum).

Vico ya había intuido esta correspondencia. Pero, incluso si nos mantenemos en el terreno de las obligaciones convencionales, debemos recordar que en la época a la que nos referimos el contractus, entendido como simple acuerdo material, no existe todavía; lo que domina es la forma, y la forma típicamente romana es el juramento, la pregunta y respuesta verbales, la sponsio. De la primera, el Derecho posterior sólo conservó un modesto vestigio, la promesa del liberto; la segunda, en cambio, bajo la forma más libre de la estipulación, siguió ocupando una posición central incluso en el régimen del contractus. 
Pues bien, exactamente las mismas formas rigen también las relaciones internacionales y religiosas de la ciudad primitiva, representada por sus feciales, sus magistrados, sus generales y sus augures. Más sorprendente todavía es encontrar esos mismos rasgos en el Derecho público interno, y concretamente en la formación de la ley. «¿Queréis, consentís, ciudadanos?» «Sí», responde el pueblo. Velitis, iubeatis, Quirites? Uti rogas. La ley, dice Papiniano, es una rei publicae sponsio, una promesa formal de la comunidad política. 
La identidad entre Derecho público y Derecho privado llega así a manifestarse no sólo en los principios o en los efectos jurídicos, sino incluso en los mecanismos formales mediante los cuales nace la voluntad jurídica. Allí donde el jurista moderno ve dos esferas radicalmente distintas, el romano antiguo veía estructuras paralelas que respondían a una misma lógica institucional. 
 Y aún más. El propio término, como tantas otras veces, el augusto nombre de ley, designa tanto las supremas disposiciones de Derecho público como las estipulaciones contractuales de Derecho privado. A la lex aprobada por el pueblo o promulgada por el magistrado corresponde la lex contractus, la lex dicta formulada por el propietario. Tan semejantes son unas y otras en su forma que han suscitado dudas entre los estudiosos. 
 ¿Debo recordar una vez más, en materia sucesoria, el paralelismo, tan cargado de consecuencias, entre el testamento del Derecho privado, forma de sucesión mortis causa tan arraigada y dominante en la sociedad romana, y la institución característica del Derecho público romano, esto es, la designación del sucesor por el predecesor, ya se trate del rey que va a morir o del magistrado cuyo mandato expira? Se trata de una idea inmanente a la constitución política de Roma a través de todas sus transformaciones, desde la primitiva designación de sus reyes hasta la del último emperador legítimo de Occidente.

 Si los oradores y demagogos de la República agonizante predican al pueblo que éste concede y retira a su arbitrio los poderes públicos, ello será ya verdadero, si se quiere, en la realidad de los hechos, dado el desarrollo alcanzado por el principio electivo. Pero el Derecho público, tal como lo entendían los estudiosos, tal como lo enseñaban los augures y tal como aparecía reflejado de manera clara en las formas tradicionales y constantes, seguía afirmando un principio distinto y original. No es el pueblo quien confiere la potestad pública. Quien la transmite es, en cada ocasión, el titular del cargo, al que a su vez le ha sido transmitida legítimamente por su predecesor. 

¿Y debo advertir además que las formas del antiguo procedimiento civil presentan con la declaración pública de guerra no una simple analogía, sino una identidad asombrosa, que no ha escapado a nadie? ¿Que el pactum, en sus orígenes institución procesal, se corresponde con la pax publica? La coincidencia no es casual ni siquiera en los propios términos. Treinta días, triginta iusti dies, es el plazo concedido al enemigo para satisfacer las reclamaciones formuladas por el pater patratus; treinta días, triginta dies, es igualmente el plazo que las XII Tablas conceden al deudor confeso o condenado para cumplir sus obligaciones, obligaciones que en otro tiempo eran idénticas. 

El procedimiento más antiguo no nos presenta sino la regulación de un arbitraje obligatorio, semejante al que hoy se imagina entre pueblo y pueblo. Es la ciudad la que, para contener la violencia y proteger la paz, pues no interviene en atención a fines éticos de justicia, remite a las partes a un árbitro elegido por ellas mismas, salvo que prefieran reconciliarse espontáneamente, es decir, hacer la paz. 

Esto es genial: cómo el comercio "internacional" permite y obliga a la distinción entre derecho privado y derecho público

Dos grandes hechos correlativos, ambos dependientes a su vez de la expansión social y política de Roma, marcaron, a mi juicio, la primera crisis de la distinción entre Derecho público y Derecho privado en la época republicana. 

La confederación mediante la cual Roma unió a sí a los latinos y a los demás pueblos itálicos, primero para la defensa del territorio común y luego para sus conquistas ultramarinas, nunca constituyó un verdadero Estado federal, idea ajena tanto a la Antigüedad clásica como a nuestro Renacimiento, no menos que la idea de un Estado nacional unitario. 

