Julian Jaynes, la mente bicameral como conjetura filosófica y el cuento del emperador desnudo
(con Copilot)
En The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind (1976), Julian Jaynes sostuvo que la conciencia humana, entendida como experiencia introspectiva del yo y como narrativa interior en primera persona, no constituye un rasgo permanente de la mente humana, sino una forma histórica de organización de la experiencia. Aceptó que los seres humanos del pasado disponían de percepción, inteligencia, aprendizaje y capacidad para resolver problemas. Lo que negó es que experimentaran sus propios pensamientos como procesos internos atribuibles a un yo reflexivo. Según su hipótesis, muchos contenidos mentales que hoy se reconocen como pensamiento propio se vivían como voces externas e interpretaban como mandatos de dioses o autoridades sagradas.
La noción de “mente bicameral” designa ese modo de funcionamiento en el que la conducta se guía por obediencia a órdenes experimentadas como ajenas, no por deliberación interna. Jaynes sugirió que una parte del cerebro generaría esas órdenes y otra las ejecutaría sin reconocerlas como propias. Este recurso a la lateralización cerebral carece de solidez empírica, pero no constituye el núcleo de la propuesta. El argumento central se sitúa en la relación entre lenguaje, autoridad social y experiencia subjetiva.
Jaynes apoyó su reconstrucción en la lectura de textos antiguos, en particular la Ilíada y diversos textos bíblicos y mesopotámicos. En ellos observó la ausencia de un léxico introspectivo estable y la atribución sistemática de la acción humana a agentes externos. Los personajes no explican sus decisiones mediante razones internas, sino mediante instrucciones recibidas. Jaynes interpretó ese patrón como indicio de una forma distinta de experiencia mental. Esta interpretación no puede comprobarse empíricamente y admite lecturas alternativas igualmente plausibles; la teoría descansa, por tanto, en una inferencia hermenéutica y no puede presentarse como explicación científica.
El punto más relevante de la propuesta aparece cuando Jaynes introduce el cambio histórico como factor causal. El sistema bicameral habría funcionado mientras las estructuras de autoridad resultaron relativamente simples y coherentes. Con el aumento de la complejidad social, la multiplicación de centros normativos y la aparición de mandatos incompatibles, la obediencia automática dejó de ser posible. Cuando distintas voces emitieron órdenes contradictorias, los individuos tuvieron que comparar, seleccionar y decidir.
En ese contexto habría surgido la conciencia moderna: un espacio interno de deliberación en el que las órdenes ya no se experimentan como externas, sino como pensamientos propios. La experiencia del yo aparecería así como una solución cognitiva a un problema social concreto. La autonomía subjetiva no precedería a la crisis de la autoridad, sino que emergería de ella. El yo no constituiría un dato natural previo a la vida social, sino una construcción histórica ligada al colapso de formas de control normativo incuestionables.
Desde los criterios científicos actuales, la teoría de Jaynes no alcanza el estatuto de una explicación científica. No formula hipótesis contrastables, no aporta evidencia empírica directa y se apoya de manera simplificada en supuestos sobre la lateralización cerebral. Ese límite, sin embargo, no agota su interés. Jaynes elaboró una genealogía del yo que traslada el análisis de la conciencia desde la biología estricta hacia la historia cultural, y ese desplazamiento constituye su principal aportación.
La mente bicameral resulta más fructífera como conjetura filosófica que como teoría explicativa. En ese sentido, puede entenderse como una “conjetura extraordinaria” en el sentido de David Deutsch: una propuesta de amplio alcance explicativo que asume un elevado riesgo de error. No aspira a confirmación inmediata, sino a reorganizar el marco conceptual desde el que se plantea el problema. Aunque sus afirmaciones concretas resulten falsas, la estructura de la pregunta que formula permanece abierta.
Jaynes trató la conciencia no como una condición invariable de la mente humana, sino como una forma histórica vinculada al lenguaje narrativo, a la atribución de responsabilidad y al debilitamiento de la autoridad externa.
¿Explica la conjetura de Jaynes el cuento del vestido del emperador? ¿Por qué creían todos los súbditos que el emperador portaba un traje bellísimo? ¿Acaso les engañaban sus sentidos? ¿O, acaso porque muchos animales nos superan en percepción sensorial (ven, oyen y huelen mucho más fiablemente que nosotros) hemos desarrollado un instinto para desconfiar levemente de nuestros sentidos y aceptar que es más importante para nuestra supervivencia averiguar cuál será la reacción de los demás humanos si 'aceptamos' lo que nuestros sentidos parecen indicarnos? Esto parece razonable si, efectivamente, la supervivencia individual depende cada vez más - en la historia humana - del entorno social que del entorno físico. Desde esta perspectiva, la conjetura de Jaynes explicaría que la formación de las creencias es social, no biológica.
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Tommy Blanchard sobre Godfrey-Smith
Veit adopta el marco de Birch et al., investigadores en cognición comparativa que proponen cinco dimensiones clave de la conciencia: riqueza perceptiva, riqueza evaluativa, integración sincrónica, integración diacrónica y autoconciencia. Para Veit, el componente central es la evaluación. La "riqueza evaluativa" se refiere al valor o significado de los distintos estados: el miedo, la sed y el dolor tienen una cualidad negativa, mientras que el consuelo, el amor y el placer se sienten como algo positivo. La relevancia de estas sensaciones funciona como una "moneda común" que determina, en última instancia, cuánto valoramos el estado en el que nos encontramos.
