Al final de la República, Cicerón define el gobierno imperial romano como una forma de patronazgo, realizada mediante el esfuerzo continuo por proteger a Roma y a sus aliados: «el Senado era un refugio para reyes, pueblos y naciones; y la máxima aspiración de nuestros magistrados y generales era defender nuestras provincias y aliados con justicia y honor. Por eso, nuestro régimen podría llamarse con más propiedad un protectorado del mundo que una dominación» (De officiis II, 26-27).
En el siglo I d. C., Plinio el Viejo enumera los deberes sagrados del imperio romano. Según él, la providencia de los dioses había elegido a los romanos para encargarse de la unificación política de los distintos imperios dispersos, de la difusión del latín como lengua universal y de la civilización de los pueblos sometidos (Plinio, Naturalis Historia III, 39). Algunas décadas después, Tácito describió favorablemente la política de pacificación de Agrícola, su suegro, en Britania: «El invierno siguiente lo empleó en medidas muy acertadas. Para que una población dispersa e incivilizada, y por ello inclinada a la guerra, se acostumbrara por medio de las comodidades a la paz y al sosiego, exhortaba a unos, ayudaba a las comunidades, a construir templos, foros y viviendas; alababa a los diligentes, reprendía a los remisos, y la rivalidad por obtener sus elogios sustituyó a la coacción.» (Agrícola 21). De este modo, las tribus sometidas fueron animadas y apoyadas para crear un entorno social semejante al romano, tanto en la esfera pública como en la privada, y para adquirir instituciones y formas de urbanización similares. También se estimuló a las élites indígenas para que compitieran entre sí en ese tipo de inversiones. En el mismo pasaje, Tácito menciona asimismo la adopción del latín y de la toga romana, así como los esfuerzos realizados para proporcionar una educación romana a los hijos de los jefes locales. Estas medidas destinadas a llevar la civilización (humanitas) a los bárbaros no tenían por finalidad prestar un servicio elevado a los sometidos, sino hacer más llevadera su situación de dependencia. Y concluye:
«Aquellos ingenuos llamaban “civilización” a lo que era una parte de su esclavitud.» (Agrícola 21).
Las élites aceptaban de buen grado la cooptación porque significaba la incorporación a una coalición ganadora.
La interpretación tradicional de la romanización de la población indígena llevó a estudiar los rasgos romanos adoptados como aspectos fundamentales de la integración social, cultural y política de las periferias. Así, la influencia cultural se medía, por ejemplo, por la difusión del latín y de las formas romanas de entretenimiento, así como por la aceptación del panteón romano, manifestada en la construcción de templos dedicados a divinidades romanas. La aparición de foros, curias y basílicas indicaba la adopción de las instituciones políticas romanas y, junto con los teatros y anfiteatros, transformó el marco de la vida social. En conjunto, todo el proceso de urbanización fue considerado, y sigue siéndolo, una característica distintiva de las sociedades romanizadas (Revell 2009: 36-79). Hasta el siglo III d. C., la práctica de erigir inscripciones en latín se difundió como una novedad sociocultural en muchas regiones de Occidente. Estos tituli conmemoraban públicamente la vida de los difuntos, los logros políticos o militares, las donaciones hechas a las comunidades, las dedicatorias a los dioses, las leyes imperiales y municipales, entre otras muchas cosas (MacMullen 1982: 238).
Estas adquisiciones culturales se produjeron paralelamente a la adopción de las estratificaciones sociales romanas. Un instrumento fundamental que señalaba y fomentaba la integración social y política era la concesión de la ciudadanía romana. Los peregrini o extranjeros podían adquirir, individual o colectivamente, una ciudadanía limitada o plena. La concesión de la plena ciudadanía romana, o ius civile, comprendía un amplio conjunto de derechos, entre ellos el derecho a contraer matrimonio válido conforme al Derecho romano y a celebrar contratos y negocios jurídicos válidos, el derecho a fijar libremente el domicilio y el derecho a votar en las asambleas populares de Roma. A las comunidades indígenas de la periferia se les concedía con frecuencia una ciudadanía limitada, o ius Latii, por lo que carecían de algunos de los derechos propios de los ciudadanos romanos de pleno derecho.
En las provincias, la adquisición de la ciudadanía romana aumentaba el prestigio y la posición social tanto de los individuos como de las comunidades. La ciudadanía plena se concedía a particulares por méritos personales y también a los auxiliarii, los soldados de las tropas auxiliares reclutadas entre los no ciudadanos, una vez cumplidos los veinticinco años de servicio exigidos.
En los municipios provinciales que habían obtenido el derecho latino, la ciudadanía romana plena podía alcanzarse asimismo mediante el desempeño de magistraturas locales. Adriano dispuso que los decuriones, es decir, los miembros de la curia o consejo municipal, también pudieran obtener la ciudadanía romana mediante la concesión del llamado Latium maius. La manumisión formal permitía igualmente que los esclavos privados se incorporasen a la comunidad de ciudadanos (Wiedemann 1985: 162).