Pero Roma concedió a los pueblos confederados desde sus orígenes el commercium, es decir, el acceso a su Derecho en las relaciones privadas; una manera original de resolver el problema de lo que hoy llamaríamos Derecho internacional privado. 

Y, por otra parte, aparentemente por razones de jurisdicción, pero en realidad para hacer posible el ulterior desarrollo del Derecho privado, y exclusivamente del Derecho privado, se creó un órgano especial, el pretor, y se sustrajo así, en lo esencial, esta parte de la producción jurídica a las asambleas populares. 

De este modo, al mismo tiempo que la participación en la soberanía pública pasó a distinguirse de la capacidad jurídico-privada, y el Derecho privado quedó asentado, en sus elementos esenciales, sobre una base más amplia, también los fines éticos y económicos que impulsan su evolución quedaron separados de los fines sociales y políticos que caracterizan al Derecho público. La legislación civil y mercantil se contrapone, incluso por razón de su fuente de producción, a la legislación social y constitucional. 

 En sus sujetos, en sus fuentes y en sus características, el Derecho público emprende ya un camino esencialmente distinto del seguido por el Derecho privado. La ampliación de aquella parte del Derecho romano que, por hallarse a medio camino entre ambos, recibió el nombre de ius gentium y también el más augusto de ius naturale, así como la pérdida de importancia de la parte más estrictamente paralela al Derecho público, el antiguo ius Quiritium, fueron consecuencia de esta crisis. 

Y entonces aparece por primera vez en el Derecho Romano el contractus, concepto esencialmente privado, es decir, el reconocimiento de relaciones obligatorias independientes tanto del daño causado como de las formas solemnes. La propia sponsio se atenúa y transforma en la stipulatio iuris gentium. En el nuevo procedimiento, el magistrado establece la fórmula procesal y se difumina el carácter puramente arbitral de los juicios; a través del procedimiento hace además su entrada en el sistema contractual el pacto. 

La hija de familia sigue todavía completamente absorbida por la unidad familiar, pero al hijo sometido a la potestad familiar se le reconoce ya, al menos, capacidad para contraer obligaciones, capacidad pasiva, primer indicio de una desagregación de la compacta estructura política de la familia. Más aún, y ello fue obra del pretor, la influencia de las finalidades económicas llega hasta el punto de hacer responsable en muchos casos, al propio pater familias de la obligación, sin posibilidad de liberarse mediante la entrega noxal. También la sucesión se desprende de la esfera política de la gens y de la familia romana, y pasa a fundamentarse en el vínculo de sangre, la cognatio, nuevo concepto exclusivamente privado.

Y en el Imperio

 Más misterioso resulta, en parte, el otro factor que influyó en la evolución específica del Derecho privado. La jurisprudencia romana es esencialmente privatista. Los hombres de Estado más eminentes eran juristas, y tanto bajo la República como bajo el Imperio la condición de jurista abría el camino a los honores públicos; sin embargo, es únicamente en materia de Derecho privado donde se ejerce el consejo de esos hombres y donde se manifiesta su saber. En el Derecho privado encontramos una construcción completa, una técnica no ya refinadísima, sino insuperable, y una organización científica admirable para aquella época. En cambio, las elaboraciones relativas al Derecho público aparecen fragmentarias y elementales.  

Así, la lógica jurídica y el sentido de la aequitas dejaron su impronta en el Derecho privado; en el Derecho público, por el contrario, siguieron dominando la tradición y la conveniencia política.

 Pietro Bonfante, La progressiva diversificazione del diritto pubblico e privato, 1901 

sábado, 31 de octubre de 2026

Nulidad de un contrato de préstamo mercantil con derivado implícito – dies a quo de la acción de nulidad por error vicio

 


Por Mercedes Ágreda

Se discute en el procedimiento cuándo empieza a contar el plazo de cuatro años para el ejercicio de la acción de nulidad por error vicio (art. 1.301 CC) de un contrato de préstamo mercantil en el que el interés se determinaba mediante un derivado financiero implícito. En la demanda, interpuesta en julio de 2018, la consumidora ejercitó con carácter principal una acción de nulidad del contrato de préstamo hipotecario de 16 de junio de 2006, ya que no había sido informada del producto y de sus riesgos, así como de los costes de cancelación.

