domingo, 23 de agosto de 2026

Personificación y representacion



La personificación está muy relacionada históricamente con la representación. Ambas – personificación y representación – son las dos técnicas inventadas por el derecho para permitir a un grupo de individuos actuar unificadamente.

De hecho, cuando se define la personalidad jurídica por la doctrina mayoritaria, suele decirse que tienen personalidad jurídica las sociedades cuyos socios han separado un patrimonio (formado por las aportaciones y distinto del patrimonio de cada uno de los socios) y tienen voluntad de actuar unificadamente en el tráfico. A mi juicio, para que exista una persona jurídica basta con que los socios tengan voluntad de crear un patrimonio y quieran dotarlo de capacidad de obrar. Es la creación del patrimonio dotado de capacidad de obrar lo que provoca el efecto unificador sobre los socios. A través de la personificación, los socios pueden actuar como si fueran uno en relación con el conjunto de bienes, derechos, créditos y deudas que forman ese patrimonio. 

Pero la actuación unificada de un grupo puede lograrse también a través de la institución de la representación. Es muy sencillo: basta con que todos los miembros de un grupo designen a un representante común, a un mandatario colectivo al que doten de un poder de representación de todos y cada uno de los miembros del grupo. A menudo esta es la descripción más acertada de ‘asociaciones’ informales de individuos que pretenden promover cualquier causa u objetivo preferido. La relación que les une, sin embargo, no suele ser jurídica, solo ‘de favor’. Pero, aunque sea jurídica, no implica necesariamente que la asociación tenga personalidad jurídica – si los miembros no quieren constituir una corporación y no forman un patrimonio al que se imputarán bienes, créditos y deudas que se adquieran o contraigan como consecuencia de la actividad de los representantes de la asociación- pero es seguro que esos miembros disfrutan de la protección constitucional de su derecho de asociación.

Esta distinción entre personificación y representación es, podríamos decir, relativamente reciente. Lo que la experiencia histórica europea nos cuenta es que hubo una ‘división del trabajo’ entre representación y personificación. 

La representación se utilizó para unificar grupos societarios, es decir, grupos cuyos miembros estaban vinculados entre sí por un contrato de sociedad (o ‘compañía’ de comercio) y la personificación se reservó para los grupos ‘corporativos’, es decir, para grupos grandes de individuos a los que une, no un contrato, sino una circunstancia personal, vital o social: ser vecino (de la corporación – ciudad); ejercer una determinada profesión (miembro de una corporación gremial o de un consulado mercantil), estado religioso (ser monje o capitular de una catedral) o militar (caballero de una orden militar).

La independencia del objetivo de la corporación respecto de las preferencias de sus miembros concretos que, en cada momento forman parte del grupo hacen inidónea la representación para que el grupo pueda actuar unificadamente. Sencillamente, porque habría que estar renovando continuamente los "poderes" al representante cada vez que cambiara alguno de los miembros del grupo. Lo eficiente, cuando se trata de grupos grandes y de perseguir en común fines que trascienden a las preferencias o necesidades individuales e idiosincráticas de cada uno de los miembros del grupo es personificar el grupo. Crear una persona jurídica formando un patrimonio (los bienes que se dedicarán al objetivo del grupo) y dotándola de órganos ocupados por individuos que pueden vincular ese patrimonio entablando relaciones jurídicas con terceros. El efecto es el mismo que si todos los miembros de la corporación (universitas personarum) hubieran otorgado un poder de representación al administrador, rector, magistrado, maestre, abad, prior, obispo, cónsul… para que pueda vincular al patrimonio de la corporación con sus actos y, en esa medida, afectar a la esfera jurídica del miembro de la corporación. A la vista de lo cual, no extraña que la teoría de la persona jurídica se formulara al mismo tiempo que la teoría de la corporación y del Estado: entre los siglos XII y XVII. 

Pero la personificación no era necesaria para articular la actuación unificada de un grupo pequeño de individuos vinculados entre sí por un contrato de sociedad. Bastaba con suponer que los socios se otorgaban recíprocamente poderes de representación delimitados por el negocio común (no un mandato colectivo salvo en el caso del llamado "administrador privativo" o contractual). De este modo, cada vez que uno de los socios (de una sociedad civil o colectiva) actuaban en su condición de tales, frente al tercero, se vinculaba él y vinculaba a sus socios, aunque, internamente – en las relaciones entre los socios – el acuerdo social significaba que se vinculaba el patrimonio social exclusivamente, no el patrimonio individual de cada uno de los socios. Pero, frente al tercero, que no tenía forma de evaluar la solvencia del patrimonio social como distinto del patrimonio de los socios, la ley establecía la responsabilidad de todos los socios. De este modo, cualquiera de los socios – administradores natos – representaba a todo el grupo y los códigos civiles y de comercio hablan siempre de actuación por cuenta de “la sociedad”. (arts. 1695, 1697 y 1698 CC y arts. 127, 128. 130… C de c). Por tanto, mientras no se reconoce históricamente personalidad jurídica a las sociedades civiles y a las sociedades colectivas, los socios responden de las deudas sociales porque el que las ha contraído – el socio administrador – lo ha hecho con ‘poder’ de los demás socios.

La cosa cambia cuando se reconoce a las sociedades personalidad jurídica equiparándolas, en este aspecto a las corporaciones (lo que ocurre, primero, en Francia en la primera mitad del siglo XIX, porque ‘deudor’ en el sentido del artículo 1911 CC es un ‘patrimonio’ y si la sociedad tiene personalidad jurídica, el patrimonio social está separado del patrimonio de los socios de manera que el deudor es la sociedad, no los socios, por lo que lo que ahora, que se ha prescindido del mecanismo representativo y se ha sustituido por la personificación, hay que justificar la imposición de responsabilidad ‘ilimitada’ a los socios por las deudas sociales. Y la justificación es que se trata de reforzar el crédito de la sociedad añadiendo, cual fianza, el patrimonio de los socios al patrimonio social en garantía de los acreedores.

Bien puede decirse, pues, que en la pugna entre dos instituciones jurídicas centrales, la personalidad jurídica ha ganado la batalla a la representación como mecanismo para permitir la actuación unificada en el tráfico de un grupo de individuos. El legislador, sin embargo, no impone nada. Los grupos humanos pueden seguir recurriendo a la representación sin formar un patrimonio separado.

