La izquierda que se cree superior moralmente está siempre sujeta al reproche de la equidistancia. Cuando dice "no a la guerra", se le reprocha, con razón, que está apoyando objetivamente los asesinatos de sus ciudadanos por los fanáticos islamistas que gobiernan Irán desde hace décadas. Cuando se pone del lado de Palestina, se les puede acusar, con razón, de estar defendiendo, de hecho, a Hamas, o sea al terrorismo más repugnante de los últimos tiempos. Cuando critica la captura de Maduro por Trump se le puede acusar, con razón, de apoyar a la dictadura de ese sujeto deleznable y sus secuaces, incluyendo la actual presidenta interina, la muy delincuente, torturadora y autora de otros crímenes contra la humanidad, señora Rodríguez.
No es extraño que Popper sea el filósofo más exitoso entre los científicos cuando se trata de explicar cómo alcanzamos nuevo conocimiento y cómo avanza el conocimiento científico y que, a la vez sea, denigrado por muchos filósofos y politólogos, áreas académicas dominadas por la extrema izquierda.
Hay una mejor opción para la izquierda: hacerse popperiana.
Como he explicado muchas veces, Popper sostiene que las elecciones políticas no tienen la función social de elegir al mejor gobierno posible, al que mejor represente la ideología, las preferencias o la identidad del votante. Cuando el votante elige a los "suyos" (sean éstos los que piensan lo mismo que él, los de su misma tribu o grupo o los que comparten con él preferencias sobre distribución de la renta que produce el país), paga un precio en términos de bienestar general. Y el coste de oportunidad es muy elevado porque esta motivación por parte de los electores impide aprovechar la "sabiduría de las masas" que asegura el acierto en la selección del gobierno si los electores votaran acumulando la información de la que disponen, individualmente, sobre cómo lo ha hecho el gobierno saliente (el incumbente).
Además, votar ideológicamente, identitariamente o en función de las preferencias sobre la distribución divide a la población porque induce a exagerar las diferencias ideológicas, identitarias o sobre la distribución.
¿Cuál es la función de las elecciones? Popper repite: derribar pacíficamente los malos gobiernos. Las elecciones agregan la información que tienen los electores sobre el desempeño del gobierno saliente. Y en esa evaluación del desempeño del gobierno, su ejercicio de buena fe puede producir extrañas coincidencias. Un judío ortodoxo puede votar por la continuidad del gobierno actual y hacerlo junto a una mujer trans y un estalinista porque los tres coinciden en que, a la fecha de la elección, estamos mejor que cuando el actual gobierno llegó al poder.
Los gobiernos, sabedores de que se les juzgará exclusivamente por el aumento del bienestar de la población que sus políticas consigan, no jugarán a enfrentar a unos ciudadanos contra otros y la oposición deberá ser implacable "informando" a los votantes de las cosas que ha hecho mal el gobierno. Por su lado, éste no tendrá tampoco incentivos en denigrar a la oposición, puesto que los ciudadanos no van a juzgar a ésta, sino única y exclusivamente al gobierno.
Este método de análisis - o modelo - puede aplicarse a cualquier acontecimiento histórico o político. Por ejemplo, he leído que Josep Fontana, el historiador catalán de extrema izquierda, dijo
"Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una República que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar fascista que asesinó a maestros, cerró escuelas y bibliotecas y quemó libros"
No sé si Fontana fue un buen historiador (no recuerdo haber leído más que un libro suyo en mi adolescencia), pero me permito dudarlo porque no parece "pensar bien". Cualquiera que lea esa frase se dará cuenta de que incurre en una falacia del falso dilema y en una petitio principii. Nadie "valora del mismo modo" a la República y al Franquismo. Ni los franquistas, si queda alguno, ni los republicanos, que quedan muchos. A la vez, Fontana omite que, bajo el gobierno de la República se quemaron - con las monjas dentro - decenas si no centenares de conventos, se asesinó a decenas de miles de inocentes sin juicio previo, entre ellos casi diez mil curas y monjas, se permitió a los socialistas y a los comunistas dar un golpe de estado (en 1934) y, finalmente, se asesinó al jefe de la oposición (entre cientos de asesinatos políticos) y se falsearon los resultados electorales. Frente a eso, el Franquismo sacó a España del subdesarrollo y eliminó el hambre y el analfabetismo por primera vez en la historia de España, generalizó la educación obligatoria y creó un sistema de asistencia sanitaria casi universal.
¿A que cambia mucho la comparación respecto de la de Fontana?
Por eso los Fontana no hacen ningún bien a la nación. Es preferible ser popperiano. Calvo-Sotelo puede votar contra el gobierno republicano y junto a él, Fontana puede hacer lo mismo, sin que la coincidencia obligue a considerar que Fontana se está aliando con un franquista o que Calvo-Sotelo se está aliando con un comunista. En lo que ambos coinciden - en lo que ambos necesitan coincidir - es exclusivamente en la valoración que hacen del desempeño del Gobierno republicano. Si los españoles de 1936 hubieran votado popperianamente, Franco no habría tenido necesidad de dar el golpe de estado que inició la guerra civil. Calvo-Sotelo habría sido presidente del gobierno y la República podría haberse reformado. De hecho, la enorme coalición que se formó en torno a Franco - muchos participaron en ella a regañadientes - se debió a lo único que les unía: "derribar un mal gobierno", el republicano del Frente Popular, que no se dejaba derribar pacíficamente.
Casi cien años después, los españoles seguimos sufriendo malos gobiernos más tiempo del imprescindible porque los españoles votamos ideológica o identitariamente en lugar de valorar, simplemente, el desempeño del gobierno. Sobre el desempeño del gobierno es sobre lo que debería girar la discusión pública.
Por suerte, - pero solo por suerte - los años 30 del siglo XXI son muy diferentes de los años 30 del siglo XX. Pero si los españoles seguimos negándonos a votar popperianamente, podemos estar contribuyendo, sin saberlo, a que aquellos malditos años se acerquen en lugar de perderse en los libros de historia.

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