Dice Jerry Muller que las recomendaciones políticas de Smith estaban impregnadas de un propósito ético superior: mejorar el bienestar material y moral de la gran masa de la población, concepto que él denominó como "opulencia universal". No obstante, su enfoque no era moralista en el sentido tradicional, sino que actuaba como un "institucionalista psicológico" que buscaba diseñar marcos institucionales capaces de canalizar las pasiones humanas hacia fines socialmente beneficiosos. Este proyecto partía de un realismo antropológico que rechazaba tanto la idea del hombre como una criatura intrínsecamente buena corrompida por la sociedad, como la visión de un ser irremediablemente malvado; su objetivo era tomar al hombre como realmente es para hacerlo "tolerablemente decente" mediante el descubrimiento de las instituciones adecuadas.
Según Muller, el gran motivo analítico que atraviesa La riqueza de las naciones es el de las consecuencias imprevistas de la acción humana, un fenómeno que fascinaba a Smith y que convirtió su obra en una suerte de "enciclopedia del papel de las consecuencias no deseadas en los asuntos humanos". Esta perspectiva no buscaba demostrar la futilidad de intentar mejorar la condición humana, sino que pretendía dotar al legislador de una "razón y entendimiento superiores" para discernir las consecuencias remotas de sus actos y prever el beneficio o perjuicio resultante. Smith defendía que muchas instituciones altamente funcionales habían surgido de forma no planificada, "sin una previsión humana deliberada", y que la mano visible del legislador debía intervenir con delicadeza para reformar o preservar aquellas que dirigen los motivos individuales hacia fines benéficos "como si de una mano invisible se tratara"
La famosa metáfora de la mano invisible funciona como una explicación de cómo el mercado coordina el interés propio para generar beneficios colectivos, pues, como explica Smith, "cada individuo se esfuerza continuamente por encontrar el empleo más ventajoso para cualquier capital que pueda controlar. Es su propia ventaja, en efecto, y no la de la sociedad, lo que tiene en vista". Sin embargo, al preferir el apoyo a la industria doméstica por su propia seguridad y dirigirla para que su producción sea del mayor valor, el individuo "es conducido por una mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención", promoviendo el interés de la sociedad de manera más eficaz que cuando realmente intenta promoverlo.
Según Muller, esta defensa del mercado se asienta sobre la distribución del conocimiento en la sociedad, argumentando que cada individuo, en su situación local, puede juzgar mucho mejor que cualquier estadista o legislador cómo emplear su capital, y que otorgar tal autoridad a un gobernante sería peligroso, especialmente en manos de alguien con la "locura y presunción de creerse apto para ejercerla". A pesar de esta confianza en el mecanismo del mercado, Smith documentó numerosos casos donde las consecuencias no deseadas resultaban negativas tanto para el actor como para la sociedad. Un ejemplo notable fue la erosión de la calidad educativa en las universidades inglesas, donde las dotaciones de los filántropos, destinadas a mejorar el aprendizaje, terminaron por liberar a los profesores de la necesidad de depender de las tasas de los estudiantes, destruyendo así su incentivo para dedicarse a la enseñanza. Del mismo modo, advirtió que las leyes destinadas a aumentar los ingresos estatales mediante impuestos excesivos a menudo lograban lo contrario al fomentar el contrabando o desalentar el consumo.
Smith sostenía que el mercado por sí solo no basta para producir ciudadanos decentes; esta tarea requiere de instituciones socializadoras como la familia, donde los niños aprenden a "frenar sus pasiones y acomodar sus deseos a los de los demás" a través de la autoridad parental y la simpatía natural.
En última instancia, dice Muller, el pensamiento de Smith reconoce que la sociedad comercial plantea desafíos que quizá no tengan una resolución definitiva, pero consideraba que sus problemas eran preferibles a las alternativas existentes por su capacidad para avanzar en las "virtudes inferiores" o la decencia moral básica. Lograr una sociedad decente depende no solo del mercado, sino de la voluntad de algunos de perseguir el bien público y del "conocimiento, la sabiduría y la prudencia de quienes están así motivados". Como advirtió Smith sobre el papel del legislador en la promoción de la disciplina y el desaliento del vicio, su ejecución requiere de la "mayor delicadeza y reserva", ya que ignorar los desórdenes expone a la comunidad a males mayores, pero presionar demasiado es "destructivo para toda libertad, seguridad y justicia".
Lisa Herzog, en Higher and lower virtues in commercial society: Adam Smith and motivation crowding out, 2011 dice cosas bastante parecidas pero más elaboradas, claro.