La UTE es un magnífico ejemplo: las empresas asociadas en una Unión Temporal de Empresas designan un ‘gerente’ o mandatario común que les representará en el giro o tráfico de la empresa que van a realizar en común pero no hay personificación porque no hay un patrimonio distinto del de los miembros de la UTE al que se imputarán los derechos y obligaciones (la adquisición de los bienes o créditos, las deudas o los derechos y obligaciones contractuales) que se vayan generando en el desarrollo de la actividad común. 

Es más, el desarrollo de las telecomunicaciones, permite a grupos enormes de personas pueden designar sencillamente a un mandatario común sin necesidad de constituir una corporación para coordinarse de manera que gracias a los cambios tecnológicos, la representación ha mejorado su utilidad que, como cualquier institución jurídica, consiste en favorecer la cooperación entre extraños. 

Oakeshott: la idea de universidad

 


Es una teoría que me gusta sostener: lo que la gente llama «ideales» y «propósitos» nunca son en sí mismos el origen de la actividad humana; son expresiones abreviadas de la verdadera fuente de la conducta, que es una disposición a hacer ciertas cosas y un conocimiento de cómo hacerlas. Los seres humanos no parten del reposo y se lanzan a la actividad solo cuando son atraídos por un propósito que alcanzar. Estar vivo es estar perpetuamente activo. Los propósitos que atribuimos a tipos particulares de actividad son solo abreviaciones de nuestro conocimiento sobre cómo participar en esta o aquella actividad. 

Esto, por ejemplo, es claramente evidente en la actividad que llamamos «ciencia». La actividad científica no es la búsqueda de un fin premeditado; nadie sabe ni puede imaginar adónde llegará. No hay una perfección prefigurada en nuestras mentes que podamos establecer como estándar para juzgar los logros actuales. Lo que mantiene unida a la ciencia y le da impulso y dirección no es un propósito conocido que deba alcanzarse, sino el conocimiento que los científicos tienen sobre cómo llevar a cabo una investigación científica. Sus búsquedas y propósitos particulares no se superponen a ese conocimiento, sino que emergen dentro de él. O bien, un cocinero no es alguien que primero tiene la visión de un pastel y luego intenta hacerlo; es alguien con habilidad en la cocina, y tanto sus proyectos como sus logros surgen de esa habilidad. O, para tomar un tercer ejemplo, un hombre puede pensar que tiene una «misión» en la vida, y puede creer que su actividad está gobernada por esa «misión». Pero, en realidad, es al revés; su actividad misionera consiste en saber cómo comportarse de cierta manera y en intentar comportarse así; y lo que llama su «misión» es solo una expresión abreviada de ese conocimiento y esfuerzo. 

Por esta razón, el discurso actual sobre la «misión» y la «función» de una universidad me resulta difícil de entender; creo que puedo captar lo que se pretende, pero me parece una forma desafortunada de hablar. Se asume que existe algo llamado «una universidad», un artificio de algún tipo, algo que se podría replicar mañana si se tuviera suficiente dinero, y sobre lo cual tiene sentido preguntar: ¿para qué sirve? Y una de las críticas a las universidades contemporáneas es que no son tan claras como deberían sobre su «función». No me sorprende en absoluto. Hay muchas cosas que podrían criticarse legítimamente en nuestras universidades, pero discutir con ellas porque no son claras sobre su «función» es cometer un error sobre su naturaleza. Una universidad no es una máquina para lograr un propósito particular o producir un resultado específico; es una forma de actividad humana. Y sería necesario que una universidad se anunciara como persiguiendo un propósito particular solo si estuviera hablando con personas tan ignorantes que hubiera que hablarles en lenguaje infantil, o si tuviera tan poca confianza en su capacidad para acoger a quienes se acercan a ella que tuviera que llamar la atención sobre sus encantos incidentales. Sin embargo, mi impresión es que nuestras universidades aún no han caído tan bajo como para que esto sea necesario. Puede que no sepan para qué están, puede que tengan una idea muy vaga de su «función», pero creo que sí saben algo mucho más importante: cómo llevar a cabo el negotium de ser una universidad. Este conocimiento no es un don de la naturaleza; es conocimiento de una tradición, debe adquirirse, siempre está mezclado con error e ignorancia, e incluso puede perderse. Pero solo explorando este tipo de conocimiento (que creo que no se ha perdido) podemos esperar descubrir lo que podría llamarse la «idea» de una universidad. 

Una universidad es un grupo de personas dedicadas a cierto tipo de actividad: la Edad Media la llamaba Studium; nosotros podemos llamarla «la búsqueda del conocimiento». Esta actividad es una de las propiedades, de hecho una de las virtudes, de una forma de vida civilizada; el erudito tiene su lugar junto al poeta, el sacerdote, el soldado, el político y el hombre de negocios en cualquier sociedad civilizada. Sin embargo, las universidades no tienen el monopolio de esta actividad. El erudito solitario en su estudio, una academia famosa por una rama particular del saber, una escuela para niños pequeños, todos participan en esta actividad y todos son admirables, pero no son universidades. Lo que distingue a una universidad es una manera especial de participar en la búsqueda del conocimiento. Es un cuerpo corporativo de eruditos, cada uno dedicado a una rama particular del saber: lo característico es la búsqueda del conocimiento como empresa cooperativa. Los miembros de esta corporación no están dispersos por el mundo, reuniéndose ocasionalmente o no reuniéndose en absoluto; viven en proximidad permanente unos de otros. Y, por consiguiente, descuidaríamos parte del carácter de una universidad si omitiéramos pensar en ella como un lugar. 

Una universidad, además, es un hogar del saber, un lugar donde se preserva y se extiende una tradición de conocimiento, y donde se ha reunido el aparato necesario para la búsqueda del saber. 

