foto: Pedro Fraile
Raiser sobre Weber
El trabajo de Thomas Raiser,
Handelsgesellschaften und politische Verbände in der Rechtssoziologie Max Webers es una reconstrucción de la sociología jurídica de
Max Weber a partir de una comparación entre dos formas de organización que Weber consideraba fundamentales para entender la modernidad:
las corporaciones mercantiles y las corporaciones políticas. La tesis central de Raiser es que Weber veía en ambas manifestaciones de un mismo fenómeno histórico más amplio:
la racionalización de la acción colectiva. El desarrollo del capitalismo moderno y el desarrollo del Estado moderno responden, según Weber, a la misma lógica de organización racional.
Raiser comienza mostrando que, para Weber, la corporación mercantil (la SA) no debe entenderse simplemente como una institución económica. Su interés reside en que constituye un mecanismo jurídico que permite organizar de forma estable la cooperación entre individuos para la persecución de fines comunes. La corporación societaria crea una estructura de poder, atribuye competencias, distribuye riesgos y establece procedimientos de toma de decisiones. Por ello Weber la considera una institución, una corporación de base personal (Verband) y no simplemente un contrato.
Una corporación es una organización social dotada de reglas internas y de órganos capaces de aplicarlas.
Desde esta perspectiva, una corporación mercantil y una corporación política pertenecen a la misma categoría general. Lo que las diferencia no es su estructura básica sino los fines que persiguen y, sobre todo, el tipo de dominación que ejercen.
Weber describe las diferencias entre las sociedades mercantiles o compañías de comercio y las corporaciones mercantiles que surgen en la Edad Moderna (la sociedad anónima básicamente). Weber observa que las formas antiguas y medievales estaban fuertemente vinculadas a las personas de los socios. Los derechos y obligaciones dependían de relaciones personales de confianza, parentesco o pertenencia a grupos concretos. El capitalismo moderno, sin embargo, exige organizaciones que puedan subsistir con independencia de las personas concretas que participan en ellas. El desarrollo de las sociedades anónimas representa para Weber el ejemplo más acabado de este proceso.
Raiser subraya que la gran aportación de Weber consiste en relacionar esa evolución con transformaciones paralelas del Estado. Del mismo modo que las corporaciones mercantiles se independizan de las personas concretas de los socios, las organizaciones políticas modernas se independizan de quienes ocupan temporalmente los cargos públicos. Surge así una administración estable, regida por reglas impersonales y competencias definidas. El funcionario moderno desempeña respecto del Estado un papel análogo al del administrador profesional respecto de la gran sociedad mercantil.
El concepto que permite comprender este paralelismo es el de dominación legal-racional (legale Herrschaft). Tanto la corporación mercantil como el Estado moderno descansan sobre formas de autoridad basadas en normas abstractas y competencias formalmente definidas. La obediencia ya no se debe a una persona concreta, ni a una tradición, ni a un vínculo carismático, sino a un orden normativo (reglas). Weber considera que ésta es una característica definitoria de la modernidad occidental.
O sea, Weber pone en el centro de la explicación de las interacciones políticas e interacciones económicas impersonales a la corporación. Cuando se necesita escalar y racionalizar esas interacciones, el recurso a la corporación se vuelve mucho más eficaz que las relaciones de dominación premodernas. Hoy, se puede decir con tranquilidad, que esta visión de Weber de la corporación y su capacidad para organizar históricamente toda la acción colectiva (económica y política) en Europa Occidental es 'doctrina dominante'.