La ciudadanía operaba como un mecanismo selectivo de integración. El acceso privilegiado se producía precisamente a través de los grupos que Roma tenía más interés en incorporar: militares auxiliares, magistrados municipales, decuriones y, en otro plano, esclavos manumitidos. No se trata de una extensión indiscriminada de la ciudadanía a toda la población provincial, sino de una integración gradual a través de posiciones que vinculaban a sus titulares con el funcionamiento del sistema romano. Roma ampliaba la coalición romana incorporando primero a individuos y élites locales
Como el ejército regular de legionarios estaba compuesto exclusivamente por ciudadanos romanos, esta política inclusiva constituyó una de las estrategias que distinguieron la construcción del imperio romano de la de las ciudades-estado griegas. El Senado y el emperador podían apoyarse en un cuerpo de ciudadanos cada vez más numeroso para satisfacer las necesidades militares de un imperio en expansión.
O sea, la ampliación de la ciudadanía aumentaba la capacidad militar de Roma, y el aumento de la capacidad militar hacía posible seguir ampliando la ciudadanía. Si uno quisiera formularlo en términos de economía política, podría decir que Roma resolvió parcialmente un problema que muchos estados premodernos no resolvieron: logró que una parte de los conquistados tuviera incentivos para integrarse en el grupo de los conquistadores porque existía una vía relativamente creíble de acceso a ese grupo. Esa permeabilidad producía recursos militares adicionales y, por tanto, más capacidad de expansión. Sherwin-White habría reconocido inmediatamente este argumento. En realidad, detrás de mucha de la historia de la ciudadanía romana está precisamente la idea de que Roma creció porque transformó aliados en ciudadanos en una medida que las poleis griegas rara vez estuvieron dispuestas a aceptar.
Permite concebir la condición de romano como una identidad que podía experimentarse de formas muy distintas en las diversas provincias. Así, la cultura romana era una cultura «compartida por un grupo ampliamente extendido de élites gobernantes, pero que siempre y en todas partes estaba expuesta a interpretaciones alternativas» (Hingley 2005: 71).
Como consecuencia de las diferencias en la cultura existente antes de la conquista, en la categoría administrativa, la situación geográfica, el momento de la conquista y las «trayectorias históricas específicas de las distintas comunidades», se han observado interpretaciones diversas de la identidad romana en las diferentes regiones de la periferia (Revell 2009: 192-193).
Estas experiencias divergentes de la romanidad no se percibían únicamente entre comunidades distintas. La asunción de una identidad romana, exteriorizada a través de prácticas adoptadas como la erección de inscripciones, el uso socialmente regulado del espacio urbano o la aceptación de magistraturas municipales, se convirtió en un instrumento para estructurar la jerarquía social dentro de la sociedad local.
El teatro romano puede servir de ejemplo de cómo las estructuras urbanas romanas podían expresar la jerarquía social. Existían normas estrictas sobre la distribución de los asientos según la clase social. Asimismo, el uso de accesos y escaleras estaba regulado en función del estatus. Se imponían cuantiosas multas a quienes infringían estas normas, que buscaban claramente hacer visible el orden social. Cada representación teatral implicaba así una reafirmación simbólica de la jerarquía social existente. La identidad de las élites también se expresaba en el anfiteatro. Para los libertos acomodados, excluidos del acceso a las magistraturas, la organización de costosos espectáculos constituía un importante medio de compensar la falta de prestigio social asociada a sus modestos orígenes...
Dentro de la vasta y heterogénea periferia del Imperio, la identificación con el poder romano dominante constituyó con frecuencia un importante medio para acumular y exhibir posición social una vez superadas las fases iniciales de sometimiento.
¿Formaban parte de una estrategia deliberada de Roma los esfuerzos de Agrícola en Britania, descritos por Tácito... así como los de muchos otros gobernadores, encaminados a fomentar la incorporación de las poblaciones indígenas, especialmente de sus élites, al sistema imperial y a difundir la cultura romana por todo el Imperio? Un ejemplo particularmente claro de una estrategia de este tipo podría encontrarse en la organización del culto imperial en las provincias. Dado que tanto hombres (seviri Augustales y flamines Augustorum) como mujeres (flaminicae Augustorum) pertenecientes a las élites locales ejercían las funciones sacerdotales, este culto contribuía al mantenimiento de la cohesión del Imperio y, al mismo tiempo, respondía a la aspiración de esas élites de aumentar su prestigio local mediante su vinculación a las instituciones imperiales.
La incorporación podía llegar muy lejos: no sólo permitía a las élites locales adquirir prestigio municipal o ciudadanía, sino también acceder al orden ecuestre, al Senado y, en casos excepcionales, al propio trono imperial.
La adquisición de la ciudadanía romana permitía a sus beneficiarios participar en el sistema de arrendamiento de bienes públicos y de actividades tales como la explotación de minas y la recaudación de impuestos.