De los eruditos que componen una universidad, algunos pueden dedicarse al conocimiento con ocio ininterrumpido, sus colegas beneficiándose de su saber mediante la conversación y el mundo, quizás, a través de sus escritos. Un lugar de conocimiento sin este tipo de erudito difícilmente podría llamarse universidad. Otros, sin embargo, se dedicarán tanto a enseñar como a aprender. Pero aquí también, es la manera especial de la empresa pedagógica lo que distingue a una universidad. Quienes acuden a ser enseñados en una universidad deben aportar pruebas de que no son meros principiantes; y no solo se les muestra el saber de sus maestros, sino que se les ofrece un currículo de estudio, seguido de una prueba y la concesión de un título. Tres clases de personas, entonces, componen una universidad tal como la conocemos: el erudito, el erudito que también es maestro, y quienes vienen a ser enseñados, los estudiantes de grado. Y la presencia de estas tres clases, y las relaciones que prevalecen entre ellas, determinan el lugar distintivo de una universidad en la empresa más amplia que llamamos búsqueda del conocimiento. 

hay una diferencia entre la búsqueda del conocimiento y la adquisición de información. Es una diferencia sutil, pues un hombre mal informado difícilmente puede llamarse erudito. Pero un erudito es algo más que un recolector de bagatelas sin considerar: sabe algo sobre lo que busca, y puede distinguir entre lo que sabe y lo que no sabe. El desprecio del mundo por el «pobre pedante» a menudo está equivocado; juzga la actividad del erudito por su utilidad, y la encuentra pedante cuando parece inútil. Pero este es un criterio falso; lo que es reprobable no es la búsqueda de conocimiento sin utilidad inmediata, ni esa atención al detalle que es inevitable en la erudición, sino ese tanteo ciego entre fragmentos de saber conocidos solo como fragmentos, en lo que a veces degenera la erudición...  

No hay, en efecto, una forma simple de determinar qué compone el mundo del saber... No representan un propósito premeditado, sino una tradición que cambia lentamente. Con el paso de los años, nuevos estudios surgen en el horizonte y los antiguos se rejuvenecen al entrar en contacto con los nuevos.... la búsqueda del conocimiento puede parecer una empresa fragmentaria; y aunque sospechemos que esto es lo que parece solo desde fuera, no parecerá descabellado preguntarse si no se necesita alguna fuerza integradora superior que dé coherencia y proporción al conjunto.... los que sienten más intensamente esta necesidad se encuentran rellenando los intersticios entre las ciencias con una pasta pegajosa llamada «cultura», creyendo que están satisfaciendo una necesidad desesperada.  

El mundo del saber no necesita un cemento externo que lo mantenga unido... La búsqueda del conocimiento no es una carrera en la que los competidores pugnan por el mejor puesto, ni siquiera es una discusión o un simposio; es una conversación...Una conversación no necesita moderador, no tiene curso predeterminado, no preguntamos para qué sirve, y no juzgamos su excelencia por su conclusión; no tiene conclusión, sino que siempre se pospone para otro día. Su integración no se superpone, sino que surge de la calidad de las voces que hablan, y su valor reside en los restos que deja en las mentes de quienes participan. 

El erudito, entonces, es alguien que sabe cómo participar en la actividad del conocimiento; su voz natural no es la del predicador ni la del instructor. Sin embargo, no sorprende que entre los eruditos se encuentren maestros, y que la universidad sea un lugar donde uno pueda ir con la expectativa de aprender algo. No todo erudito tendrá la simpatía que hace a un gran maestro, pero todo erudito genuino inevitablemente transmite a quienes son capaces de reconocerlo algo de su conocimiento sobre cómo buscar el saber. Su poder de enseñar surge de la fuerza e inspiración de su conocimiento, de su inmersión en la búsqueda del saber, que puede sentirse incluso por quienes están poco tocados por las ambiciones de un erudito. Y aun aquellos cuya erudición y simpatía están listas, aquellos que son eminentemente capaces de transmitir lo que saben, deben esperarse que sean algo distintos de instructores diligentes. Pueden conocerse las reglas, pero no se preocuparán mucho por enseñar conclusiones. Uno puede ir a ciertos tipos de escuelas de arte y aprender diez formas de dibujar un gato o una docena de trucos para pintar un ojo, pero el erudito como maestro enseñará no cómo dibujar o pintar, sino cómo ver. Puede ser fácilmente articulado, o puede encontrar difícil desprenderse de sus propias dudas y vacilaciones, pero, siendo erudito, no le corresponde hablar sin voz particular, y no tendrá nada que ver con la vulgarización del saber que lo considera meramente como medio para aprobar un examen o conseguir un certificado. 

Pero además, una universidad tiene algo más que ofrecer ... exclusivo de la universidad ... Un hombre puede, en cualquier momento de su vida, comenzar a explorar una nueva rama del saber o embarcarse en una nueva actividad... sin tener que reorganizar sus escasos recursos de tiempo y energía...Aquí hay una oportunidad para dejar de lado las ardientes lealtades de la juventud sin la necesidad de adquirir de inmediato nuevas lealtades que las sustituyan. Aquí hay una pausa en el curso tiránico de los acontecimientos irreparables; un período en el que mirar al mundo y a uno mismo sin sentir que hay un enemigo a la espalda ni la presión insistente de tener que decidirse; un momento en el que saborear el misterio sin la necesidad de buscar de inmediato una solución. Y todo esto, no en un vacío intelectual, sino rodeado por todo el saber heredado, la literatura y la experiencia de nuestra civilización; no en soledad, sino en compañía de espíritus afines; no como única ocupación, sino combinado con la disciplina de estudiar una rama reconocida del saber; y ni como primer paso en la educación (para quienes son completamente ignorantes de cómo comportarse o pensar) ni como educación final para preparar a alguien para el día del juicio, sino como un punto intermedio... 