La personalidad jurídica (corporativa) en Weber
Aunque podría parecer lo contrario, Weber tiene una concepción de la personalidad jurídica más cercana a las doctrinas patrimonialistas que a las orgánicas - à la Gierke - o incluso a las analíticas - à la Kelsen -. Para las doctrinas patrimonialistas, una persona jurídica es un patrimonio separado y organizado, esto es, dotado de reglas sobre cómo se toman decisiones respecto del patrimonio, y dotado de capacidad jurídica y de obrar, esto es, se le pueden imputar derechos y obligaciones y puede adquirir bienes y contraer deudas). Dice Raiser:
Para una organización que no posee patrimonio propio, la personalidad jurídica propia resulta completamente superflua. También resulta inadecuada, para aquellas sociedades que por su propia naturaleza comprenden un número reducido de partícipes y tienen una duración limitada en el tiempo, la separación absoluta entre la esfera jurídica del individuo y la de la colectividad que va asociada a la figura de la persona jurídica. Dado que la solvencia específica de tales sociedades descansa ciertamente también en la existencia de un patrimonio separado, pero sobre todo en la responsabilidad de todos los partícipes por las deudas de la colectividad, la atribución de personalidad jurídica les perjudicaría desde el punto de vista crediticio. También suele ser inconveniente crear para ellas órganos especiales de representación. En lugar de ello, para tales sociedades resulta adecuado el principio de la Gesamthand (patrimonio en mano común), principio que, según Weber, «al menos en el pasado era conocido de algún modo por la mayoría de los ordenamientos jurídicos».
Característico de este sistema es que la legitimación para actuar mediante negocios jurídicos corresponde bien a todos los miembros conjuntamente, bien a la facultad de representación individual, ya sea de todos ellos o de determinados miembros; asimismo, todos responden con su persona y con su patrimonio. En términos modernos, esto significa autorganización mediante órganos propios (Selbstorganschaft) y responsabilidad personal solidaria de todos los miembros. Originalmente, el concepto de personalidad jurídica está unido a la idea de una autonomía jurídica también frente al Estado. Sólo cuando esa autonomía jurídica propia es absorbida en favor del monopolio estatal de creación del Derecho surge la pretensión del Estado de conceder a las organizaciones la capacidad jurídica y, con ella, derechos subjetivos.
Pero, para Weber, el núcleo del concepto de corporación se encuentra en la estructura orgánica, en la organización de las competencias. Lo decisivo es quién puede decidir, en nombre de quién actúa y cómo se atribuyen jurídicamente esas actuaciones. O sea, las reglas para tomar decisiones sobre el patrimonio separado.
La creación de personas jurídicas corporativas por la autonomía privada como creación de efectos cuasi-reales
En la parte correspondiente de Economía y Sociedad, (p 532 ss. especialmente, 548 ss), Weber se ocupa específicamente de la innovación jurídica a través de la autonomía privada. Utiliza para exponer su tesis el principio de relatividad de los contratos (art. 1257 CC).
Weber distingue entre dos formas en las que los negocios jurídicos pueden afectar a terceros. La primera consiste en los llamados «efectos reflejos». Casi cualquier contrato produce consecuencias indirectas sobre personas que no son parte en él. Si alguien contrae una deuda, los acreedores anteriores ven empeorada su posición porque ahora han de concurrir sobre los bienes de su deudor con el nuevo acreedor; si se vende un inmueble, los vecinos pueden verse afectados por el uso que el nuevo propietario haga de la finca (más ruidoso, más intenso). Sin embargo, en estos casos las reglas jurídicas aplicables siguen siendo las mismas: simplemente cambia la situación económica creada por la actuación de las partes.
La segunda forma de afectación se produce cuando la libertad contractual permite crear situaciones jurídicas que modifican el régimen jurídico aplicable no sólo a las partes, sino también a terceros. Cuando alguien se convierte en esclavo, cuando una mujer entra bajo la autoridad marital, cuando se constituye un fideicomiso o cuando varias personas forman una sociedad anónima ciertas personas o ciertos bienes pasan a quedar sometidos a un conjunto especial de reglas distintas de las que antes les resultaban aplicables que altera las expectativas y la posición jurídica de quienes se relacionan con ellos.
Weber utiliza el caso de la sociedad anónima y sus normas de protección del capital social. Según Weber el significado de estas reglas es que una parte del patrimonio social debe considerarse jurídicamente reservada en beneficio de los acreedores y de los futuros accionistas. La cifra de capital actúa como cifra de retención (art. 273 LSC) y se aplica la regla "aumenta el capital o liquida".La referencia a los futuros accionistas es discutible como se verá inmediatamente.