La cuestión principal que se dirime es si estamos ante una permuta financiera (la consumación del contrato tiene lugar cuando deja de producir efectos) o un contrato de préstamo (la consumación del contrato se produce cuando el objeto del préstamo se pone a disposición del prestatario). El Tribunal Supremo, aclarando su doctrina - había habido algún pronunciamiento anterior que había puesto el foco en el derivado, entendiendo que el préstamo funcionaba como una permuta financiera -, establece que, en estos casos, para determinar el dies a quo hay que atender al contrato de préstamo, sin perjuicio de que para el cálculo del interés se hubiera pactado un derivado.

Partiendo de esta consideración, resulta aplicable la doctrina reiterada conforme a la cual, cuando la acción de nulidad se refiere a un contrato de préstamo, el plazo comienza a correr desde que el capital objeto del préstamo se pone a disposición del prestatario, por lo que la acción estaría caducada.

El TS no considera suficientemente justificada la exclusión a la exoneración del pasivo insatisfecho por infracción tributaria o de seguridad social grave



Por Esther González

(Sentencia del Tribunal Supremo, Sala de lo Civil, núm. 1550/2026, de 2 de octubre de 2026)

Un particular solicitó la exoneración del pasivo insatisfecho y la AEAT (que tenía créditos frente a él) se opuso alegando que concurría la exclusión del art. 487.1.2º TRLC, al haber sido sancionado el concursado por la comisión de una infracción grave por un importe superior a 5.000 euros, sin que la sanción hubiera sido pagada.

El Juzgado de lo Mercantil consideró que dicho precepto de exclusión de la exoneración no era aplicable, argumentando la falta de justificación debida y de proporcionalidad de la exclusión. La AP, por el contrario, consideró plenamente aplicable el art. 487.1.2º TRLC y, por tanto, concluyó que no procedía otorgar la exoneración del pasivo insatisfecho. El particular recurrió en casación y el TS le da la razón en esta sentencia (por lo que considera que procede la exoneración del pasivo insatisfecho con el régimen aplicable para las deudas de la AEAT).

El TS concluye, en primer lugar, que “el preámbulo de la Ley 16/2022 no aporta ninguna justificación en relación con las excepciones del art. 487.1 TRLC. Ni tampoco en los trabajos preparatorios del art. 487.1.2.º párrafo 2º TRLC (procedente de la Ley 16/2022), concretamente de los dos anteproyectos de ley, del proyecto de ley y de su tramitación parlamentaria, se encuentra la justificación de esta causa de exclusión”. Ante esto, el TS ahonda en el derecho propio para analizar si existe una justificación de esta causa de exclusión a la exoneración (infracción tributaria grave) y concluye también que no la hay. Sí considera justificado que sea causa de exclusión la comisión de infracciones tributarias muy graves (en la medida en que entraña, por regla general, el empleo de medios fraudulentos y su apreciación y sanción presupone una conducta de engaño o de negligencia grave), pero no así las infracciones graves: 

“La justificación no se encuentra en el componente fraudulento que apreciamos para las infracciones tributarias muy graves porque la Ley General Tributaria (LGT), si se utilizan medios fraudulentos -definidos en su art. 184.3-, califica las infracciones como muy graves, por lo que precisamente lo que diferencia que la tipificación de una misma conducta se califique como infracción muy grave o grave es la utilización en la primera de medios fraudulentos.”

El TS resuelve en un sentido similar en la STS núm. 1551/2026, de 2 de octubre de 2026, con el añadido de que aplica su doctrina sobre el alcance de la limitación de la exoneración del crédito público (sentencias 260/2026 y 264/2026, de 18 de febrero) según la cual:

  1. El “tratamiento privilegiado” del crédito público se considera justificado “respecto de los créditos concursales ordinarios y privilegiados, pero no respecto de los créditos subordinados que en nuestro derecho concursal interno merecen una desconsideración y son postergados”. Por lo tanto, concluye que los créditos públicos subordinados están afectados por la exoneración sin las limitaciones previstas en el art. 489.1.5º TRLC.
  2. La exclusión de la exoneración es parcial y para toda clase de créditos de Derecho público, al margen de a quién se encomiende su recaudación, con tal de que merezca la consideración de crédito de Derecho público (es decir, no solo para los créditos de la AEAT y de la Seguridad Social).
  3. La ratio de la norma permite aplicar las limitaciones legales a la exoneración a cada uno de los acreedores titulares de créditos de Derecho público. Esto es, respecto de cada uno de ellos se aplica una exoneración íntegra para los primeros 5.000 euros de su crédito, y a partir de esta cifra la exoneración alcanzará el 50% hasta el máximo de 10.000 euros.