Sería difícil determinar el origen de esta oportunidad extraordinaria. Quizás surgió (como Lucrecio imagina que surgieron los miembros humanos) del hecho de que había personas que, en grados diversos, podían hacer uso de ella. En todo caso, creo que es lo único que toda universidad en Europa, en alguna medida, proporciona a sus estudiantes de grado. El disfrute de esta oportunidad depende de cierta preparación previa (nadie ignorante de lo que debería haber aprendido en la infancia podría esperar aprovecharla), pero no depende de ningún privilegio preexistente definible ni de la ausencia de la necesidad de ganarse la vida al final: es en sí misma el privilegio de ser un «estudiante», el disfrute de la schole —el ocio.... Casi de la noche a la mañana, un mundo de hechos ingratos se había derretido en posibilidades infinitas; nosotros, que no pertenecíamos a ninguna «clase ociosa», habíamos sido liberados por un momento de la maldición de Adán, de la onerosa distinción entre trabajo y juego. Lo que se abría ante nosotros no era un camino, sino un mar sin límites; bastaba con desplegar las velas al viento. La urgencia distraída de un destino inmediato estaba ausente, el deber ya no oprimía, el aburrimiento y la decepción eran palabras sin sentido; la muerte era impensable. Pero pertenece al carácter de un intermedio el llegar a su fin; hay un tiempo para todo y nada debe prolongarse más allá de su tiempo. El eterno estudiante de grado es un alma perdida. 

¿Y cuál es la cosecha? Nadie podría salir de una universidad así sin quedar marcado. Intelectualmente, puede suponerse que ha adquirido cierto conocimiento y, más importante aún, una disciplina mental, una comprensión de las consecuencias, un mayor dominio de sus propias facultades. Sabrá, quizás, que no basta con tener un «punto de vista», que lo que necesitamos son pensamientos. No saldrá con un arsenal de argumentos para demostrar la verdad de lo que cree; pero habrá adquirido algo que lo pone fuera del alcance del gamberro intelectual, y sea cual sea el tema de su estudio, puede esperarse que sea capaz de buscar algún sentido en las cosas que han conmovido profundamente a la humanidad. Quizás incluso haya encontrado un centro para sus afectos intelectuales. En resumen, este período en la universidad puede que no lo haya equipado muy eficazmente para ganarse la vida, pero habrá aprendido algo que le ayudará a llevar una vida más significativa. Y moralmente: no habrá adquirido un conjunto de ideas morales, un nuevo traje moral de confección, pero habrá tenido la oportunidad de ampliar el alcance de su sensibilidad moral, y habrá tenido el ocio para reemplazar los absolutos clamorosos y conflictivos de la adolescencia por algo menos corruptible. 

La búsqueda del conocimiento, como toda gran actividad, es inevitablemente conservadora. Una universidad no es como un bote que puede moverse de un lado a otro para captar cada soplo de viento pasajero. Los críticos a los que debería escuchar son aquellos interesados en la búsqueda del saber, no aquellos que encuentran imperfecta a la universidad porque no es otra cosa distinta de lo que es... Una universidad debe cuidarse (de)... que, en lugar de estudiar y enseñar las lenguas y literaturas del mundo, se (convierta)... en una escuela para formar intérpretes; que en lugar de dedicarse a la ciencia, está formando ingenieros eléctricos o químicos industriales; que en lugar de estudiar historia, está enseñando historia con algún propósito ulterior; que en lugar de educar a hombres y mujeres, los está entrenando exactamente para ocupar algún nicho en la sociedad...  

Su primer cometido es la búsqueda del conocimiento —no hay sustituto que, en una universidad, compense la ausencia de esto— y, en segundo lugar, su preocupación es con el tipo de educación que se ha encontrado que surge en el curso de esta actividad. Una universidad habrá dejado de existir cuando su saber haya degenerado en lo que ahora se llama investigación, cuando su enseñanza se haya convertido en mera instrucción y ocupe todo el tiempo del estudiante de grado, y cuando quienes vienen a ser enseñados lo hagan no en busca de su fortuna intelectual, sino con una vitalidad tan no despertada o tan agotada que solo desean que se les proporcione un equipo moral e intelectual utilizable; cuando lleguen sin comprensión de las maneras de la conversación y solo deseen una cualificación para ganarse la vida o un certificado que les permita participar en la explotación del mundo.


Oakeshott, Michael. “The Idea of a University.” The Voice of Liberal Learning: Michael Oakeshott on Education, edited by Timothy Fuller, Yale University Press, 1989, pp. 23–30. Originalmente publicado en The Listener, 1950.

viernes, 21 de agosto de 2026

Michoud y las relaciones entre los miembros de una corporación y ésta.



El gran civilista francés Leon Michoud distinguía tres tipos de relaciones entre los miembros y la corporación. 

  • Las que tienen como terceros, es decir, cuando el miembro se relaciona con la corporación como podría relacionarse un tercero no miembro porque la corporación está personificada. Sería el caso del accionista que vende un inmueble de su propiedad a la sociedad anónima; 
  • las relaciones “que resultan exclusivamente de la pertenencia a la agrupación y que se rigen, completamente, por la ley interior. Son relaciones jurídicas ligadas a la cualidad de miembro de la persona moral y desaparecen con esta". Aquí se incluyen también las relaciones que se refieren a la adquisición y la pérdida” de la condición de miembro: “En principio, estas relaciones se regulan por la propia persona moral en virtud de su autonomía”…. “la colectividad aparece – en estas relaciones – como superior a sus miembros…”
  • El tercer grupo de relaciones son las que se refieren a los derechos individuales de los miembros frente a la corporación (“droits réservés”). Aquí, Michoud se detiene en el accionista porque en la sociedad anónima “el derecho del accionista a los beneficios sociales y a participar en los asuntos sociales está protegido enérgicamente… porque la calidad de miembro del grupo etá estrechamente ligada a un derecho sobre el patrimonio del grupo, un derecho individual representado por la acción, que forma parte del patrimonio de cada uno de los miembros y sobre el que la sociedad anónima no puede decidir” p 13 “la condición de miembro es, sin embargo, un derecho social, resultado de la propia existencia del grupo y regulado, en gran medida, por su normativa interna, que puede, por ejemplo, smedidorla transmisión de las acciones a determinadas condiciones (derecho de adquisición preferente de la sociedad, o incluso la aprobación por esta del adquirente), pero que no puede adoptar ninguna medida que tenga como resultado privar individualmente al accionista sin compensación económica. Este derecho implica el de disfrutar de las ventajas vinculadas a la propiedad de la acción, esto es, participar en el capital social y en sus frutos. De aquí derivan todos los demás derechos propios del accionista” pág. 14. 
La conclusión es que la corporación - la mayoría - no puede 'tocar' los derechos patrimoniales del miembro en el caso de la sociedad anónima. Pero puede afectar a su posición como miembro de la corporación.