Este sistema presentaba múltiples ventajas tanto para el gobierno imperial romano como para las élites locales. Reducía la posibilidad de una explotación excesiva por parte de forasteros ajenos a la comunidad y, con ello, el riesgo subsiguiente de rebelión, al tiempo que las clases dirigentes locales no eran privadas de su riqueza, puesto que participaban de manera decisiva en la extracción de recursos. Un aumento de la producción era además una consecuencia necesaria del sistema, ya que Roma reclamaba igualmente una parte del excedente generado. Ørsted, que estudió estas formas de colaboración política y económica, llegó a definir la romanización como «una política económica deliberada» y concluyó: «el lobo y la oveja pacen juntos».
Ørsted... considera que... la abolición del arrendamiento de los impuestos a particulares, fue un factor importante que contribuyó a la desintegración del Imperio romano tardío. Para entonces,... la ciudadanía romana reconocida a todos los hombres libres, era «una carga, no un privilegio», pues comportaba únicamente obligaciones financieras y sociales (Ørsted 1985: 371-372).
La cooperación entre el gobierno romano y las élites locales ha sido considerada, por tanto, crucial para la integración social y económica de los pueblos sometidos. El objetivo y el resultado del sistema tributario eran la afluencia de recursos desde las provincias hacia Roma.
Pero este flujo cambia en el Imperio
donde una enorme cantidad de recursos no se consumía en Roma, sino en la periferia interior más extrema del Imperio: la zona fronteriza.
para pertrechar y pagar a los ejércitos que defendían esas fronteras.
Aquí es donde estaban acantonados cientos de miles de soldados, encargados de proteger las provincias y de impedir las invasiones exteriores, y cuyos salarios era necesario pagar. La existencia de mercados de semejante magnitud en las fronteras provocó un notable aumento de la producción local en las proximidades de los campamentos militares (MacMullen 1968).
También estimuló el comercio a larga distancia con el norte y el centro de Europa, tanto de productos básicos como de bienes de lujo procedentes de las provincias meridionales, donde la comercialización de excedentes cada vez mayores se veía favorecida por la exigencia de pagar los impuestos en dinero (sobre el desarrollo económico y la tributación véanse Jones 1974, Hopkins 1980, Millett 1990: 6-7, Leveau 2007).
Ello condujo al desarrollo de actividades económicas fuera del sector primario o agrario, ya que un número creciente de personas pasó a dedicarse al comercio, la banca y el transporte.
El auge del comercio interregional queda acreditado por el notable incremento de los naufragios documentados y por la difusión de recipientes cerámicos de transporte (amphorae).
Hasta el siglo III d. C., Roma exigió principalmente el pago de impuestos en dinero, mientras que los tributos en especie tuvieron una importancia limitada.
Aunque la economía de la periferia imperial conservó fundamentalmente los rasgos de una economía de subsistencia, experimentó un crecimiento significativo en términos de producción, mercados e interconexión regional. Este desarrollo fue una respuesta a la extracción de trabajo (esclavos, aunque sólo inicialmente) y de recursos (primero mediante el saqueo y posteriormente mediante los impuestos) por parte del centro, y fue posible gracias al sistema fiscal, al diseño estratégico-militar del Imperio romano, a la mejora de las redes viarias y a la estabilidad política predominante. No obstante, la periferia también sufrió otros efectos económicos derivados del Imperio, como la expropiación de tierras en beneficio de colonos romanos e inversores propietarios de grandes latifundios.
El Imperio romano se caracterizó por un grado de integración extraordinariamente elevado. Al igual que la adhesión a la cultura romana, la adquisición de la ciudadanía romana ofrecía a las élites indígenas de la periferia oportunidades para conservar el poder local, social, político y económico, así como para desarrollar una carrera dentro de las estructuras imperiales.
Estos procesos pudieron dar lugar al surgimiento, dentro de las propias comunidades locales, de nuevas formas de centralidad y periferia, definidas por la adopción deliberada de rasgos romanos.
La capacidad del Imperio romano para incorporar a las clases sociales superiores fue crucial para su prolongada existencia.
La promoción jurídica de determinadas comunidades por encima de otras menos favorecidas, así como la aparición de colonias romanas, dio lugar a un paisaje sociocultural complejo en la periferia, donde los rasgos sociales y culturales procedentes del centro se mezclaban con los existentes y eran a menudo reinterpretados.
Lo interesante es que Vanacker parece combinar explícitamente dos ideas: primero, que la ciudadanía permitía a las élites provinciales mantener su poder económico y político local; segundo, que esas mismas élites podían acceder a oportunidades imperiales. No presenta la romanización como una sustitución de las élites indígenas por élites romanas, sino como una integración de las primeras en la estructura imperial.
Además, Roma generaba competencia entre ciudades por el acceso a estatus privilegiados: colonia, municipio, derecho latino, ciudadanía, etc. Eso encaja bastante bien con la idea tradicional que describía el imperio romano como una coalición de ciudades con un poder central de carácter militar