Esta capacidad para integrar diversos aspectos de la experiencia en un solo juicio de valorativo permite tomar decisiones coherentes (por ejemplo: ¿debería quedarme o marcharme?). Según esta perspectiva, dicha evaluación básica pudo haber sentado las bases de las demás dimensiones, ya que es la capacidad de valorar los estados lo que organiza el comportamiento y dota de sentido a las representaciones perceptivas complejas. Carecería de lógica percibir que algo se aproxima si no se puede juzgar si ese evento es beneficioso o perjudicial según las circunstancias.
Este enfoque entiende la conciencia como algo fundamentalmente afectivo —vinculado al estado emocional— en lugar de centrarla en las experiencias sensoriales que suelen protagonizar los experimentos mentales de la filosofía tradicional. Las otras dimensiones—grados de integración, autoconciencia, diferentes capacidades perceptivas—dan el "sabor" único de la experiencia de distintos animales. Tiene sentido que la conciencia tenga diferentes componentes que se han ido acumulando con el tiempo—y que distintos animales puedan tener distintos componentes en distintos grados.
Nuestro mundo de experiencias está moldeado por las presiones evolutivas. Distintas formas de vida requieren experiencias distintas. Peter Godfrey-Smith argumenta, por ejemplo, que es probable que los insectos no sientan dolor agudo. Cuando un insecto pierde una extremidad, no se detiene a atender la herida; simplemente sigue adelante con lo que le queda. Según este argumento, esto se debe a que no hay mucho más que se pueda hacer con el cuerpo rígido de quitina de un artrópodo: sus estructuras no suelen sanar.
Compárese con los gasterópodos (babosas y similares). Tienen un cuerpo blando que puede regenerarse con relativa rapidez. Tras sufrir una herida, muestran comportamientos protectores, presumiblemente porque la inmovilidad y el resguardo ofrecen una ventaja biológica real al permitir la curación. Aquí es donde el dolor agudo cumple una función adaptativa.
Aunque no experimenten dolor punzante, Godfrey-Smith sugiere que los artrópodos podrían poseer estados afectivos más difusos. Las abejas que han sido agitadas (simulando el ataque de un depredador) muestran un mayor sesgo pesimista: son menos propensas a acercarse a estímulos ambiguos, como si esperaran un resultado negativo. Esto tiene todo el sentido ecológico: si el entorno es peligroso, conviene ser cauteloso. En la visión de Godfrey-Smith, aunque no sientan dolor en el sentido inmediato, sí lo experimentan de forma sistémica. Quizás las abejas, a su manera, puedan sentirse tristes.
La diferencia entre experiencia y conciencia... Por lo general, solemos reducir la conciencia a aquello que ocupa nuestro foco de atención; es decir, el objeto directo de nuestra percepción consciente. La experiencia, en cambio, evoca algo más difuso y global: no se limita a aquello en lo que nos fijamos, sino que abarca todos los factores que influyen en nuestra vivencia del momento. Bajo esta perspectiva, la atención no es más que un mecanismo de centralización. Si bien diversos animales poseen esta capacidad, resulta útil concebir la existencia de una «experiencia sin atención», mucho más amplia y ambiental.
Veit sobre Ross y Ladyman
Los seres humanos, tal como los describieron las hermanas Nuanedi, son los genios más extremadamente inestables del reino animal. Imaginar sucesos que jamás ocurrieron les resulta natural; gracias a sus recuerdos difusos y fragmentados, se ven menos limitados por el rigor de los hechos reales (p. 185).
En este sentido, los metafísicos analíticos son, quizás, quienes menos se dejan restringir por la realidad de entre todos los filósofos analíticos. Sin embargo, esto refleja una debilidad intrínseca de nuestra especie, no una virtud. Para los humanos, resulta extremadamente sencillo construir castillos en el aire. La Ilustración, lejos de ser un reflejo de nuestra verdadera naturaleza, fue un logro alcanzado con gran esfuerzo; una conquista frágil que debe defenderse de manera constante.
Veit sobre la filosofía analítica
Aunque la filosofía naturalista suele ser considerada un cientificismo ingenuo, espero animar a mis lectores a considerarla seriamente como una forma diferente y más pluralista de hacer filosofía en general, una que se apoya en la pluralidad de las ciencias, en lugar del tradicional conjunto restrictivo de herramientas a priori de la filosofía analítica... La filosofía en esta visión forma parte de la ciencia, parte de una empresa más amplia de filosofía natural, antes de que se separara en los límites artificiales que conocemos hoy. Los filósofos naturalistas se entusiasman con el progreso que se ha permitido en viejos problemas filosóficos con la ayuda de las ciencias, ya sea la mente, la naturaleza de la vida o la estructura de la realidad. Para que la filosofía prospere de nuevo, en las universidades y en el público, debemos pedirle que regrese a un estado en el que estuvo: una parte de la filosofía natural continua con las ciencias.


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