A continuación, compara la posición de un accionista con la de un miembro de una asociación. Recuérdese que en Francia la primera Ley de Asociaciones es de 1901. Y dice Michoud que, en la asociación
"las disposiciones legales destinadas a proteger los derechos del asociado son mucho menos numerosas, y la mayoría de las legislaciones remiten casi por completo a los estatutos para la regulación del derecho a la condición de miembro, del derecho a participar en el gobierno de la asociación o en las ventajas sociales. En lugar de las disposiciones detalladas que protegen el derecho del accionista, encontramos aquí, en nuestra legislación, únicamente la norma que reserva al asociado el derecho de separarse en cualquier momento de la asociación”
Naturalmente, si los derechos son estatutarios – dice Michoud- también pueden “ser modificados, en general, por vía de modificaciones estatutarias”.Págs. 16-17.

Como derechos “individuales” de los asociados, cita la igualdad de trato, el derecho a no ser expulsado si no es por causa prevista en los estatutos y el derecho a “exigir que la asociación desarrolle su actividad de acuerdo con su objeto social”…. 

Y concluye, 
“Los derechos de los miembros sobre el patrimonio de la persona jurídica pueden adoptar formas muy diversas. Cuando existe una verdadera personalidad jurídica, no constituyen nunca una copropiedad, pues es el ente jurídico, y no sus miembros, el titular del derecho de propiedad. Sin embargo, no son asimilables a simples derechos sobre cosa ajena, como los derechos de uso o de usufructo, ni a derechos de crédito ordinarios, porque no se trata de derechos de una persona frente a otra persona completamente distinta de ella, sino de derechos de una persona frente a una persona colectiva de la que es miembro” p 33; 
 “En las asociaciones que persiguen un interés distinto del de sus miembros (asociaciones con fines ideales), los asociados solo disfrutan de los bienes en la medida en que ello sea necesario para colaborar en la actividad de interés general que la asociación persigue, salvo que existan derechos individuales en virtud de los estatutos o de otros actos jurídicos especiales en beneficio de determinados miembros. En estas asociaciones, el derecho de reparto en caso de disolución solo subsiste en una medida muy limitada”, p 38.

Léon Michoud, La théorie de la personnalité morale et son application au droit francais, segunda parte, tercera edición de Louis Trotabas, París LGDJ, 1932, págs. 8 y ss.

Citas: pantallas, libre albedrío, conciencia, papers, Olga Soffer, Substack



Las pantallas se asocian a un mayor desarrollo cognitivo de los niños, al menos, de los finlandeses y por qué a los varones hay que apuntarlos a fútbol

El estudio “Associations of Physical Activity and Sedentary Time From Childhood to Adolescence With Cognition in Adolescence: The PANIC Study”, analiza la relación entre la exposición acumulada desde la infancia a la actividad física, el sedentarismo y el uso de pantallas, y el rendimiento cognitivo al final de la adolescencia. Participaron 260 jóvenes finlandeses, 124 chicas y 136 chicos, con una edad media final de 15,8 años, procedentes del estudio longitudinal PANIC.

El resultado principal es una asociación positiva entre mayor uso acumulado de pantallas y mejor procesamiento cognitivo en la adolescencia. El estudio no demuestra que las pantallas mejoren las capacidades cognitivas, sino que quienes declararon más tiempo de pantalla durante el seguimiento obtuvieron, en promedio, mejores resultados en las pruebas cognitivas finales. Petri Jalanko, primer autor del trabajo, interpreta que puede importar más el contenido de la actividad digital que su duración y menciona actividades que exigen aprendizaje, resolución de problemas, creatividad o pensamiento activo. Pero esta explicación no se desprende directamente de los datos: el estudio agrupó bajo “tiempo de pantalla” actividades heterogéneas, como televisión, vídeos, ordenador, videojuegos y teléfono móvil, y no identificó con precisión cuál de ellas explicaba la asociación.

Los resultados sobre actividad física fueron menos coherentes. En las chicas, una mayor cantidad acumulada de actividad física ligera se asoció con mejor memoria de trabajo; en los chicos, la asociación positiva apareció con la actividad física guiada u organizada. Al mismo tiempo, una menor cantidad declarada de actividad física no supervisada se relacionó con mejor procesamiento cognitivo, resultado contrario al esperado. Además, ni la actividad física ni el sedentarismo medidos objetivamente mediante el dispositivo de frecuencia cardíaca y movimiento mostraron una asociación con el rendimiento cognitivo. Los autores señalan que el dispositivo mide movimiento e intensidad fisiológica, pero no permite saber qué actividad concreta realiza el adolescente, mientras que los cuestionarios aportan contexto, aunque a costa de errores de recuerdo y clasificación. La conclusión más sólida es que el tiempo de pantalla no parece ser un indicador fiable de perjuicio cognitivo. 

¿Cuál es el sentido de la vida? (David Pinsof responde a todas las preguntas importantes)