Cabe también destacar que el TS resuelve en un sentido similar en la STS núm. 1552/2026, de 2 de octubre de 2026 en relación con infracciones graves en materia de seguridad social.

jueves, 29 de octubre de 2026

Weber y las personas jurídicas pre-contemporáneas

foto: Pedro Fraile

«Mientras no se desarrolló plenamente la distinción entre norma objetiva y pretensión subjetiva, y el derecho seguía considerándose una cualidad condicionada por la pertenencia a una asociación, solo era posible distinguir entre, por un lado, las reglas propias de un círculo de personas o de una asociación fundadas en las cualidades inherentes al status de sus miembros y, por otro lado, aquellas normas nacidas de un contrato coactivo [o pacto] y aplicables directamente a la conducta de las partes interesadas. Todo derecho particular fue en un principio derecho de un círculo de personas, condicionado por cualidades inherentes al status de éstas. Tal situación se transformó… en forma paralela a la creciente diferenciación y escasez económica de los bienes liberalmente adquiridos por cada círculo personal, y ello ocurrió con tal intensidad, que como último resultado casi se llegó al establecimiento del principio opuesto: los derechos particulares, especiales, eran considerados como derechos reguladores de una relación social o económica específica.

Pero para Max Weber, el concepto de la fides representa el pilar invisible de lealtad y buena fe que hizo posible el tráfico mercantil y las relaciones sociales y de patronazgo mucho antes de que se consolidara el derecho civil formal. Lejos de ser un recurso secundario, este principio operaba al margen de las rigideces del jus civile y se garantizaba mediante sanciones sociales como la infamia, una especie de muerte civil que marginaba al infractor del comercio y de la vida pública. Asimismo, Weber aclara que estas redes de lealtad personal (las relaciones clientelares) no evolucionaron hacia asociaciones corporativas ni personas jurídicas, ya que las relaciones de clientela eran vínculos verticales y domésticos completamente distintos de las agrupaciones gremiales o religiosas. Tanto la República como el Imperio romano persiguieron y restringieron sistemáticamente a las asociaciones privadas por temor a su poder político, limitando la autonomía colectiva a formas estrictamente vigiladas y demostrando que el orden jurídico antiguo dependió fundamentalmente de este entramado informal de confianza y honor.

Continúa Weber explicando que en el derecho medieval primitivo, las decisiones colectivas requerían unanimidad (Einstimmigkeit) porque solo obligaba a quienes habían intervenido personalmente en su formación. Weber cita al historiador del derecho Andreas Heusler para subrayar que el motor de la asociación fue la necesidad de lograr acuerdos obligatorios para todos. En esa etapa arcaica, la frontera entre el contrato (que obliga solo a las partes que firman) y el acuerdo o estatuto (que crea una norma objetiva para el grupo) era enormemente elástica. Para que una decisión de la aldea o del gremio tuviera eficacia hacia fuera, debía alcanzarse mediante la unificación de voluntades, lo que en la práctica obligaba a tratar el acuerdo como si fuera un contrato individual concertado por todos y cada uno de los miembros.

Esta concepción de las decisiones colectivas tenía otra consecuencia: la concepción de que el derecho no era una norma "creada" o redactada por los hombres de forma arbitraria, sino una revelación de la verdad divina o de la costumbre ancestral. Bajo este supuesto, solo podía existir un derecho justo. La decisión colectiva no imponía la voluntad de una mayoría sobre una minoría: buscaba "hallar" o reconocer esa única verdad jurídica objetiva. Por eso, quien no aceptaba la decisión o no participaba en el acuerdo quedaba fuera del vínculo jurídico: “Al desaparecer los medios mágicos y carismáticos de formulación del derecho justo, pudo aparecer y de hecho surgió la idea de que el derecho auténtico es creado por la mayoría, por lo cual la minoría tiene el deber de someterse a las decisiones del mayor número”.

Es de esta forma como Weber explica el paso de las decisiones unánimes a las decisiones mayoritarias en las agrupaciones humanas: cuando se seculariza el Derecho. Por eso decían los Papas-canonistas que el objetivo de la asamblea cristiana – o de un concilio – era averiguar la verdad. Por eso los conciliares requerían de la inspiración del Espíritu Santo. Pero el paso de las decisiones unánimes a mayoritarias tuvo otro efecto: la decisión colectiva se transforma en un mecanismo para componer intereses y, por tanto, conciliar preferencias diferentes entre los miembros del grupo. La unanimidad previa permitía concebir el acuerdo social como una forma de acumular información sobre la mejor decisión para el interés común. 

Como los acuerdos de las asociaciones o corporaciones se imponían a todos sus miembros, (art. 159.2 LSC) era sencillo derivar de tal efecto el carácter de norma objetiva del acuerdo adoptado por la asamblea. Por el contrario, los pactos contractuales solo obligan a las partes del contrato.