Pero lo que interesa a Weber es utilizar la SA como ejemplo de
- cómo la autonomía privada puede crear personas jurídicas, y cómo esto supone que
- mediante la autonomía privada se generan reglas que tienen efectos frente a personas que nunca participaron en el acuerdo originario.
En realidad, parece que Weber está simplemente reconociendo que la capacidad de los particulares de crear personas jurídicas corporativas supone un salto cualitativo en la expansión de la autonomía privada.
Obsérvese que, en relación con la sociedad anónima, dice que su constitución afecta a terceros porque
- los acreedores deben aceptar la limitación de responsabilidad de los accionistas;
- los futuros adquirentes de acciones quedan sometidos a las reglas societarias;
- los administradores ejercen poderes reconocidos frente a terceros.
Como he explicado en muchas ocasiones, ni los acreedores "aceptan" la responsabilidad limitada de los accionistas (no tenían pretensiones contra ellos en primer lugar), ni los efectos sobre los futuros adquirentes de acciones son tales. El nuevo accionista se adhiere al contrato de sociedad de sus coaccionistas y caveat emptor. En cuanto al poder de los administradores, Weber parece aceptar la "teoría orgánica" de la representación de los administradores (ilimitada e ilimitable, a diferencia de su concepción como un mandato colectivo de los socios).
Pues bien, una vez rebajados los efectos exorbitantes, lo que nos queda de los efectos sobre terceros de la constitución de una corporación societaria como la sociedad anónima es - en esto tiene razón Weber - la separación patrimonial, la personificación del patrimonio separado y la organización corporativa del mismo. Los terceros han de pasar por la creación de un sujeto de derecho con patrimonio propio y distinto del de los miembros de la corporación que está administrado por el órgano de administración de la corporación y por nadie más y que la voluntad de ese sujeto de derecho se expresa por sus órganos. Se sigue la aplicación a la SA de las reglas sobre responsabilidad y sucesión patrimonial que se aplican a los patrimonios de los individuos.
Weber se dio cuenta, pues, de que incluir en la autonomía privada la capacidad para constituir corporaciones, esto es, sujetos de derecho dotados de órganos ocupados por individuos producía efectos que podríamos llamar "cuasi-reales".
O dicho de otra forma: se estaba flexibilizando el principio de eficacia relativa de los contratos o, en sentido inverso, flexibilizando la prohibición a los particulares de crear derechos reales con eficacia erga omnes. Los particulares no pueden crear derechos reales pero pueden crear sujetos de derecho con vida eterna (sucesión perpetua), capacidad y responsabilidad patrimoniales. Y esos nuevos sujetos de derecho "cambian el mundo" para todos los que participan en el tráfico jurídico e interactúan con ellos.
¿Cómo surgen las innovaciones jurídicas?
La otra idea interesante de Weber en este apartado es cómo se produce la innovación jurídica. Él no lo expresa así. Lo analiza desde el punto de vista de los límites a la autonomía privada (los ordenamientos jurídicos antiguos y modernos deciden cuáles de esas construcciones jurídicas admiten y cuáles rechazan) como si todas las instituciones jurídicas tales como las sociedades de capital, los títulos a la orden o al portador, la libre cesión de créditos o determinadas formas de gravamen perpetuo sobre bienes estuvieran "ahí" para ser reconocidas o no por el Derecho. O sea, que el Derecho Romano no reconoció la letra de cambio, no porque no se hubiera inventado, sino porque no le pareció necesario o conveniente.
Lo que creo que quería decir Weber es que las innovaciones jurídicas constituyen auténticas innovaciones (no tecnológicas, pero innovaciones) y que, para que el Derecho las incorpore, se tienen que inventar por los particulares en primer lugar. No basta con que haya una necesidad de la letra de cambio, por ejemplo, para que se invente (recuérdese que Montesquieu dijo que era el invento más importante de la Historia la letra de cambio. En L'Esprit des lois sostiene que el comercio adquirió una libertad desconocida cuando los comerciantes pudieron transferir riqueza mediante papel en lugar de mover oro o plata). Las circunstancias económicas crean demanda de instituciones jurídicas, pero no producen por sí mismas las herramientas jurídicas necesarias para satisfacerla.