La experiencia emocional del sentido de la vida — estar casado con otra persona, tener una carrera profesional que te realiza, - cosas así... es la forma en que el cerebro te informa sobre una meta valiosa a largo plazo... 
Desde una perspectiva evolutiva, tales objetivos valiosos a largo plazo incluyen criar a la descendencia hasta la madurez, convertirse en un miembro importante de una comunidad, ascender en la jerarquía social y superar a grupos rivales en la lucha por el poder y los recursos (generalmente bajo un pretexto moralizante). 
Estos objetivos brindan sentido a nuestra conducta, lo que explica por qué las personas encuentran sentido para sus vidas en la familia, el altruismo, los ascensos y el odio hacia los grupos ajenos. La función del sentido es aceptar costos de aptitud (fitness) a corto plazo en la búsqueda de beneficios de aptitud a largo plazo. Cuanto más sentido parezca tener un objetivo, mayores deberían ser los sacrificios a corto plazo que deberíamos estar dispuestos a hacer para lograrlo... 
Esto sugiere que tener metas valiosas a largo plazo es beneficioso desde un punto de vista evolutivo. Si no tienes hijos a quienes cuidar, ni un camino hacedero hacia un estatus social y profesional elevado, ni forma de aportar valor a tu comunidad, ni una tribu gloriosa a la que unirte contra un grupo externo traicionero, entonces estás en mala posición. Vas a la deriva, sin rumbo. Quizás esto se corresponda con sentimientos de «depresión» o «cansancio».  
La moralidad, en última instancia, gira en torno a nuestras emociones: culpa, vergüenza, gratitud, ira, odio, compasión, etc. Las emociones son el motor principal del pensamiento y la acción moral, lo que las convierte en un objetivo ideal para el escrutinio ético. 
... deberíamos fomentar las emociones que parecen beneficiosas para la sociedad, mientras condenamos y reprimimos las que parecen perjudiciales. Llamemos a esta perspectiva «utilitarismo emocional». Lo bueno del utilitarismo emocional es que ya forma parte de nuestra cultura. Ya lo hacemos cada vez que reprimimos nuestra irritación para llevarnos bien con algún imbécil (es decir, por cortesía) o cuando reprimimos nuestro miedo al oprobio social para decir la verdad (es decir, por valentía). Conocemos íntimamente nuestras emociones, tenemos un vocabulario rico para describirlas y, lo más importante, todos sentimos las mismas. 
Las culturas han practicado el utilitarismo emocional durante milenios. Nuestros antepasados ​​se quejaban constantemente de que la envidia es mala, la lujuria es mala, la codicia es mala, etc. Y todavía lo practicamos hoy en día, solo que ahora hablamos de que la lujuria de los hombres adultos hacia mujeres más jóvenes basada en sus características sexuales secundarias es mala, pero la lujuria de los hombres adultos hacia mujeres mayores basada en su aura general está bien, y de que odiar a ciertos grupos étnicos es malo, pero odiar a ciertos grupos políticos que parecen odiar a ciertos grupos étnicos está bien. 
El libre albedrío no es un fantasma ni un poder mágico que desafíe las leyes de la física. Es simplemente la capacidad de responder a incentivos, como amenazas, multas, castigos, premios, etc. Responsabilizar a las personas por sus acciones tiene sentido porque crea un incentivo. Como resultado de este incentivo, ciertas personas, concretamente las que tienen libre albedrío, responderán a él. Quienes no pueden responder, por ejemplo, porque tienen un tumor cerebral, carecen de libre albedrío. Por lo tanto, tiene sentido castigar al primer tipo de personas, pero no al segundo. Y para recordarles, el verdadero libre albedrío es nuestra capacidad de responder a los costes que otros amenazan con infligirnos, o a los beneficios que prometen brindarnos, simulando mentalmente dichos costes y beneficios antes de actuar. La simulación de los costes y beneficios esperados, y el impacto de esas simulaciones en nuestro comportamiento, es lo que llamamos "tomar una decisión"...  
Nuestro cerebro evolucionó para engañarnos y hacernos creer que (el libre albedrío) se trata de un fantasma etéreo, cuando en realidad solo son estructuras cerebrales. Estoy escribiendo un artículo académico sobre este tema titulado «Por qué todas las teorías de la conciencia son insatisfactorias». Aquí les dejo el resumen por si les interesa: 
Los investigadores llevan mucho tiempo preocupados por el problema complejo de la conciencia: cómo los mecanismos neuronales dan lugar a la experiencia sentida. Sin embargo, solo recientemente han abordado el metaproblema de por qué parece existir un problema complejo (Chalmers, 2018). En este trabajo, propongo una solución al metaproblema que descarta cualquier solución satisfactoria al problema complejo. Partiendo de Jacks (2014), sostengo que nuestro concepto de conciencia está neuronalmente ligado a la red neuronal por defecto (RND), implicada en la empatía con seres queridos, el recuerdo de eventos episódicos y la simulación de posibles experiencias. La RND tiene conexiones inhibitorias recíprocas con la red neuronal de tareas (RNT), implicada en la manipulación de herramientas, objetos, modelos causales y agentes deshumanizados. 
Dado que habría sido inadaptativo para los humanos ancestrales empatizar con sus presas, explotar su yo futuro, sentir el dolor de sus herramientas o tratar a sus hijos como objetos, la selección natural favoreció una relación antagónica entre estas dos redes cerebrales. 
Desafortunadamente, nuestro concepto de mecanismos neuronales activa la red neuronal por defecto (TPN), mientras que nuestro concepto de conciencia activa la red neuronal por defecto (DMN). 
Así, al reflexionar sobre el problema difícil, los pensamientos sobre el explanans (mecanismos neuronales) suprimen los pensamientos sobre el explanandum (experiencia consciente) y viceversa, creando la ilusión de un problema difícil de la conciencia. Utilizo mi solución al metaproblema para esclarecer diversos experimentos mentales en la filosofía de la mente, desde los zombis filosóficos hasta Mary, la científica del color. Presento un argumento que refuta las intuiciones del problema difícil, mostrando cómo cabría esperar tenerlas en ausencia de dicho problema. Concluyo presentando una teoría integradora de la conciencia que nadie encontrará satisfactoria. 
Sobre la Muerte: No, y en general no la tememos, aunque sí tememos morir por cosas específicas como enfermedades o cimitarras voladoras. Nos cuesta aceptar nuestra propia mortalidad por falta de imaginación. No podemos imaginar la no existencia, así que cuando lo intentamos, imaginamos una especie de parálisis ciega y sorda —que da miedo— y luego confundimos esa parálisis imaginaria con la no existencia. Esto crea la ilusión de que la muerte da miedo, aunque literalmente no sea nada. 
Pocas cosas en la vida se acercan a ser el "propósito de la existencia humana", pero si hay algo que lo logra, es tener hijos.... crear un nuevo ser humano y evitar que ese ser humano muera. Hacer eso es, básicamente, la razón de nuestra existencia, y créeme: como padre, realmente siento que es la razón de mi existencia.

Esta historia es fantástica

La antropóloga Olga Soffer (1942-2026) pasó gran parte de su carrera planteando una pregunta engañosamente simple: ¿Y si los arqueólogos hubieran pasado por alto algunas de las tecnologías más importantes de la Edad del Hielo porque no sobrevivieron en el suelo?