Al mismo tiempo, la incapacidad de la asamblea para ejecutar sus acuerdos obligó a la separación entre legislación y administración. En este marco, la construcción de la personalidad jurídica es del todo relevante. La persona jurídica producirá normas objetivas cuyo carácter vinculante para los miembros no depende de que éstos las hayan consentido. Y se racionaliza la producción y aplicación de las normas porque corresponden a órganos diferentes.

Weber lo explica considerando que la personificación de las agrupaciones de individuos supuso finalmente

“la total separación de las esferas jurídicas de los miembros y la esfera jurídica independiente de la misma asociación: ciertas personas, designadas de acuerdo con determinadas reglas, son las únicas a quienes se considera jurídicamente autorizadas para obligar a la asociación, o ligar a otros con ella; pero estas relaciones jurídicas no afectan a las personas ni a los patrimonios de los asociados, ni valen como contratos de éstos, sino que se les refiere al patrimonio totalmente independizado de la asociación…Los miembros no pueden aisladamente, como tales, facultar ni obligar a la asociación. Esto sólo es jurídicamente posible para los órganos y únicamente a través de una acción realizada en nombre de la asociación. Además, sólo la asamblea integrada por los miembros designados y autorizados para ello, puede, aunque no deba necesariamente, adoptar decisiones obligatorias”

Y añade, describiendo una concepción patrimonialista de la personalidad jurídica:

“El concepto de personalidad jurídica puede ampliarse asimismo para fundamentar la disposición de bienes económicos cuya utilización corresponde a una pluralidad de personas determinadas según ciertas reglas, aun cuando estas no formen una asociación de base personal propiamente dicha, como ocurre con las fundaciones y los patrimonios afectados a un fin. Los intereses de estas entidades son representados de manera autónoma en el tráfico jurídico por un titular de derechos específico a quien se le reconoce tal condición conforme a normas determinadas”… Desde el punto de vista técnico-jurídico el concepto de personalidad es totalmente superfluo cuando no se atribuye a una asociación ningún patrimonio, en nombre del cual sea posible celebrar contratos”.

Es evidente que Weber 'compra' que son los patrimonios los 'objetos' sobre los que recaen los contratos. Por medio de un contrato, un patrimonio adquiere un bien que, hasta entonces, forma parte o pertenece a otro patrimonio o un patrimonio contrae una obligación frente a otro patrimonio. A continuación, defiende el concepto de personalidad jurídica alemán que niega ésta a las sociedades de personas que son, desde el punto de vista patrimonial, comunidades en mano común (o mancomún).

El concepto de personalidad jurídica es inadecuado para esas sociedades que, de acuerdo con su esencia, sólo abarcan un número limitado de participantes y se hallan temporalmente limitadas, como ocurre, por ejemplo, con algunas sociedades mercantiles. En estos casos, una separación absoluta de las esferas jurídicas del individuo y de la totalidad sería perjudicial al crédito, pues la dignidad específica de un crédito se basa también en la existencia de un patrimonio independiente pero, en primer término, en la responsabilidad de todos los miembros por las deudas de la sociedad”.

Luego explica la evolución de las fundaciones y de los 'institutos' o Anstalt. Este último es un concepto peculiarmente alemán. En Derecho alemán, la Stiftung es esencialmente una figura del derecho privado centrada en el patrimonio. La Stiftung gestiona recursos y rinde frutos, pero carece de estructura para ejercer potestades administrativas o prestar servicios públicos mediante un aparato organizado de medios personales y materiales. Por el contrario, la Anstalt responde a las necesidades del Estado moderno y de la Iglesia burocrática para organizar la prestación de servicios públicos. 

Y añade un largo párrafo en el que describe el mundo pre-contemporáneo como una red de agrupaciones y asociaciones que iban

"desde las simples comunidades de bienes o copropiedad hasta la comunidad puramente política, o desde la casa medieval hasta la ciudad... todas poseían capacidad procesal y patrimonial, aunque las relaciones entre el grupo y sus miembros se regulaban de manera muy diversa".

Obsérvese que Weber distingue entre las relaciones de los miembros con el patrimonio y la organización del grupo (gobierno del patrimonio). En cuanto a lo primero, lo decisivo es si los miembros ostentaban derechos patrimoniales sobre los bienes que componían el patrimonio de la agrupación-asociación pero, cuando existían, estos podían configurarse de formas variadas, en el límite como "propiedad" sobre una acción o participación transmisible. También había diferencias "en si existía la oblgiación de contribuir con el propio patrimonio o con prestaciones personales" En el plano organizativo, "se fijaba de forma muy heterogénea el grado de limitación de los derechos individuales frente a las decisiones colectivas" y las formas de representación en el tráfico de la persona jurídica o "si la condición de socio era abierta, cerrada o dependía de una decisión de la propia agrupación".