Y aquí es donde brilla el genio de Weber: ¿qué entornos hacen más probable que surjan instituciones jurídicas innovadoras que aceleren el crecimiento económico y promuevan el comercio? Weber compara la Edad Antigua - Roma - con la Edad Media. Y dice que muchas instituciones especialmente adaptadas al capitalismo moderno proceden no del Derecho romano, sino del Derecho medieval. Aunque el Derecho romano poseía una racionalidad lógica superior, el Derecho medieval proporcionó ciertos esquemas técnicos extraordinariamente útiles para la vida mercantil. Entre ellos menciona la concepción del documento como portador del derecho (la 'incorporación' de los derechos a los títulos-valor), la responsabilidad solidaria de numerosos grupos sociales y la frecuente constitución de patrimonios separados o patrimonios de afectación, esto es, la 'invención de la corporación', de las personas jurídicas y su aplicación - ya en la Edad Moderna - a las compañías mercantiles.
Weber dice que esta aparente paradoja (un derecho más racional y técnico como el romano no innovó tanto como el derecho canónico y los diversos y fragmentados derechos que proliferaron en la Edad Media en Europa Occidental como ha explicado inmejorablemente Harold Berman en Law and Revolution) tiene una explicación convincente. Una mayor racionalización jurídica no siempre aumenta la riqueza de soluciones disponibles. El racionalismo jurídico puede incluso empobrecer el repertorio de formas jurídicas cuando somete toda innovación al requisito de ser construible dentro de un sistema conceptual muy elaborado.
El Derecho medieval, menos racionalizado desde el punto de vista lógico, disfrutaba a veces de una mayor capacidad de experimentación institucional gracias a su fragmentación. Lo que no dice Weber - lo dirá Berman sesenta años después - es que en el Derecho Medieval, la fragmentación no implicó incomunicación entre los distintos 'derechos' gracias, por un lado a la Iglesia y el invento del Derecho Canónico y, por otro, a la recuperación del Digesto y el renacimiento del Derecho Romano que sirvió de base intelectual para las discusiones, por los juristas medievales, de los problemas jurídicos de su época. En la Edad Moderna el proceso culminó gracias a los juristas-teólogos y a la 2ª Escolástica con la 'fusión' entre el derecho de los mercaderes y sus innovaciones contractuales y la construcción institucional basada en una teoría de la justicia impregnada del Cristianismo y el Derecho privado romano.
Weber dice mucho más y útil para construir una teoría de por qué el Derecho tiende a la justicia. Por ejemplo, el concepto de obligación no surge en el ámbito de los contratos - de los intercambios - porque el contrato obligatorio tardó muchísimo en ocupar una posición relevante en los derechos occidentales. Los intercambios lo eran de la posesión de cosas o de dinero. Todas las "obligaciones", sin excepción, eran originariamente "obligaciones provenientes del delito" (de haber causado un daño injusto). Weber nos habla de que "todavía durante la Edad Media, en Inglaterra (las) obligaciones contractuales eran enlazadas a delitos ficticios" y ni siquiera se podían explicar las obligaciones - responsabilidad - del heredero respecto de las deudas del causante hasta que no se "inventó" que podía sucederse en la condición de deudor:
"La responsabilidad del heredero por deudas de origen contractual de su causante sólo pudo construirse gracias a la admisión de la responsabilidad solidaria de los miembros del mismo clan, primeramente: luego de los miembros de la comunidad doméstica, y de los súbditos o los dueños del poder.
La protección del adquirente de buena fe frente al verus dominus (hand-wahre-hand, 464 CC) "derivó directamente de la regla fundamental según la cual sólo se tenía una acción ex delicto contra el ladrón o el encubridor". O sea, que se remitía al verdadero dueño a que reclamara al ladrón que le había robado, negándole acción frente al poseedor de la cosa que la había adquirido - la posesión - de buena fe.