Olga Soffer, que falleció a los 83 años, introdujo una idea revolucionaria en la conversación sobre los pueblos prehistóricos de la era glacial: las mujeres importaban. Inspirada por su trabajo en excavaciones arqueológicas en la antigua URSS y por restos de una excavación en Moravia, en la década de 1990 presentó un caso a favor de las mujeres como fabricantes de textiles, cestas y redes, cruciales para la supervivencia en condiciones norteñas desoladas hace 30.000 años. Desafió una imagen familiar de la vida prehistórica dominada por hombres cazando grandes animales con armas de piedra. Su investigación atrajo la atención en cambio hacia tecnologías a menudo asociadas con las mujeres: tejido, cestería, cordelería, fabricación de redes y producción textil.

Trabajando con colegas en material arqueológico de Europa del Este, Soffer examinó impresiones preservadas en arcilla cocida y otras evidencias que sugerían que tecnologías sofisticadas de fibras existían ya hace aproximadamente 30.000 años. Su logro fue aún más notable por su trayectoria profesional. Para entonces, profesora de antropología en la Universidad de Illinois, había obtenido sus tres títulos a lo largo de tres décadas, en parte mientras trabajaba también como compradora de cosméticos y promotora de moda para una tienda departamental de Nueva York.
... Las implicaciones iban mucho más allá de la ropa.
Una red podía capturar peces, aves o pequeños animales. Las cestas hacían más eficiente la recolección, el transporte y el almacenamiento de alimentos. La cordelería podía usarse para trampas, refugios y innumerables tareas cotidianas. Los textiles ofrecían protección en entornos brutalmente fríos. Pero había un problema con cómo se había reconstruido tradicionalmente la prehistoria. La piedra sobrevive. Las fibras vegetales suelen no hacerlo.
Una punta de lanza puede permanecer en la tierra durante decenas de miles de años, mientras que una bolsa tejida, una red de pesca o un trozo de cuerda desaparecen. Los arqueólogos, por tanto, heredaron un registro que naturalmente hacía que algunos tipos de trabajo fueran mucho más visibles que otros.
En tales lugares, la gente construía casas parecidas a tiendas con huesos de mamut. En Mezhyrich, a 160 kilómetros al sur de Kyiv, los arqueólogos varones atribuyeron los restos a cazadores heroicos varones. Para Soffer había demasiados mamuts: una casa se ensambló con 95 mandíbulas. Argumentó en cambio que los huesos se habían recogido de sitios de muerte natural, mientras señalaba que los arqueólogos habían pasado por alto restos de animales más pequeños. “Tal vez mataban un mamut cada 10 años”, comentó, “y nunca dejaban de hablar de ello”.
Ya dudando de la existencia de comunidades de la era glacial dominadas por varones, en 1990 notó marcas en unos pocos fragmentos diminutos de arcilla excavados décadas antes en Pavlov. Se los mostró a James Adovasio, un arqueólogo en el Mercyhurst College, Pensilvania, que había excavado con ella en Mezhyrich y que sabía sobre cestería y textiles. Él reconoció impresiones de hilos tejidos. Identificaron después 79 marcas similares entre miles de trozos de arcilla, de Dolní Věstonice y Pavlov, con implicaciones explosivas.

Substack ha fracasado

 Lorenz tiene unos 200.000 seguidores, una cifra mucho mayor que la de probablemente el 99% de los demás escritores en Substack, y más fama en internet que la de probablemente el 99,9% de nosotros. Y, sin embargo, según el indicador más básico de éxito en Substack, está fracasando. 
Substack creó una alternativa al modelo de la prensa trasladando la financiación del periodismo desde los anunciantes directamente a los consumidores. Ahora, en lugar de subvencionar indirectamente la carrera de los periodistas comprando productos de las empresas que los promocionaban mediante anuncios en prensa y publicidad televisiva, los lectores pueden pagarles directamente a través del mercado digital de periodismo que constituye Substack. El problema de este modelo es evidente: nunca se acercará a generar ingresos en una escala comparable a la que la publicidad masiva proporcionaba a las grandes empresas de comunicación. Desde la perspectiva de los anunciantes, desde luego, eso es positivo: sus beneficios ya no son detraídos por una industria con la que no tienen ninguna relación. Pero desde la perspectiva de los consumidores de noticias, es una mala noticia. Significa menos periodismo y un periodismo de calidad mucho menor.