Por otra parte, la colectividad recibía el mismo tratamiento de sujeto de derechos y obligaciones personales que un particular: podía ser titular de un nombre, de derechos estamentales o de invención, y poseía capacidad delictiva, imputándosele las acciones u omisiones ilícitas de sus órganos para imponerle penas.

Max Weber, Economía y Sociedad, pp 560 y ss

Becas Cuatrecasas y Premio Manuel Olivencia a la Excelencia Universitaria, convocatoria 2027

foto: Pedro Fraile

La Fundación Cuatrecasas ha abierto la convocatoria 2027 de las Becas Cuatrecasas y del Premio Manuel Olivencia a la Excelencia Universitaria. Ambas iniciativas tienen como objetivo apoyar la formación y reconocer el talento y la excelencia académica de estudiantes de Derecho.

Para que estas oportunidades lleguen al mayor número posible de estudiantes, les agradeceríamos que difundieran ambas convocatorias a través de los canales que consideren más adecuados.

Para facilitar esta labor, hemos preparado un conjunto de materiales de difusión que incluye:

  • Nota de prensa sobre la nueva edición
  • Las bases de ambas convocatorias
  • Un folleto informativo
  • Carrusel para redes sociales
  • Imagen para WhatsApp
  • Propuestas de publicaciones adaptadas a cada canal

Acceda a los materiales de difusión

El plazo para presentar candidaturas permanecerá abierto hasta el 31 de enero de 2027.

Agradecemos de antemano su colaboración para dar a conocer estas oportunidades entre sus estudiantes y el resto de la comunidad universitaria.

Si tienen alguna consulta sobre las convocatorias o los materiales de difusión, pueden escribirnos a convocatorias@fundacioncuatrecasas.com.


martes, 27 de octubre de 2026

La sociedad anónima vista desde la corporación medieval

 




Claassen empieza explicando que "en el principio" se personificó la fundación.
En la Edad Media existía la tendencia a asociar la universitas rerum con su patrimonio. Esto refleja una mentalidad en la que podía parecer que los bienes tenían intereses propios. En la teoría política, esto encontró una expresión memorable en la teoría de la representación de Hobbes: este argumentaba que «las cosas inanimadas, como una iglesia, un hospital o un puente, pueden ser personificadas por un rector, un maestro o un administrador» En este pasaje, Hobbes parece haber creído sinceramente que las cosas pueden tener intereses propios y llegar a vivir en sociedad con la ayuda de un representante (Brito Vieira, 2009: 154; Runciman, 2000: 272). Los historiadores han argumentado que debió de inspirarse aquí en las fundaciones benéficas medievales destinadas a gestionar «cosas inanimadas», es decir, las universitates rerum de la época (Brito Vieira, 2021: 196; Ribarevic, 2017: 103; Skinner, 2018: 22).

Esto está muy bien porque significa que Hobbes, expresando una concepción de la realidad muy extendida, se dio cuenta de que lo que tendemos a personificar son los patrimonios, no exactamente a los colectivos o grupos de personas y, por tanto, que la función de la personificación es equiparar los patrimonios cuya titularidad no corresponde a un hombre o una mujer con los patrimonios personales de un ser humano.  

Añade Claassen que las dos formas corporativas "para actividades sin fin de lucro en los países de derecho continental" que han sobrevivido son la universitas personarum, la agrupación de individuos, es decir, la asociación y la universitas rerum, la fundación. En la segunda solo hay personificación de un patrimonio, lo que implica, como intuyó Hobbes, dotarlo de un representante, esto es, de capacidad de obrar. La capacidad jurídica (la de imputación de derechos y obligaciones patrimoniales) ya la tienen, per se, todos los patrimonios. Si no la tuvieran, ¿cómo podríamos decir que un bien o un derecho 'pertenecen' o 'forman parte' de un patrimonio? Lo que le falta a un patrimonio para ser persona jurídica es la capacidad de obrar (adquirir bienes o derechos, contraer deudas, celebrar contratos, demandar... art. 38 CC).

A continuación, Claassen explica que la asociación y la fundación contemporáneas deberían compararse "con las corporaciones medievales no mercantiles". No tiene mucho sentido, dice con razón, comparar a la asociación o la fundación con la sociedad anónima (la corporación mercantil por excelencia) porque las características de ésta son esenciales para los que invierten su capital, no para los que participan en las actividades de una asociación o para los fundadores o beneficiarios de una fundación.

En efecto, para los inversores, el bloqueo del patrimonio (asset lock-in) y la separación patrimonial (asset-partitioning) eran novedades. En las sociedades colectivas (partnerships), los socios pueden retirar su capital y siguen siendo personalmente responsables. 

A Claassen le sobra, a mi juicio, referirse a la responsabilidad limitada.

¿Qué es lo que buscan los que constituyen una asociación o una fundación? Nada de lo anterior. Buscan la sucesión perpetua, o sea, la vida eterna (universitas non moritur), lo que permite mantener unido el patrimonio con independencia de los cambios en los individuos que lo administran y que pueden abandonar la corporación o morirse.

Pero si comparamos con las corporaciones medievales no mercantiles, encontramos continuidad. Harris sostiene que la separación patrimonial ya existía en la época romana y que cierto grado de la misma es inherente a la propia idea de entidad jurídica separada (Harris, 2020b: 255, 294). Esto se relaciona principalmente con la protección del patrimonio de la entidad (entity-shielding). La responsabilidad limitada en el sentido moderno se estableció más tarde, siendo menos relevante para las corporaciones sin fines de lucro medievales. No obstante, también aquí hay principalmente continuidad, ya que el reconocimiento de la personalidad jurídica separada tuvo el efecto de que no existiera responsabilidad jurídica individual para los miembros de estas corporaciones (Harris, 2020a: 645).

Y, a continuación, relaciona la sucesión perpetua con la estabilidad del patrimonio de la corporación. Considera esta estabilidad un rasgo común a todas las corporaciones. Pero su análisis aquí me parece menos preciso: 

Por último, el bloqueo del patrimonio también se convierte en un tema destacado en el contexto de las sociedades mercantiles; no se discute explícitamente en relación con las corporaciones medievales. Pero también aquí podemos argumentar que ya está implícito en la titularidad de los activos por parte de la corporación medieval (en contraposición a sus miembros), especialmente a la luz de la existencia perpetua de la corporación (Schwartz, 2012: 776; Stout, 2015: 696). Esta continuidad jurídica tiene sentido, ya que el reconocimiento de los atributos de propiedad resulta ventajoso tanto para las corporaciones comerciales como para las no comerciales. Eliminar la amenaza de retirada de capital o de responsabilidad ante los acreedores personales de los miembros/inversores fortalece la capacidad de la organización para operar como una unidad ante la ley. Como era de esperar, en las asociaciones y fundaciones sin fines de lucro contemporáneas también encontramos estas características. Estas organizaciones cuentan con «una protección completa del patrimonio de la entidad» (Hansmann et al., 2006: 1338).
Claassen no parece tener en cuenta una diferencia fundamental entre las corporaciones societarias como la sociedad anónima y las corporaciones 'fundacionales' como la asociación y la fundación: los miembros de una sociedad anónima son domini de la corporación y titulares del patrimonio de la sociedad anónima (por eso pueden vender sus acciones y tienen derecho a la cuota de liquidación a la disolución de la SA) y los miembros de una asociación o los fundadores carecen de cualquier derecho patrimonial sobre los bienes que forman el patrimonio de la corporación 'fundacional'. Pero la preocupación de Claassen parece centrarse en que tan personas jurídicas son las sociedades anónimas como las asociaciones o las fundaciones.

(dejo los textos en inglés porque las traducciones que me da la IA me parecen confusas)
The property attributes, then, should not be represented as unique for business corporations, but as being essentially in the same category as the governmental attributes: generic features of all corporate forms. This position is compatible with arguments that these attributes assume a special importance in the context of business activity, making it more attractive for commercially motivated investors to use the corporate form. But at the same time, this position helps us to see more sharply what is really unique for business corporations: their commercial attributes.

Por "commercial attributes" Claassen entiende los derechos de los accionistas sobre el patrimonio de la sociedad anónima pero solo hace referencia al derecho al dividendo (Claassen afirma que es un derecho condicionado a la decisión de repartir por parte de los administradores lo que puede ser verdad en el derecho anglosajón pero no en el derecho continental, donde los accionistas pueden forzar el reparto de dividendos contra la voluntad de los administradores y tienen la competencia para aprobar dicho reparto). Claassen añade que se pueden entregar acciones a quienes no realizan ninguna aportación al capital, pero, de nuevo, esto es un rasgo peculiar de los derechos que carecen de una "doctrina del capital social", - legal capital - como el norteamericano. No de los derechos continentales.

El segundo "commercial attribute" de la sociedad anónima es la libre transmisibilidad de las acciones. Claassen considera que este rasgo convierte al accionista en fungible a la vez que le permite liquidar su inversión sin afectar al patrimonio de la SA. 