Jesús Fernández-Villaverde recomienda artículos de Economía para leer

  • Philippe Aghion y Peter Howitt (1992), “Un modelo de crecimiento a través de la destrucción creativa”, Econometrica.
  • George A. Akerlof (1970), “El mercado de los 'limones': incertidumbre sobre la calidad y el mecanismo de mercado”, Quarterly Journal of Economics.
  • Armen A. Alchian (1950), “Incertidumbre, evolución y teoría económica”, Revista de Economía Política.
  • William J. Baumol (1967), “Macroeconomía del crecimiento desequilibrado: la anatomía de la crisis urbana”, American Economic Review.
  • Gary S. Becker (1973), “Una teoría del matrimonio: Parte I”, Revista de Economía Política.
  • Douglas W. Diamond y Philip H. Dybvig (1983), “Pánico bancario, seguro de depósitos y liquidez”, Revista de Economía Política.
  • Xavier Gabaix (1999), “La ley de Zipf para las ciudades: una explicación”, Quarterly Journal of Economics.
  • Xavier Gabaix y Augustin Landier (2008), “¿Por qué ha aumentado tanto la remuneración de los directores ejecutivos?”, Quarterly Journal of Economics.
  • Luis Garicano (2000), “Jerarquías y la organización del conocimiento en la producción”, Revista de Economía Política.
  • Edward L. Glaeser, Bruce Sacerdote y José A. Scheinkman (1996), “Crime and Social Interactions”, Quarterly Journal of Economics.
  • Sanford J. Grossman y Joseph E. Stiglitz (1980), “Sobre la imposibilidad de los mercados informacionalmente eficientes”, American Economic Review.
  • Oliver Hart y John Moore (1990), “Los derechos de propiedad y la naturaleza de la empresa”, Journal of Political Economy.
  • Friedrich A. Hayek (1945), “El uso del conocimiento en la sociedad”, American Economic Review.
  • Bengt Holmström (1979), “Riesgo moral y observabilidad”, Bell Journal of Economics.
  • Charles I. Jones (1995), “Modelos de crecimiento económico basados ​​en I+D”, Revista de Economía Política.
  • Charles I. Jones (2005), “La forma de las funciones de producción y la dirección del cambio técnico”, Quarterly Journal of Economics.
  • Michael Kremer (1993), “Crecimiento demográfico y cambio tecnológico: desde un millón de años antes de Cristo hasta 1990”, Quarterly Journal of Economics.
  • Michael Kremer (1993), “La teoría del anillo O del desarrollo económico”, Quarterly Journal of Economics.
  • Paul Krugman (1991), “Rendimientos crecientes y geografía económica”, Revista de Economía Política.
  • Robert E. Lucas, Jr. (1978), “Sobre la distribución del tamaño de las empresas comerciales”, Bell Journal of Economics.
  • Kevin M. Murphy, Andrei Shleifer y Robert W. Vishny (1989), “La industrialización y el gran impulso”, Journal of Political Economy.
  • Paul M. Romer (1990), “Cambio tecnológico endógeno”, Revista de Economía Política.
  • Sherwin Rosen (1981), “La economía de las superestrellas”, American Economic Review.
  • Alvin E. Roth (2007), “La repugnancia como restricción para los mercados”, Journal of Economic Perspectives.
  • Thomas C. Schelling (1971), “Modelos dinámicos de segregación”, Journal of Mathematical Sociology.
  • Andrei Shleifer y Robert W. Vishny (1993), “Corrupción”, Revista Trimestral de Economía.
  • Michael Spence (1973), “Señalización del mercado laboral”, Revista trimestral de economía.
  • Robert M. Townsend (1979), “Contratos óptimos y mercados competitivos con verificación de estado costosa”, Journal of Economic Theory.
  • Martin L. Weitzman (1974), “Precios vs. Cantidades”, Revista de Estudios Económicos

Janan Ganesh - Financial Times

Existe un desfase entre el cambio estructural en el mundo y sus frutos visibles. Hay un lapso de tiempo entre el poder económico arduamente conquistado y los bienes de prestigio que constituyen su máxima recompensa. Una ciudad debe ser rica durante siglos, no décadas, para acumular la enorme cantidad de bienes que la convierten en la mejor, o al menos en la más completa. Vivir en una, hace que la idea de la decadencia occidental parezca abstracta y lejana.

Breve

The New York Times: Muchos estudiantes no asisten a clase ni realizan las lecturas, pero siguen obteniendo altas calificaciones.  la preocupación crece: ¿qué valor tienen ahora las notas?  Harvard se enfrenta una inflación de notas sin precedentes: el 60 % de las calificaciones ya son A; Todos los precios son precios dinámicos, o deberían serlo; A Marina Pargendler no se le entiende nada. O lo que sería peor, se ha pasado al lado woke del Derecho de Sociedades. Las mujeres se casan hacia abajo... con hombres que ganan mucho; "More worrying is that his grand thesis of institutions may not reveal very much"

Si queremos más niños, hay que ayudar a los amigos que los tienen

La cultura de pares es un factor clave asociado con la fertilidad. Tener amigos que brinden mucho apoyo, en comparación con aquellos que no lo brindan, puede aumentar el tamaño de la familia deseada por los jóvenes estadounidenses en casi un hijo por familia y puede incrementar la intención de las parejas de tener otro hijo en aproximadamente 10 puntos porcentuales (un aumento de alrededor de un tercio).

Alice Evans

En la década de 1880, tanto la India como Inglaterra eran sociedades patriarcales, jerárquicas y religiosas. Sin embargo, una de ellas alcanzó una mayor igualdad de género. ¿Pueden sus observaciones de primera mano ofrecer pistas? ¡Sí! Si bien la Inglaterra victoriana era extremadamente patriarcal, estos relatos revelan que las mujeres ya gozaban de libertades que podían ampliarse y modificarse: se movían con independencia por los espacios públicos, elegían a sus propios maridos e incluso podían escapar de matrimonios terribles.

David Deutsch

La valoración moral del plagio es diferente en ámbitos donde no existe el progreso ¿Si están prohibidos los avances, las innovaciones, no es posible apoderarse del mérito de otro. Robar monedas o billetes falsos es un delito, pero no es moralmente equivalente a robar un banco.

Haldane Financial Times: el test de la promoción del crecimiento económico o por qué tenemos al gobierno más tonto de Occidente y por qué Von der Leyen no tiene capacidad intelectual para dirigir Europa y debe renunciar

Abordaría la aversión al riesgo del sector privado en su origen, reduciendo el ahorro precautorio e impulsando el gasto. Requeriría un compromiso concomitante para cubrir cualquier déficit fiscal futuro mediante recortes al gasto público en lugar de impuestos y deuda adicionales. Esto abordaría el talón de Aquiles de las finanzas públicas del Reino Unido, reduciendo el riesgo de una futura trombosis fiscal. Si bien sería políticamente complicado, el dividendo de crecimiento de tal estrategia sería grande y duradero: resolvería la paradoja del ahorro para movilizar los balances privados e impulsar el gasto, al tiempo que reduciría materialmente la precariedad y las primas de riesgo en los mercados de préstamos públicos y privados. Marcar dos goles espectaculares como este haría sentir orgulloso incluso a Messi. La "prueba de generación de crecimiento" para cada decisión fiscal: ¿la medida que quiero poner en vigor apoyará, en última instancia, el gasto, la asunción de riesgos y la contratación en el sector privado? Si se hubiera aplicado esa prueba a los presupuestos recientes, la mayoría de cuyas medidas eran demasiado pequeñas para ser macroeconómicamente significativas o directamente perjudiciales para la confianza del sector privado, se habrían reducido radicalmente y habría significado menos errores políticos. Menos habría sido más, al estilo Messi. Una medida que superaría con creces esa prueba, si se anunciara antes del próximo presupuesto, sería una moratoria sobre nuevos aumentos en la carga impositiva y regulatoria para consumidores y empresas durante el resto de esta legislatura. Esto equivaldría a un juramento hipocrático fiscal de «no perjudicar» la confianza del sector privado. 

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