Dice que "ambos rasgos comerciales eran desconocidos en las corporaciones sin fines de lucro medievales y siguen siéndolo en las asociaciones y fundaciones sin fines de lucro contemporáneas". Lo cual es muy correcto y lleva inmediatamente a preguntarse por la procedencia de esos dos rasgos específicos de las corporaciones comerciales (business corporations). Y, naturalmente, la única respuesta posible pasa por afirmar que estas corporaciones resultaron, en la Edad Moderna, de la combinación de la corporación medieval con la 'compañía de comercio' o sociedad con ánimo de lucro. Por eso, yo las denomino 'corporaciones societarias'. Claassen es de la misma opinión:

The commercial features were imported from another legal form, the Medieval unincorporated societas (partnership), such as the Italian commenda (Harris, 2020b: 130ff). The innovation of the business corporation lies here: in its ability to distribute profits to investors (while the original contributions would remain—as with non-profits —locked inside the company), and its ability to transfer shares. Over time, the combination of the property attributes with the opportunities to extract value from the company offered by the commercial attributes proved to be an enormous advance over Medieval unincorporated partnerships. we get a shareholder-oriented hybrid for which both logics normally point in the same direction. The purpose of shareholder value maximization is not just socially beneficial; it is what the average shareholder, who is purely financially interested, wants, anyway. Membership reciprocity and societal service are, in this corporate governance regime, aligned. Governance structures reflecting shareholder primacy and the norm of shareholder value maximization reinforce each other
Siendo más precisos, se importaron de la sociedad colectiva, esto es, de la compañía de comercio, no de la societas. Y no de la commenda sino de la sociedad en comandita. Lo primero es lo que ocurrió en la East India Company y lo segundo en la VOC o Compañía de Indias holandesa. Pero la afirmación es correcta como acabo de señalar: la sociedad anónima es producto de la combinación de la corporación medieval y el contrato de sociedad mercantil. 

Y la conclusión que extrae también lo es: podemos tener una corporación con personalidad jurídica sin miembros, como es la fundación, es decir, podemos agrupar conceptualmente las universitas personarum y las universitas rerum, porque los miembros de una corporación (sea ésta societaria o fundacional, esto es, sea la corporación una sociedad anónima o una cooperativa o una asociación o una fundación) son esencialmente fungibles y, por tanto, prescindibles para construir la categoría conceptual. Ahora bien, cuando los miembros ostentan derechos sobre el patrimonio de la corporación, debemos atribuirles derechos de control - como ha subrayado Hansmann - para proteger tales derechos frente a la expropiación por parte de los que gestionan el patrimonio.

If the argument above is correct, the problem lies not so much in the fact that a property corporation masks itself as a member corporation (as per Ciepley’s argument), but rather in the fact that the business corporation has a one-sided membership and a one-sided purpose. For a Medieval member corporation, extractive potential was low because the effects of corporate actions fell mainly on its members and third-party effects were relatively insignificant. For the Medieval property corporation, extractive potential was low because the value of its service mandate to outside beneficiaries could not be “tapped” by an extractively motivated membership, since it didn’t have members. For the business corporation as a hybrid, there is a relatively homogeneous member class, and there are (contractual and non-contractual) relations with various classes of outside beneficiaries. This offers extractive opportunities to the membership, and since the outside beneficiaries do not have membership status, but are dependent on the services of the corporation, they are in a vulnerable position.

No es muy exacto afirmar que la corporación societaria - la sociedad anónima - requiere de normas particulares para proteger a los terceros que se relacionan con ella como parece sugerir Claassen al final del párrafo transcrito. Está pensando en la responsabilidad limitada o en la posición de dominio de la corporación en el mercado en el que está presente. Pero ninguna de ambas razones justifica considerar con carácter general que la erección de una corporación societaria es "peligrosa" para los terceros que se relacionan con ella. 

Claassen cierra explicando la función social que cumplieron las corporaciones en el Occidente precontemporáneo y la que siguen cumpliendo en una Sociedad liberal con un Estado democrático:
Member corporations and property corporations,” that is,town, guilds, monasteries, and universities was at the basis of modern societies, helping individuals to emancipate from kinship-based (tribal) relationships by providing them with a new set of social arenas where they could associate on a self-chosen basis (Black, 2009; Henrich, 2020), giving rise to new forms of citizenship (Prak, 2018) and representative politics (Stasavage, 2016). Following their accounts, it seems that corporations are a necessary requirement for a liberal society, even if they straddle the public/private divide in the way mentioned above. For corporations to provide (non-tribal) contexts for autonomous action, when—under the right conditions—individuals can voluntarily join and exit. This value of voluntary community is something stressed in accounts of liberal pluralism. Freedom of association is also a part of liberalism, and it needs corporate legal structures (Levy, 2015

Rutger Claassen, The corporation—a return to origins? European Journal of Political Theory, 2026, pp 1–27

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